"Con mis hijos, no", arengaban un montón de personas que confunden Educación Sexual Integral con "ideología de género" e hipersexualización de los chicos.
¿Acaso van a la puerta de Ideas del Sur a gritar "con los chicos, no" mientras montones de menores observan, desde la tribuna y so pretexto de ver un certamen de baile, escenas que rayan con lo erótico, con cuerpos semi desnudos, escándalos de conventillo y un montón de conversaciones que difícilmente comprendan?
¿Acaso van a pedirle a la Defensoría del Público que intervenga cuando se transmiten contenidos de altísima sensibilidad o de la intimidad de algún famoso o noticias truculentas y sin respeto por las víctimas y familias, dentro del horario de protección al menor?
¿Acaso leyeron, alguna vez, que en los casos de abusos lo que mas raja el alma es el silencio impuesto por el abusador y que la víctima, muchas veces, ni siquiera reconoce que está atravesando por una situación que no es elegida ni consentida y es violenta?
¿Acaso suponen que vendrá un docente a decirles que elijan su sexualidad? ¿Acaso saben que en las casas se habla poco y nada de sexo y no digo de la práctica, sino del universo que rodea a todo ello, que también habla del cuidado del cuerpo y la mente en pos de tener individuos sanos y se apunta a la prevención de abusos o, al menos, de silencios y encubrimientos y favorecer al debido tratamiento para la víctima?
¿Le dicen al Estado que no brinde ESI pero le piden que hagan algo por el control de la natalidad y de las ETS y después hablan de la pollera corta?
¿A quién se le ocurre que la educación sexual promueve a la práctica? ¿No leyeron estadísticas de embarazo adolescente? ¿Y de la cantidad de casos de sífilis? ¿Y de los adultos con HIV con tasas ascendentes?
Con sus hijos no, ¿qué? Y cuando ocurra el abuso, ¿a quién le van a pedir intervención? ¿Y cuando haya lesiones por alguna ETS no curada?
La salud sexual es mucho más que hacerse un pap y mirarse el pene. La salud sexual es física y mental. Es mantener la vida sexual que a uno le plazca no sólo evitando embarazos o "pestes" sino también evitando el maltrato, el abuso, la pérdida de control sobre el cuerpo propio y el respeto por el ajeno. También es llamar a las cosas por su nombre y dejar de decirle "colita de adelante" a la vulva y "pitilín" al pene. Es trabajar educando niños sanos para que sean adultos en consecuencia a ello. Es aprender a marcar los límites entre el exterior y nuestra piel, es reconocer que algo no está bien y no dejar que avance.
Mientras más se interponen en este camino, la ignorancia crece en la oscuridad de un cuarto cerrado, en el que cualquiera pueda servirse de otro sin que este otro pueda decir "con mi cuerpo, no".
Bienvenidos a un espacio de reflexiones personales sobre lo que pasa un poco más allá de mis ojos
2 de septiembre de 2019
1 de agosto de 2019
Para Beba, la mejor abuela
En unas horas se cumplen 5 años desde que mi abuela se
apagó. A decir verdad, se había apagado un tiempo antes, pero terminó de
dejarnos la madrugada del 2 de agosto de 2014.
Una se pone egoísta y quiere a los viejos siempre al lado.
La realidad es que mi abuela era la columna vertebral de la familia. Pero no
era de esas abuelas tradicionales ni tampoco era una excéntrica, simplemente,
no era la abuela que tejía ni que te leía cuentos y creo que ni siquiera nos
llevaba a la plaza. Es cierto que tuvo que ver que crecimos lejos de ella y
quizá fue eso lo que la impidió de hacer algunas cosas.
María Esther nació en el seno de una familia típica de
inmigrantes italianos: comerciantes, buscavidas y semi analfabetos, que
vinieron a Argentina a prosperar. Como era la más chica de 3 mujeres y como era
deber en la época, la apodaron Beba.
Beba fue la única de las tres que no sólo terminó el
colegio, sino que estudió para ser profesora nacional de Educación Física.
Estaba llena de anécdotas de “Instituto”, como le decía ella. Para algunos, la
historia de mi abuela podría ser lo que despectivamente llaman meritocracia y,
para mí, es una historia de superación y de crecimiento, con mucho apoyo de sus
padres, que por algo habían llegado a estas tierras.
