1 de octubre de 2019

Y si soy un sueño peleando contra la verdad


Terminé de leer una nota que le hicieron a Ignacio Montoya Carlotto y me llueve una serie de pensamientos que me acompañan hace un tiempo al respecto del derecho a la identidad.
¿Por dónde empezar? Por debidas aclaraciones del caso:
-Que una adopción sin el debido proceso judicial es ilegal y cualquiera que lo hiciere incurre en un delito, contemplado según nuestro Código Penal y en eso estamos todos de acuerdo.
-Que dados los delitos de lesa humanidad, es menester que, ante la presentación espontánea en la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo y ante el pedido de parte, se tome la muestra de ADN y se coteje con el Banco de Datos Genéticos para encontrar coincidencia –o no- y que de ello se desprenda otro proceso (el de reconocimiento de la familia) y con eso también estamos de acuerdo
-Que el robo de bebés es censurable y no admite justificación alguna.
Dichas estas formalidades, prosigo.
El reportaje deja a la vista la parte de la historia que pocos quieren leer. O que pocos quieren mostrar: de un día para el otro, dejás de ser la persona que eras y tu historia familiar es otra.
De los 130 nietos recuperados, hay 130 historias distintas. Los une algo muy doloroso en común, pero la reacción de cada uno ha de ser individual y ello es lo que parece incomodar: no todos tuvieron relaciones traumáticas con sus apropiadores y, algunos, decidieron mantenerla igual, a pesar de la historia que los precede. Otros, decidieron no cambiarse el nombre por completo, otros sí y otros, como Ignacio, decidieron mantener su nombre de pila.
Es entendible que su familia haya buscado a Guido. Pasaron casi 40 años buscando a Guido y se encontraron con Ignacio. Y que Ignacio quiere seguir siendo Ignacio o Pacho.
Llevás una vida, la que sea que lleves, con un nombre, un apellido, una historia, una crianza…¿Por qué habrías de romper todo eso en un santiamén?
Lo que le pasó a Ignacio, un hombre criado muy lejos de la vorágine de Buenos Aires fue lo opuesto a lo que había vivido hasta entonces: una catarata de llamados, tapas de diarios, revistas, entrevistas, exposición…¿alguien reparó en cómo eso le iba a afectar? En la nota describe un montón de somatizaciones que padece. El cuerpo habla. El cuerpo dice “basta”.
Cuenta, con amor, cómo es la comida de Juana, su madre de crianza. Cuánto lo apoyaron con Clemente en sus proyectos. Ellos, dos personas de campo y, por lo que describe, sumisos, aceptaron adoptar ilegalmente a un bebé que les “consiguió” su patrón. Vaya uno a saber si ellos, en algún momento, se preguntaron si el chico al que estaban criando, era hijo de desaparecidos. Quizá sí y callaron. Quizá no. Imposible saberlo. Pero Ignacio habla de Juana y Clemente como sus padres y teme que vayan presos, como fueron otros apropiadores. Porque la ley es una, pero el sentimiento, otro.
Lo que me trajo hasta acá fueron algunos puntos de la nota que me llamaron poderosamente la atención. El primero, es que fue su novia quién lo puso en autos sobre su condición de adoptado, nada más ni nada menos, que el día de su cumpleaños. Me pregunto: ¿le correspondía actuar así, sin conversar previamente con sus suegros? Pienso en el derecho de uno a conocer su identidad y en el derecho a no querer saber. ¿Quería Ignacio que le arrojaran la verdad en la cara? ¿Cuántas veces avasallamos el derecho del otro de no saber echándole un fardo de verdades que nadie pidió?
Seguido de ello, pienso en sus padres, aclarándole que lo amaban y que tenían miedo a contarle la verdad. ¿A cuántos padres de chicos adoptados les pasará eso?
Luego del shock, a Ignacio lo empiezan a llamar Guido por todos lados, hasta en un libro que cuenta su historia, pero sin que él autorizara que lo llamaran así.
Ignacio dejó de ser el ignoto habitante de Olavarría para ser el “nieto 130” o “Guido Montoya Carlotto”. Su nombre, su vida, comenzó a desvanecerse, como si hubiera nacido ese día en el que le dijeron quiénes eran sus padres biológicos. A diferencia de otros, el no tenía necesidad de vincularse afectivamente con la historia, porque, según cuenta, su vida estaba bien.
Ignacio comenzó a ser el nieto de todos, porque su abuela Estela es la abuela más famosa de Argentina. Cual trofeo, lo expusieron por todos lados. No en vano, el distingue que se sintió más cómodo con la familia Montoya y no así con los Carlotto, quiénes hicieron de la causa de DDHH un negocio y se valieron de ello para obtener cargos políticos y otros etcéteras. No en vano, recalca que fue su abuela paterna la que llamó a sus padres adoptivos para agradecerles el cuidado que le brindaron a su nieto.
Sobre llovido, mojado, lo llama Maradona diciéndole que era un premio para él, IMC, conocerlo. Aun estoy anonadada con esa autoestima, querido 10.
¿Y su derecho de seguir llamándose Ignacio? Bueno…eso quizá no es tan así. Hace unos años, otro nieto recuperado, cuyo nombre no recuerdo y me disculpo, no quiso aceptar el cambio de nombre. Él no se sentía con esa identidad. Los organismos de DDHH, ofuscados. En uno de los pocos países con Ley de Identidad de Género, no te dejan mantener el nombre y apellido que tenías hasta el día en el que se descubrió que tus padres están desaparecidos. La libertad individual nos manda un abrazo y pienso en la desubjetivización de los individuos. La suerte de ellos, parece, es dicotómica: mientras bregan por conocer sus orígenes e identidad, les dicen cómo deben llamarse, negándoles la carga que implica ser alguien y llamarse de tal forma. Pasaron a ser un colectivo, “nietos recuperados”, y deben dejar su individualidad de lado o el juicio por ello es muy severo, casi acusándolos de no querer ser lo que deberían ser. ¿Acaso ahora no son? Es una suerte de intentar reescribirles la vida, llenársela de recuerdos que no tuvieron, que quizá sí debieron haber tenido pero que, tristemente no existen.
Es muy movilizante la entrevista a Ignacio. Es una invitación a reflexionar sobre el derecho a la identidad, a la autonomía sobre ella. Ignacio ahora sabe que es fruto de la relación de Puño y Laura, que lo adoptaron, irregularmente, Juana y Clemente, que el amor de ellos 4 por él nadie más lo va a conocer ni sentir, pero también sabe quién es y quién quiere ser: el mismo de siempre, pero con otro apellido.