“Mi madre me daba 1 peso y yo con eso viajaba en el tranvía,
tomaba un colectivo, me iba al campo de deportes, me compraba una porción de
pizza con Chocha Alegre y nos íbamos a cursar a otro lado para luego volver a
la noche. A veces, pateábamos y nos ahorrábamos un colectivo para tener un
mango más. A la noche, me tocaba limpiar y me lavaba el único uniforme que
tenía, a la mañana lo planchaba antes de salir…” y así era la vida de ella de
estudiante, que no dejaba las tareas de la casa, asignada en la división
familiar a la limpieza del hogar, ya que Ñata, su hermana mayor, era la que
cocinaba.
La vida siguió su curso y se recibió y luego se casó con mi abuelo,
tuvo a mi tío y luego a mi mamá y trabajaba de profesora, pero la guita no
alcanzaba mucho y vio en el diario que la DGI convocaba a un concurso para
nuevos ingresantes. Mi abuela era egresada de un Liceo, docente…¿qué tendría
que ver con eso? Casi nada. Sin embargo, estudió mucho, muchísimo e ingresó.
Trabajó y trabajó en los peores y un poco mejores períodos
de la economía del país. Hizo operativos en otras ciudades, horas extras, tuvo
grupos a cargo, hizo carrera. Mi abuela era una mujer con mucho sentido de la
justicia y el deber y, al final, era un gran sabueso. No era de agrupamiento
profesional, pero actuaba como tal. Allí, que ya no era Beba, sino María, tuvo
la posibilidad de crecer económicamente pero sin perder el eje. Tampoco es que
se hizo rica, ya que su único bien fue el departamento de 3 ambientes que
habitó en Belgrano –o Colegiales, nunca sabremos bien- entre 1969 y el 2/8/14.
Ni hizo viajes exuberantes por el mundo, más que ir a visitar a su hermana a
Estados Unidos y a conocer Italia, la tierra de sus padres. Amaba, por sobre
cualquier lugar, ir a Mar del Plata. Una o dos veces al año, fuera invierno o
verano, llamaba al hotel sindical y se reservaba una cama e iba.
Supongo, producto de las carencias de la infancia,
desarrolló cierta adicción a la compra de
ropa. Mi abuela salía y siempre volvía con una bolsita. Tenía placares
llenos de ropa de cuando trabajaba, aun cuando se había jubilado en el 89. Si salíamos
a pasear y había algo que ella veía lindo, te lo compraba. Era todo risas hasta
que te hacía probar esas cosas imponibles y ella te decía que te quedaba regio
o estupendo y casi que te obligaba a llevarlo. Con los años, aprendí a decirle
que mejor no, que quizá prefería otra cosa. Pero a “la vieja” le gustaba empilchar
bien. Y tan bien, que varias de las prendas que ella tenía, las usamos las
demás mujeres de la familia. Porque, además, Beba era muy canchera y jamás le
embocaban con su edad. Beba se encremaba sistemáticamente después de bañarse y
no salía a la calle sin ponerse base o algo. “estoy hecha un escracho, así no
puedo estar” y se iba a la peluquería, porque era muy coqueta.
Tal es así, que cuando su primer bisnieto (mi sobrino
Benjamín) cumplió 1 año, en el festejo la miró a mi hermana y le dijo casi
ofuscada: “mirá, estoy vestida de vieja”. 88 años tenía. Y si, me río mientras
redacto, pero tenía razón: llevaba puesta la ropa que podía porque por sus
problemas de salud se le complicaba ponerse algunas cosas.
Para mi abuela el slogan “si es caro es mejor” casi que era
ley y en su alacena no ibas a encontrar menos que primeras marcas y todo lo que
ponía en la mesa era de calidad. No te pichuleaba nada ni con los más íntimos. En
su casa siempre había “un mendrugo por si vienen los beduinos” y había que ir
corriendo a La Argentina a comprar medio de milonguitas bien cocidas si no
quedaba pan. Para ella, sin pan no había comida. De vez en cuando decía que el
cuerpo le pedía alcohol y se abría una lata de cerveza. La comida, en su casa,
bien a lo tano, era importantísima. El domingo hacía el estofado más rico que
uno pudiera comer. El orden era: la carne estofada con ensalada, luego los
ravioles, luego el postre y luego el café. Hacía eso para 3, 4 o los que
quisieran ir. Convocaba siempre en su casa, un poco fue mi casa, y allí íbamos
cayendo los nietos, porque Moldes 1435 era el centro de todo y difícil no pasar
por ahí.