2 de septiembre de 2019

La salud (sexual) de nuestros hijos

"Con mis hijos, no", arengaban un montón de personas que confunden Educación Sexual Integral con "ideología de género" e hipersexualización de los chicos.
¿Acaso van a la puerta de Ideas del Sur a gritar "con los chicos, no" mientras montones de menores observan, desde la tribuna y so pretexto de ver un certamen de baile, escenas que rayan con lo erótico, con cuerpos semi desnudos, escándalos de conventillo y un montón de conversaciones que difícilmente comprendan? ¿Acaso van a pedirle a la Defensoría del Público que intervenga cuando se transmiten contenidos de altísima sensibilidad o de la intimidad de algún famoso o noticias truculentas y sin respeto por las víctimas y familias, dentro del horario de protección al menor? ¿Acaso leyeron, alguna vez, que en los casos de abusos lo que mas raja el alma es el silencio impuesto por el abusador y que la víctima, muchas veces, ni siquiera reconoce que está atravesando por una situación que no es elegida ni consentida y es violenta? ¿Acaso suponen que vendrá un docente a decirles que elijan su sexualidad? ¿Acaso saben que en las casas se habla poco y nada de sexo y no digo de la práctica, sino del universo que rodea a todo ello, que también habla del cuidado del cuerpo y la mente en pos de tener individuos sanos y se apunta a la prevención de abusos o, al menos, de silencios y encubrimientos y favorecer al debido tratamiento para la víctima? ¿Le dicen al Estado que no brinde ESI pero le piden que hagan algo por el control de la natalidad y de las ETS y después hablan de la pollera corta? ¿A quién se le ocurre que la educación sexual promueve a la práctica? ¿No leyeron estadísticas de embarazo adolescente? ¿Y de la cantidad de casos de sífilis? ¿Y de los adultos con HIV con tasas ascendentes?
Con sus hijos no, ¿qué? Y cuando ocurra el abuso, ¿a quién le van a pedir intervención? ¿Y cuando haya lesiones por alguna ETS no curada? La salud sexual es mucho más que hacerse un pap y mirarse el pene. La salud sexual es física y mental. Es mantener la vida sexual que a uno le plazca no sólo evitando embarazos o "pestes" sino también evitando el maltrato, el abuso, la pérdida de control sobre el cuerpo propio y el respeto por el ajeno. También es llamar a las cosas por su nombre y dejar de decirle "colita de adelante" a la vulva y "pitilín" al pene. Es trabajar educando niños sanos para que sean adultos en consecuencia a ello. Es aprender a marcar los límites entre el exterior y nuestra piel, es reconocer que algo no está bien y no dejar que avance.
Mientras más se interponen en este camino, la ignorancia crece en la oscuridad de un cuarto cerrado, en el que cualquiera pueda servirse de otro sin que este otro pueda decir "con mi cuerpo, no".

1 de agosto de 2019

Para Beba, la mejor abuela


En unas horas se cumplen 5 años desde que mi abuela se apagó. A decir verdad, se había apagado un tiempo antes, pero terminó de dejarnos la madrugada del 2 de agosto de 2014.
Una se pone egoísta y quiere a los viejos siempre al lado. La realidad es que mi abuela era la columna vertebral de la familia. Pero no era de esas abuelas tradicionales ni tampoco era una excéntrica, simplemente, no era la abuela que tejía ni que te leía cuentos y creo que ni siquiera nos llevaba a la plaza. Es cierto que tuvo que ver que crecimos lejos de ella y quizá fue eso lo que la impidió de hacer algunas cosas.
María Esther nació en el seno de una familia típica de inmigrantes italianos: comerciantes, buscavidas y semi analfabetos, que vinieron a Argentina a prosperar. Como era la más chica de 3 mujeres y como era deber en la época, la apodaron Beba.
Beba fue la única de las tres que no sólo terminó el colegio, sino que estudió para ser profesora nacional de Educación Física. Estaba llena de anécdotas de “Instituto”, como le decía ella. Para algunos, la historia de mi abuela podría ser lo que despectivamente llaman meritocracia y, para mí, es una historia de superación y de crecimiento, con mucho apoyo de sus padres, que por algo habían llegado a estas tierras.
“Mi madre me daba 1 peso y yo con eso viajaba en el tranvía, tomaba un colectivo, me iba al campo de deportes, me compraba una porción de pizza con Chocha Alegre y nos íbamos a cursar a otro lado para luego volver a la noche. A veces, pateábamos y nos ahorrábamos un colectivo para tener un mango más. A la noche, me tocaba limpiar y me lavaba el único uniforme que tenía, a la mañana lo planchaba antes de salir…” y así era la vida de ella de estudiante, que no dejaba las tareas de la casa, asignada en la división familiar a la limpieza del hogar, ya que Ñata, su hermana mayor, era la que cocinaba.
La vida siguió su curso y se recibió y luego se casó con mi abuelo, tuvo a mi tío y luego a mi mamá y trabajaba de profesora, pero la guita no alcanzaba mucho y vio en el diario que la DGI convocaba a un concurso para nuevos ingresantes. Mi abuela era egresada de un Liceo, docente…¿qué tendría que ver con eso? Casi nada. Sin embargo, estudió mucho, muchísimo e ingresó.
Trabajó y trabajó en los peores y un poco mejores períodos de la economía del país. Hizo operativos en otras ciudades, horas extras, tuvo grupos a cargo, hizo carrera. Mi abuela era una mujer con mucho sentido de la justicia y el deber y, al final, era un gran sabueso. No era de agrupamiento profesional, pero actuaba como tal. Allí, que ya no era Beba, sino María, tuvo la posibilidad de crecer económicamente pero sin perder el eje. Tampoco es que se hizo rica, ya que su único bien fue el departamento de 3 ambientes que habitó en Belgrano –o Colegiales, nunca sabremos bien- entre 1969 y el 2/8/14. Ni hizo viajes exuberantes por el mundo, más que ir a visitar a su hermana a Estados Unidos y a conocer Italia, la tierra de sus padres. Amaba, por sobre cualquier lugar, ir a Mar del Plata. Una o dos veces al año, fuera invierno o verano, llamaba al hotel sindical y se reservaba una cama e iba.
Supongo, producto de las carencias de la infancia, desarrolló cierta adicción a la compra de  ropa. Mi abuela salía y siempre volvía con una bolsita. Tenía placares llenos de ropa de cuando trabajaba, aun cuando se había jubilado en el 89. Si salíamos a pasear y había algo que ella veía lindo, te lo compraba. Era todo risas hasta que te hacía probar esas cosas imponibles y ella te decía que te quedaba regio o estupendo y casi que te obligaba a llevarlo. Con los años, aprendí a decirle que mejor no, que quizá prefería otra cosa. Pero a “la vieja” le gustaba empilchar bien. Y tan bien, que varias de las prendas que ella tenía, las usamos las demás mujeres de la familia. Porque, además, Beba era muy canchera y jamás le embocaban con su edad. Beba se encremaba sistemáticamente después de bañarse y no salía a la calle sin ponerse base o algo. “estoy hecha un escracho, así no puedo estar” y se iba a la peluquería, porque era muy coqueta.