La vieja era muy generosa. No te escatimaba con nada. Nos vistió,
alimentó y dio casa a casi todos. Nos apoyó en cuanto proyecto tuviéramos. Siempre
íbamos a encontrar en su departamento un lugar a donde estar. Extraño mirar por
el balcón que daba al pulmón de la manzana o por la ventana de la que fue el
cuarto de mi vieja, mis hermanos y luego mio. Me detenía a mirar pasar el tren
desde esa ventana, algo que hice el día que fui a despedirme de la casa antes
de la venta. Ese día, con la casa sin las bibliotecas llenas de libros, los
placares vacíos y las paredes sin los cuadros, lloré viendo como un ciclo en la
vida iba cerrándose.
No hay día que no piense en ella ni que no espere su
llamado. Los martes y los jueves, espero a que me llame para quejarse de Elena,
una señora muy simpática que trabajaba en su casa, con la que se peleaban en
español y ruso y ninguna se entendía. Entonces yo le decía que le dijera a
Elena que no fuera más. Pero ella encontraba la excusa para justificarse que
mejor no, que Elena era buena y que no iba a echarla. También extraño ir a
jugar al Scrabble y que me ganara. O llamarla y decirle que pasaba. O ni
siquiera eso: compraba algo rico y subía, porque la llave la tuve hasta último
momento. Extraño levantarme y encontrarla sentada frente a las páginas inmensas
de La Nación, el mate y alguna tostada al lado y que me empezara a comentar lo
que iba leyendo y yo simulaba interés y charlábamos un rato. Extraño cuando
delirábamos con Soy Gitano y discutir de cosas estériles, propias de una señora
mayor y una nieta apenas adulta. Extraño los “como te va,
María/Mariucha/Marieta” y pedirle que dejara de gastar fortunas en lo de
Carmelo y que ella dijera: es que me queda cómodo comprarle.
Extraño las charlas eternas, en cualquier momento. Hablábamos
muchísimo incluso, de los temas tabú de la familia. La vieja, con los años, fue
soltando las cosas que le jodían y fue muy sano. Y también reconoció sus
errores, mucho no me importan ahora. Mi abuela fue partícipe de tantas cosas,
que siempre agradeceré haberla tenido conmigo por 29 años, aunque me siga
pareciendo poco y amarrete por parte de la vida. Y la voy a extrañar siempre,
pero la recuerdo como la gran abuela que fue y con eso me alcanza.
9 de julio de 2019
El que las hace, las paga (depende de quién)
Anoche falleció Fernando De la Rúa y entonces, empecé a
pensar estas líneas, una suerte de réquiem para un presidente fallido.
La memoria colectiva es una construcción con base en hechos
y relatos, algunos verídicos, otros no tanto.
Ciertamente, lo que recordamos de la presidencia de “Chupete” no fue su spot de campaña y la
célebre línea “Dicen que soy aburrido,
je, aburrido” pronunciada con una cosa entre rosarina y campesina que nos
daba risa y que fue motivo de gastadas televisivas y radiales. Incluso,
recordamos vagamente, la tablita de Machinea, la llegada de Cavallo al gobierno
¡otra vez!, el recorte del 13% a los jubilados y muchas medidas económicas, que son con las que se evalúa y evaluó la gestión de la Alianza en su corto período
de 2 años y 10 días de gobierno.
Y no es que la economía no sea la base de sustento de un
gobierno porque, aunque nos hablen con el corazón, contestaremos con el
bolsillo porque Clinton ya lo dijo, sin vueltas: es la economía, estúpido. Y es
atendible.
Lo que no es atendible es como los grandes críticos y hasta
impulsores de la caída del gobierno, se rasguen las vestiduras olvidando porqué
Fernando De la Rúa llegó al Ejecutivo, con una amplia aceptación popular.