Tal es así, que cuando su primer bisnieto (mi sobrino Benjamín) cumplió 1 año, en el festejo la miró a mi hermana y le dijo casi ofuscada: “mirá, estoy vestida de vieja”. 88 años tenía. Y si, me río mientras redacto, pero tenía razón: llevaba puesta la ropa que podía porque por sus problemas de salud se le complicaba ponerse algunas cosas.
Para mi abuela el slogan “si es caro es mejor” casi que era ley y en su alacena no ibas a encontrar menos que primeras marcas y todo lo que ponía en la mesa era de calidad. No te pichuleaba nada ni con los más íntimos. En su casa siempre había “un mendrugo por si vienen los beduinos” y había que ir corriendo a La Argentina a comprar medio de milonguitas bien cocidas si no quedaba pan. Para ella, sin pan no había comida. De vez en cuando decía que el cuerpo le pedía alcohol y se abría una lata de cerveza. La comida, en su casa, bien a lo tano, era importantísima. El domingo hacía el estofado más rico que uno pudiera comer. El orden era: la carne estofada con ensalada, luego los ravioles, luego el postre y luego el café. Hacía eso para 3, 4 o los que quisieran ir. Convocaba siempre en su casa, un poco fue mi casa, y allí íbamos cayendo los nietos, porque Moldes 1435 era el centro de todo y difícil no pasar por ahí.
La vieja era muy generosa. No te escatimaba con nada. Nos vistió, alimentó y dio casa a casi todos. Nos apoyó en cuanto proyecto tuviéramos. Siempre íbamos a encontrar en su departamento un lugar a donde estar. Extraño mirar por el balcón que daba al pulmón de la manzana o por la ventana de la que fue el cuarto de mi vieja, mis hermanos y luego mio. Me detenía a mirar pasar el tren desde esa ventana, algo que hice el día que fui a despedirme de la casa antes de la venta. Ese día, con la casa sin las bibliotecas llenas de libros, los placares vacíos y las paredes sin los cuadros, lloré viendo como un ciclo en la vida iba cerrándose.
No hay día que no piense en ella ni que no espere su llamado. Los martes y los jueves, espero a que me llame para quejarse de Elena, una señora muy simpática que trabajaba en su casa, con la que se peleaban en español y ruso y ninguna se entendía. Entonces yo le decía que le dijera a Elena que no fuera más. Pero ella encontraba la excusa para justificarse que mejor no, que Elena era buena y que no iba a echarla. También extraño ir a jugar al Scrabble y que me ganara. O llamarla y decirle que pasaba. O ni siquiera eso: compraba algo rico y subía, porque la llave la tuve hasta último momento. Extraño levantarme y encontrarla sentada frente a las páginas inmensas de La Nación, el mate y alguna tostada al lado y que me empezara a comentar lo que iba leyendo y yo simulaba interés y charlábamos un rato. Extraño cuando delirábamos con Soy Gitano y discutir de cosas estériles, propias de una señora mayor y una nieta apenas adulta. Extraño los “como te va, María/Mariucha/Marieta” y pedirle que dejara de gastar fortunas en lo de Carmelo y que ella dijera: es que me queda cómodo comprarle.
Extraño las charlas eternas, en cualquier momento. Hablábamos muchísimo incluso, de los temas tabú de la familia. La vieja, con los años, fue soltando las cosas que le jodían y fue muy sano. Y también reconoció sus errores, mucho no me importan ahora. Mi abuela fue partícipe de tantas cosas, que siempre agradeceré haberla tenido conmigo por 29 años, aunque me siga pareciendo poco y amarrete por parte de la vida. Y la voy a extrañar siempre, pero la recuerdo como la gran abuela que fue y con eso me alcanza.

9 de julio de 2019

El que las hace, las paga (depende de quién)


Anoche falleció Fernando De la Rúa y entonces, empecé a pensar estas líneas, una suerte de réquiem para un presidente fallido.
La memoria colectiva es una construcción con base en hechos y relatos, algunos verídicos, otros no tanto.
Ciertamente, lo que recordamos de la presidencia de “Chupete” no fue su spot de campaña y la célebre línea “Dicen que soy aburrido, je, aburrido” pronunciada con una cosa entre rosarina y campesina que nos daba risa y que fue motivo de gastadas televisivas y radiales. Incluso, recordamos vagamente, la tablita de Machinea, la llegada de Cavallo al gobierno ¡otra vez!, el recorte del 13% a los jubilados y muchas medidas económicas, que son con las que se evalúa y evaluó la gestión de la Alianza en su corto período de 2 años y 10 días de gobierno.
Y no es que la economía no sea la base de sustento de un gobierno porque, aunque nos hablen con el corazón, contestaremos con el bolsillo porque Clinton ya lo dijo, sin vueltas: es la economía, estúpido. Y es atendible.
Lo que no es atendible es como los grandes críticos y hasta impulsores de la caída del gobierno, se rasguen las vestiduras olvidando porqué Fernando De la Rúa llegó al Ejecutivo, con una amplia aceptación popular.
Se han olvidado de los ’90. O sólo los traen a colación cuando les conviene, pero se han olvidado de los ’90. O creen que son sólo prendas de vestir grandes, medias bucaneras, vestidos bobos y viajes a Miami. Se han olvidado el costo de la ley de convertibilidad, esa falsa idea de creernos parejos al dólar, con una moneda como la nuestra, de valor cada vez menor. Se olvidaron de la explosión de Río Tercero, la servilleta de Corach, la jueza Barubudubudía, los indultos a las cúpulas –y no tanto- militares que habían sido condenadas en los juicios de los ’80, de los testigos muertos en causas relacionadas con el gobierno, la corrupción a destajo, los aprietes a periodistas, la muerte de Cabezas, la flexibilización laboral, la Carpa Blanca, Norma Plá, la desnacionalización de las escuelas técnicas, la ley de educación que trajo la EGB, las privatizaciones de los servicios públicos, las olas de despidos y así puedo seguir y seguir sin cansarme.
Se han olvidado que, entonces, la otra opción era ni más ni menos que Duhalde y que la Alianza proponía un modelo de país más honesto, más austero (“terminar con la fiesta de unos pocos”), más cercano a todas las ideas progresistas que vitoreaba Página 12, antes de devenir en lo que es hoy.
Recuerdo, con mucha emoción, cuando vinieron a Mar de Ajó, De la Rúa y Don Raúl Alfonsín por la campaña presidencial. Un acto que movió a todo el pueblo. Todos creíamos en esa Alianza. Y si, yo tenía 14 años, pero abogaba esa emoción de ver el fin de lo que fueron los ’90. Creía en que íbamos a tener un gobierno decente. Supongo que mis viejos también lo creyeron. Lo que nadie creyó es que, al poco tiempo, Chacho Álvarez renunciaría a la vicepresidencia. Que la economía se iba a ir de las manos de cualquiera, más o menos avezado, se iba a escapar. Que, lentamente, se estaba gestando una revuelta popular de dimensiones desconocidas, en plena democracia. Que íbamos a escuchar la expresión “Estado de sitio” una vez más en la historia. Que los saqueos iban a ser noticia, que en Plaza de Mayo morirían 9 de 38 personas que dio el total pais, que no se podía sacar la plata del banco y que no sabíamos a dónde iría a parar todo.
Tampoco imaginamos, claro, que la única imagen que se harían del gobierno los que aún no habían nacido en esa época, sería la de un helicóptero sobrevolando la Casa Rosada.
A todos los gobiernos los operan desde el exterior del país, desde los que se quedaron afuera de la rosca y desde adentro, claro. No se cae un gobierno de un día para el otro porque sale la gente a la calle. Y no porque el fenómeno haya sido menor, sino veamos lo que pasa con las grandes revueltas populares: nada ocurre de la noche a la mañana. La historia tiene procesos, armados por los hombres, para llegar a algún punto.
Tristemente, el único mantra que se repite sobre ese período es el trágico final y Fernando De la Rúa, un hombre que venía de la política, con muy buena imagen en la gestión de la Ciudad de Buenos Aires, un tipo que no despilfarraba y bastante sencillo, vio el final de su carrera política y es recordado con insultos e improperios, aun en sus últimas horas y así repetirán muchas generaciones por años. Lo que da lástima es que la vara con la que miden la historia algunos, los hizo condenar al ex presidente radical, pero no registran que Menem salió sobreseído de todas y cada una de las causas que tuvo (¿acaso la venta de armas o la voladura de la fábrica de Río Tercero son delitos menores u ocasionaron menos muertes que las de diciembre de 2001?) y que aun ocupa una banca en el Senado. Cosa rara la memoria.