Se han olvidado de los ’90. O sólo los traen a colación
cuando les conviene, pero se han olvidado de los ’90. O creen que son sólo
prendas de vestir grandes, medias bucaneras, vestidos bobos y viajes a Miami. Se
han olvidado el costo de la ley de convertibilidad, esa falsa idea de creernos
parejos al dólar, con una moneda como la nuestra, de valor cada vez menor. Se
olvidaron de la explosión de Río Tercero, la servilleta de Corach, la jueza
Barubudubudía, los indultos a las cúpulas –y no tanto- militares que habían
sido condenadas en los juicios de los ’80, de los testigos muertos en causas
relacionadas con el gobierno, la corrupción a destajo, los aprietes a
periodistas, la muerte de Cabezas, la flexibilización laboral, la Carpa Blanca,
Norma Plá, la desnacionalización de las escuelas técnicas, la ley de educación
que trajo la EGB, las privatizaciones de los servicios públicos, las olas de
despidos y así puedo seguir y seguir sin cansarme.
Se han olvidado que, entonces, la otra opción era ni más ni
menos que Duhalde y que la Alianza proponía un modelo de país más honesto, más
austero (“terminar con la fiesta de unos pocos”), más cercano a todas las ideas
progresistas que vitoreaba Página 12, antes de devenir en lo que es hoy.
Recuerdo, con mucha emoción, cuando vinieron a Mar de Ajó,
De la Rúa y Don Raúl Alfonsín por la campaña presidencial. Un acto que movió a
todo el pueblo. Todos creíamos en esa Alianza. Y si, yo tenía 14 años, pero
abogaba esa emoción de ver el fin de lo que fueron los ’90. Creía en que íbamos
a tener un gobierno decente. Supongo que mis viejos también lo creyeron. Lo que
nadie creyó es que, al poco tiempo, Chacho Álvarez renunciaría a la vicepresidencia.
Que la economía se iba a ir de las manos de cualquiera, más o menos avezado, se
iba a escapar. Que, lentamente, se estaba gestando una revuelta popular de
dimensiones desconocidas, en plena democracia. Que íbamos a escuchar la
expresión “Estado de sitio” una vez más en la historia. Que los saqueos iban a
ser noticia, que en Plaza de Mayo morirían 9 de 38 personas que dio el total pais, que no se podía sacar
la plata del banco y que no sabíamos a dónde iría a parar todo.
Tampoco imaginamos, claro, que la única imagen que se harían
del gobierno los que aún no habían nacido en esa época, sería la de un
helicóptero sobrevolando la Casa Rosada.
A todos los gobiernos los operan desde el exterior del país,
desde los que se quedaron afuera de la rosca y desde adentro, claro. No se cae un
gobierno de un día para el otro porque sale la gente a la calle. Y no porque el
fenómeno haya sido menor, sino veamos lo que pasa con las grandes revueltas
populares: nada ocurre de la noche a la mañana. La historia tiene procesos,
armados por los hombres, para llegar a algún punto.
Tristemente, el único mantra que se repite sobre ese período
es el trágico final y Fernando De la Rúa, un hombre que venía de la política,
con muy buena imagen en la gestión de la Ciudad de Buenos Aires, un tipo que no
despilfarraba y bastante sencillo, vio el final de su carrera política y es
recordado con insultos e improperios, aun en sus últimas horas y así repetirán
muchas generaciones por años. Lo que da lástima es que la vara con la que miden
la historia algunos, los hizo condenar al ex presidente radical, pero no
registran que Menem salió sobreseído de todas y cada una de las causas que tuvo
(¿acaso la venta de armas o la voladura de la fábrica de Río Tercero son
delitos menores u ocasionaron menos muertes que las de diciembre de 2001?) y
que aun ocupa una banca en el Senado. Cosa rara la memoria.
15 de junio de 2019
Mi papá no es un héroe
Mi papá no es un héroe. Ciertamente, nunca lo fue para mi. En parte, supongo por sus falencias, qué se yo. Mi papá no es un héroe pero sí le admiro esta cuestión que vengo a contar y es que mi papá empezó a estudiar Periodismo y Comunicación Social a los 38 años, gracias a un convenio entre el municipio y la UNLP, que había abierto una extensión de esa facultad a unos 25km de casa.