15 de junio de 2019

Mi papá no es un héroe

Mi papá no es un héroe. Ciertamente, nunca lo fue para mi. En parte, supongo por sus falencias, qué se yo. Mi papá no es un héroe pero sí le admiro esta cuestión que vengo a contar y es que mi papá empezó a estudiar Periodismo y Comunicación Social a los 38 años, gracias a un convenio entre el municipio y la UNLP, que había abierto una extensión de esa facultad a unos 25km de casa. Y uno, desde acá, puede pensar que 25km no son tantos, pero en ciertos lugares, cuando no tenés auto, es una distancia enorme. 
Papá tenía 38 años, 6 hijos, un trabajo de municipal y había empezado sus primeros pasos en docencia, como modo de complementar el único ingreso de la casa, porque mamá hacía 7 años que había tenido que quedarse a hacerse cargo del hogar, pues éramos muchos chicos y bueno, se complicaba. 
El sueño de mi papá había sido ir a estudiar a una universidad en EEUU, pero mi abuelo no lo favoreció en la decisión, vaya uno a saber porqué. Mi abuelo, que se había criado en Nueva York. 
 Entre tanta cosa, papá consiguió un trabajo, conoció a mamá (quien ya tenía-sola- a mis hermanos más grandes), se casaron, llegué yo y un mar de cosas que son larguísimas de contar y no vienen al caso, pero él siempre quedó con el pendiente de hacer una carrera universitaria. Le llegó su momento, entonces, en la situación que conté antes y, a simple vista, uno dirá “es difícil” pero resulta que no sólo esos eran los escollos sino otros más, como no tener un transporte público eficiente. En ese entonces, el servicio era irregular y, de pronto, quizá estabas 2 hs para llegar de una localidad a otra. O dependías de algún compañero que fuera o volviera en auto. O de agarrar uno de esos del Rápido que entraba en todas. Ir y venir a la facultad era muy difícil. 
 En casa no había computadora. Ya, entonces, internet estaba llegando al pueblo vía dial up, pero ni siquiera teníamos una pc en la cual hacer un trabajo práctico. Y, como sabemos, en la facultad y más en estas carreras humanísticas, el trabajo práctico es parte de la evaluación. Para peor, en casa éramos 8 personas. Mamá, mis hermanos y yo. Cuando papá empezó, yo tenía 13 y mi hermano mas chico, 3. Un despelote. 
 Jamás lo vi a papá sentarse a estudiar. Ni siquiera había visto sus apuntes ni había sabido de la existencia hasta que, pasados los años, en una trifulca, le echó en cara a mi mamá que se los había tirado. Jamás supe en qué momento cursaba. A duras penas, hablaba de la facultad. A duras penas lo veíamos, realmente. Un poco estábamos acostumbrados. 
Con los años, agarró más horas en docencia, seguía en la municipalidad –hasta que en 2004 lo echaron- y cursaba. 

Bueno, claro, en el medio pasaron muchas cosas. Un cargo, 2001, se separaron con mi mamá, volvió a casa, yo no le hablé como por un año. Todo muy sencillo.
 Así y todo, era un misterio cómo se las arreglaba con la facultad. Lo sigue siendo para mí. Asumo que estudiaría en bares, qué se yo. Papá es un tipo que hace lo que puede desde que tengo uso de razón. Mentalmente, se mudó por todo el mundo, pero siempre terminaba en casa, frente al mar. Trabajó de varias cosas, creo que, en su mayoría, no le gustaba ninguna. Aun no estoy segura de si le gusta la docencia. Ciertamente, mi papá no es un héroe porque los héroes son perfectos, no se equivocan y salvan el mundo, pero yo no se cómo hizo para llegar a los 45 y obtener su título de profesor universitario, a empezar un doctorado a los casi 50 y tenerlo ahí, dando seminarios cada tanto, cosa de que el vicio no se le olvide.
 Cuando se recibió, creo que yo estaba más emocionada que él. Mi viejo, que bien podría haber accedido a una educación de grado cuando salió del Roca en el año 78, se recibió grande porque la vida, las elecciones y las circunstancias le dieron esa chance.
 Generalmente, no hablo bien de él y me quejo bastante. Un poco es la relación que se construyó a los ponchazos, pero es la que tenemos. Yo le admiro la voluntad ante todas las adversidades económicas, ambientales, familiares y laborales… no, no es un héroe…pero casi. 



10 de mayo de 2019

Oye, te hacen falta vitaminas!