Y uno, desde acá, puede pensar que 25km no son tantos, pero en ciertos lugares, cuando no tenés auto, es una distancia enorme.
Papá tenía 38 años, 6 hijos, un trabajo de municipal y había empezado sus primeros pasos en docencia, como modo de complementar el único ingreso de la casa, porque mamá hacía 7 años que había tenido que quedarse a hacerse cargo del hogar, pues éramos muchos chicos y bueno, se complicaba.
El sueño de mi papá había sido ir a estudiar a una universidad en EEUU, pero mi abuelo no lo favoreció en la decisión, vaya uno a saber porqué. Mi abuelo, que se había criado en Nueva York.
Entre tanta cosa, papá consiguió un trabajo, conoció a mamá (quien ya tenía-sola- a mis hermanos más grandes), se casaron, llegué yo y un mar de cosas que son larguísimas de contar y no vienen al caso, pero él siempre quedó con el pendiente de hacer una carrera universitaria. Le llegó su momento, entonces, en la situación que conté antes y, a simple vista, uno dirá “es difícil” pero resulta que no sólo esos eran los escollos sino otros más, como no tener un transporte público eficiente. En ese entonces, el servicio era irregular y, de pronto, quizá estabas 2 hs para llegar de una localidad a otra. O dependías de algún compañero que fuera o volviera en auto. O de agarrar uno de esos del Rápido que entraba en todas. Ir y venir a la facultad era muy difícil.
En casa no había computadora. Ya, entonces, internet estaba llegando al pueblo vía dial up, pero ni siquiera teníamos una pc en la cual hacer un trabajo práctico. Y, como sabemos, en la facultad y más en estas carreras humanísticas, el trabajo práctico es parte de la evaluación. Para peor, en casa éramos 8 personas. Mamá, mis hermanos y yo. Cuando papá empezó, yo tenía 13 y mi hermano mas chico, 3. Un despelote.
Jamás lo vi a papá sentarse a estudiar. Ni siquiera había visto sus apuntes ni había sabido de la existencia hasta que, pasados los años, en una trifulca, le echó en cara a mi mamá que se los había tirado. Jamás supe en qué momento cursaba. A duras penas, hablaba de la facultad. A duras penas lo veíamos, realmente. Un poco estábamos acostumbrados.
Con los años, agarró más horas en docencia, seguía en la municipalidad –hasta que en 2004 lo echaron- y cursaba.
Bueno, claro, en el medio pasaron muchas cosas. Un cargo, 2001, se separaron con mi mamá, volvió a casa, yo no le hablé como por un año. Todo muy sencillo.
Así y todo, era un misterio cómo se las arreglaba con la facultad. Lo sigue siendo para mí. Asumo que estudiaría en bares, qué se yo. Papá es un tipo que hace lo que puede desde que tengo uso de razón. Mentalmente, se mudó por todo el mundo, pero siempre terminaba en casa, frente al mar. Trabajó de varias cosas, creo que, en su mayoría, no le gustaba ninguna. Aun no estoy segura de si le gusta la docencia. Ciertamente, mi papá no es un héroe porque los héroes son perfectos, no se equivocan y salvan el mundo, pero yo no se cómo hizo para llegar a los 45 y obtener su título de profesor universitario, a empezar un doctorado a los casi 50 y tenerlo ahí, dando seminarios cada tanto, cosa de que el vicio no se le olvide.
Cuando se recibió, creo que yo estaba más emocionada que él. Mi viejo, que bien podría haber accedido a una educación de grado cuando salió del Roca en el año 78, se recibió grande porque la vida, las elecciones y las circunstancias le dieron esa chance.
Generalmente, no hablo bien de él y me quejo bastante. Un poco es la relación que se construyó a los ponchazos, pero es la que tenemos. Yo le admiro la voluntad ante todas las adversidades económicas, ambientales, familiares y laborales… no, no es un héroe…pero casi.
Papá tenía 38 años, 6 hijos, un trabajo de municipal y había empezado sus primeros pasos en docencia, como modo de complementar el único ingreso de la casa, porque mamá hacía 7 años que había tenido que quedarse a hacerse cargo del hogar, pues éramos muchos chicos y bueno, se complicaba.
El sueño de mi papá había sido ir a estudiar a una universidad en EEUU, pero mi abuelo no lo favoreció en la decisión, vaya uno a saber porqué. Mi abuelo, que se había criado en Nueva York.
Entre tanta cosa, papá consiguió un trabajo, conoció a mamá (quien ya tenía-sola- a mis hermanos más grandes), se casaron, llegué yo y un mar de cosas que son larguísimas de contar y no vienen al caso, pero él siempre quedó con el pendiente de hacer una carrera universitaria. Le llegó su momento, entonces, en la situación que conté antes y, a simple vista, uno dirá “es difícil” pero resulta que no sólo esos eran los escollos sino otros más, como no tener un transporte público eficiente. En ese entonces, el servicio era irregular y, de pronto, quizá estabas 2 hs para llegar de una localidad a otra. O dependías de algún compañero que fuera o volviera en auto. O de agarrar uno de esos del Rápido que entraba en todas. Ir y venir a la facultad era muy difícil.
En casa no había computadora. Ya, entonces, internet estaba llegando al pueblo vía dial up, pero ni siquiera teníamos una pc en la cual hacer un trabajo práctico. Y, como sabemos, en la facultad y más en estas carreras humanísticas, el trabajo práctico es parte de la evaluación. Para peor, en casa éramos 8 personas. Mamá, mis hermanos y yo. Cuando papá empezó, yo tenía 13 y mi hermano mas chico, 3. Un despelote.
Jamás lo vi a papá sentarse a estudiar. Ni siquiera había visto sus apuntes ni había sabido de la existencia hasta que, pasados los años, en una trifulca, le echó en cara a mi mamá que se los había tirado. Jamás supe en qué momento cursaba. A duras penas, hablaba de la facultad. A duras penas lo veíamos, realmente. Un poco estábamos acostumbrados.
Con los años, agarró más horas en docencia, seguía en la municipalidad –hasta que en 2004 lo echaron- y cursaba.
Bueno, claro, en el medio pasaron muchas cosas. Un cargo, 2001, se separaron con mi mamá, volvió a casa, yo no le hablé como por un año. Todo muy sencillo.
Así y todo, era un misterio cómo se las arreglaba con la facultad. Lo sigue siendo para mí. Asumo que estudiaría en bares, qué se yo. Papá es un tipo que hace lo que puede desde que tengo uso de razón. Mentalmente, se mudó por todo el mundo, pero siempre terminaba en casa, frente al mar. Trabajó de varias cosas, creo que, en su mayoría, no le gustaba ninguna. Aun no estoy segura de si le gusta la docencia. Ciertamente, mi papá no es un héroe porque los héroes son perfectos, no se equivocan y salvan el mundo, pero yo no se cómo hizo para llegar a los 45 y obtener su título de profesor universitario, a empezar un doctorado a los casi 50 y tenerlo ahí, dando seminarios cada tanto, cosa de que el vicio no se le olvide.
Cuando se recibió, creo que yo estaba más emocionada que él. Mi viejo, que bien podría haber accedido a una educación de grado cuando salió del Roca en el año 78, se recibió grande porque la vida, las elecciones y las circunstancias le dieron esa chance.
Generalmente, no hablo bien de él y me quejo bastante. Un poco es la relación que se construyó a los ponchazos, pero es la que tenemos. Yo le admiro la voluntad ante todas las adversidades económicas, ambientales, familiares y laborales… no, no es un héroe…pero casi.
10 de mayo de 2019
Oye, te hacen falta vitaminas!
Son las 12.05 y estoy sentada en el tren, camino a Retiro. Tengo hambre y la glucemia está bajando. Abro mi mochila y saco un /taper/ con una pascualina que cociné antenoche, que hizo las veces de almuerzo ayer, a la misma hora y en el mismo lugar. La gente mira, claro. Yo, que soy campeona en alimentarme arriba de los transportes, lo que más quiero es estar sentada en una silla, quieta o mas o menos, comiendo en un lugar un poco más amable que un tren lleno, con músicos que cantan horrible y hedores varios de otros pasajeros y sin que el lungo de atrás me patee el asiento. Pero esto es parte de una eleccion y este año será asi.