Son las 12.05 y estoy sentada en el tren, camino a Retiro. Tengo hambre y la glucemia está bajando. Abro mi mochila y saco un /taper/ con una pascualina que cociné antenoche, que hizo las veces de almuerzo ayer, a la misma hora y en el mismo lugar. La gente mira, claro. Yo, que soy campeona en alimentarme arriba de los transportes, lo que más quiero es estar sentada en una silla, quieta o mas o menos, comiendo en un lugar un poco más amable que un tren lleno, con músicos que cantan horrible y hedores varios de otros pasajeros y sin que el lungo de atrás me patee el asiento. Pero esto es parte de una eleccion y este año será asi.
Al finalizar la manzanita que traje de postre, abro una lata de la gaseosa mundialmente conocida, eso sí: light.
Y si. Tengo un vicio que no puedo negar. La prefiero por sobre el agua y casi por sobre el mate, pero no llego a tanto.
Todo esto viene a que, esta mañana, leí un artículo de una licenciada en nutrición que se arrogaba, orgullosa, que sus hijos no conocen el azúcar. A mí no me ocupa la decisión de la crianza y la alimentación sino todo un fenómeno muy extendido, vehiculizado a través de las redes sociales, que es el de alimentarse saludablemente.
¿Pero por qué habría yo de preocuparme por eso? ¿qué es lo que está mal? En sí, no está mal. Lo que noto es una militancia acérrima, que es transversal a diferentes corrientes, sobre la comida ya no chatarra, sino alimentos de la canasta básica. El azúcar, la sal y las harinas blancas han sido llamadas veneno blanco. En exceso, claro, no son buenas, ¿pero tanto como para llamarlas veneno?
Creo que hay una exageración tremenda al arremeter contra los alimentos en sí y no ir a por el modo en el que nos relacionamos con la comida. Esto me recuerda al mito de que el pan engorda y su respuesta, no menos certera: "no. El pan no engorda, engorda el que lo come".
La valoración es cuali y cuantitativa. ¿Cuanto de ese "veneno" comemos al dia? ¿comemos otras cosas? ¿Es una masa de agua, harina y levadura o está enriquecida por otras cosas?
Comer es una necesidad básica y de supervivencia y poco entiende el cerebro, cuando hay hambre, de subjetividades: tengo que comer para vivir. La diferencia está en que comer y alimentarse no es igual. Y comer para llenar la panza no se parece a juntarse a comer con amigos. Tenemos una relación individual y social con la comida. Eso es subjetivo: me gusta o no me gusta. Y evolucionamos, como especie, cuando empezamos a incorporar algunos nutrientes y, a la vez, evolucionó la forma de cocinarlos. Comer es casi instintivo y alimentarse es cultural. No nos llevamos cualquier alimento a la boca si no hay cierto consenso al respecto. Si un cordero es mi mascota, dificil va a ser que lo mande a la estaca. Si lo crío como ganado, va a ser más fácil.
Son hábitos, construcciones, subjetividades formadas en torno a la comida.
Antes, se cocinaba en las casas, porque las mujeres, casadas o solteras, permanecían ahi, haciendo que, imperceptiblemente, la rueda de la sociedad girara. En estos días, siendo que los porcentajes de mujeres empleadas y de hombres empleados están muy parejos, es más difícil sostener la comida hogareña y el delivery (que también está mutando en su forma) vino a facilitarnos la vida, cuando no hay tiempo ni para darse una ducha o para dormir las 8 horas que dicen que hay que descansar.
Los popes de la "alimentación saludable" proponen cosas que van desde lo impracticable hasta lo económicamente insostenible. Algunos también confunden, por ejemplo, dejar lácteos y productos animales como hábito saludable. Si bien hay muchas teorías y concuerdo con la de comer variado y de todo un poco, me pone un poco mal cuando, cual verdad revelada y única posible, nos dicen que cocinemos en casa.
A mí me encanta cocinar. Lo disfruto. Disfruto desde hacer una ensalada "con onda" hasta una comida bien pesada. No creo comer de manera poco saludable. A veces, si, sólo quiero pedir una pizza o una milanesa frita. Porque estoy cansada, porque no quiero pensar, porque necesito que, en algún momento, mi cuerpo se de el lujo de no estar haciendo cosas y porque no todas las comidas que me gustan me salen bien. Estoy muy a favor de evitar grasas, sal, comidas de mala calidad, pero quiero comer comida chatarra en paz, sin pensar que me dio de comer Yiya Murano. No siempre hay tiempo de ponerse a lavar 4 atados de espinaca. Tampoco a veces hay plata para comprar leche de almendras. O almendras, !qué va!
Te hablan de modelos hegemónicos pero se ponen muy determinantes a la hora de hablar de alimentación saludable. Son como la otra versión de lo "fit". Te proponen merendar batidos de frutas...¿vieron lo que sale en una de esas cadenas "saludables"? No es posible. Tampoco es posible la imposición. Terminan aislandose o alejándote. Con distintos tintes, hay un sesgo común con quienes tienen problemas de alimentación, una obsesión por lo "sano" y por joderte si te comés un alfajor.
Volviendo sobre unas líneas: también reunirse a comer es parte de nuestra vida social y es densísimo tener a un vegetariano o vegano diciéndote que comés animal muerto. Me pasó a una amiga.
Termina esto siendo una catarsis y el tren ya llegó y ahora tengo que viajar unos 40 minutos más en un colectivo. Mi día es largo, pero espero llegar a casa para hacer un regio guiso con las lentejas que, a las 6.15, dejé remojándose.