Al finalizar la manzanita que traje de postre, abro una lata de la gaseosa mundialmente conocida, eso sí: light.
Y si. Tengo un vicio que no puedo negar. La prefiero por sobre el agua y casi por sobre el mate, pero no llego a tanto.
Todo esto viene a que, esta mañana, leí un artículo de una licenciada en nutrición que se arrogaba, orgullosa, que sus hijos no conocen el azúcar. A mí no me ocupa la decisión de la crianza y la alimentación sino todo un fenómeno muy extendido, vehiculizado a través de las redes sociales, que es el de alimentarse saludablemente.
¿Pero por qué habría yo de preocuparme por eso? ¿qué es lo que está mal? En sí, no está mal. Lo que noto es una militancia acérrima, que es transversal a diferentes corrientes, sobre la comida ya no chatarra, sino alimentos de la canasta básica. El azúcar, la sal y las harinas blancas han sido llamadas veneno blanco. En exceso, claro, no son buenas, ¿pero tanto como para llamarlas veneno?
Creo que hay una exageración tremenda al arremeter contra los alimentos en sí y no ir a por el modo en el que nos relacionamos con la comida. Esto me recuerda al mito de que el pan engorda y su respuesta, no menos certera: "no. El pan no engorda, engorda el que lo come".
La valoración es cuali y cuantitativa. ¿Cuanto de ese "veneno" comemos al dia? ¿comemos otras cosas? ¿Es una masa de agua, harina y levadura o está enriquecida por otras cosas?
Comer es una necesidad básica y de supervivencia y poco entiende el cerebro, cuando hay hambre, de subjetividades: tengo que comer para vivir. La diferencia está en que comer y alimentarse no es igual. Y comer para llenar la panza no se parece a juntarse a comer con amigos. Tenemos una relación individual y social con la comida. Eso es subjetivo: me gusta o no me gusta. Y evolucionamos, como especie, cuando empezamos a incorporar algunos nutrientes y, a la vez, evolucionó la forma de cocinarlos. Comer es casi instintivo y alimentarse es cultural. No nos llevamos cualquier alimento a la boca si no hay cierto consenso al respecto. Si un cordero es mi mascota, dificil va a ser que lo mande a la estaca. Si lo crío como ganado, va a ser más fácil.
Son hábitos, construcciones, subjetividades formadas en torno a la comida.
Antes, se cocinaba en las casas, porque las mujeres, casadas o solteras, permanecían ahi, haciendo que, imperceptiblemente, la rueda de la sociedad girara. En estos días, siendo que los porcentajes de mujeres empleadas y de hombres empleados están muy parejos, es más difícil sostener la comida hogareña y el delivery (que también está mutando en su forma) vino a facilitarnos la vida, cuando no hay tiempo ni para darse una ducha o para dormir las 8 horas que dicen que hay que descansar.
Los popes de la "alimentación saludable" proponen cosas que van desde lo impracticable hasta lo económicamente insostenible. Algunos también confunden, por ejemplo, dejar lácteos y productos animales como hábito saludable. Si bien hay muchas teorías y concuerdo con la de comer variado y de todo un poco, me pone un poco mal cuando, cual verdad revelada y única posible, nos dicen que cocinemos en casa.
A mí me encanta cocinar. Lo disfruto. Disfruto desde hacer una ensalada "con onda" hasta una comida bien pesada. No creo comer de manera poco saludable. A veces, si, sólo quiero pedir una pizza o una milanesa frita. Porque estoy cansada, porque no quiero pensar, porque necesito que, en algún momento, mi cuerpo se de el lujo de no estar haciendo cosas y porque no todas las comidas que me gustan me salen bien. Estoy muy a favor de evitar grasas, sal, comidas de mala calidad, pero quiero comer comida chatarra en paz, sin pensar que me dio de comer Yiya Murano. No siempre hay tiempo de ponerse a lavar 4 atados de espinaca. Tampoco a veces hay plata para comprar leche de almendras. O almendras, !qué va!
Te hablan de modelos hegemónicos pero se ponen muy determinantes a la hora de hablar de alimentación saludable. Son como la otra versión de lo "fit". Te proponen merendar batidos de frutas...¿vieron lo que sale en una de esas cadenas "saludables"? No es posible. Tampoco es posible la imposición. Terminan aislandose o alejándote. Con distintos tintes, hay un sesgo común con quienes tienen problemas de alimentación, una obsesión por lo "sano" y por joderte si te comés un alfajor.
Volviendo sobre unas líneas: también reunirse a comer es parte de nuestra vida social y es densísimo tener a un vegetariano o vegano diciéndote que comés animal muerto. Me pasó a una amiga.
Termina esto siendo una catarsis y el tren ya llegó y ahora tengo que viajar unos 40 minutos más en un colectivo. Mi día es largo, pero espero llegar a casa para hacer un regio guiso con las lentejas que, a las 6.15, dejé remojándose.
Al finalizar la manzanita que traje de postre, abro una lata de la gaseosa mundialmente conocida, eso sí: light.
Y si. Tengo un vicio que no puedo negar. La prefiero por sobre el agua y casi por sobre el mate, pero no llego a tanto.
Todo esto viene a que, esta mañana, leí un artículo de una licenciada en nutrición que se arrogaba, orgullosa, que sus hijos no conocen el azúcar. A mí no me ocupa la decisión de la crianza y la alimentación sino todo un fenómeno muy extendido, vehiculizado a través de las redes sociales, que es el de alimentarse saludablemente.
¿Pero por qué habría yo de preocuparme por eso? ¿qué es lo que está mal? En sí, no está mal. Lo que noto es una militancia acérrima, que es transversal a diferentes corrientes, sobre la comida ya no chatarra, sino alimentos de la canasta básica. El azúcar, la sal y las harinas blancas han sido llamadas veneno blanco. En exceso, claro, no son buenas, ¿pero tanto como para llamarlas veneno?
Creo que hay una exageración tremenda al arremeter contra los alimentos en sí y no ir a por el modo en el que nos relacionamos con la comida. Esto me recuerda al mito de que el pan engorda y su respuesta, no menos certera: "no. El pan no engorda, engorda el que lo come".
La valoración es cuali y cuantitativa. ¿Cuanto de ese "veneno" comemos al dia? ¿comemos otras cosas? ¿Es una masa de agua, harina y levadura o está enriquecida por otras cosas?
Comer es una necesidad básica y de supervivencia y poco entiende el cerebro, cuando hay hambre, de subjetividades: tengo que comer para vivir. La diferencia está en que comer y alimentarse no es igual. Y comer para llenar la panza no se parece a juntarse a comer con amigos. Tenemos una relación individual y social con la comida. Eso es subjetivo: me gusta o no me gusta. Y evolucionamos, como especie, cuando empezamos a incorporar algunos nutrientes y, a la vez, evolucionó la forma de cocinarlos. Comer es casi instintivo y alimentarse es cultural. No nos llevamos cualquier alimento a la boca si no hay cierto consenso al respecto. Si un cordero es mi mascota, dificil va a ser que lo mande a la estaca. Si lo crío como ganado, va a ser más fácil.
Son hábitos, construcciones, subjetividades formadas en torno a la comida.
Antes, se cocinaba en las casas, porque las mujeres, casadas o solteras, permanecían ahi, haciendo que, imperceptiblemente, la rueda de la sociedad girara. En estos días, siendo que los porcentajes de mujeres empleadas y de hombres empleados están muy parejos, es más difícil sostener la comida hogareña y el delivery (que también está mutando en su forma) vino a facilitarnos la vida, cuando no hay tiempo ni para darse una ducha o para dormir las 8 horas que dicen que hay que descansar.
Los popes de la "alimentación saludable" proponen cosas que van desde lo impracticable hasta lo económicamente insostenible. Algunos también confunden, por ejemplo, dejar lácteos y productos animales como hábito saludable. Si bien hay muchas teorías y concuerdo con la de comer variado y de todo un poco, me pone un poco mal cuando, cual verdad revelada y única posible, nos dicen que cocinemos en casa.
A mí me encanta cocinar. Lo disfruto. Disfruto desde hacer una ensalada "con onda" hasta una comida bien pesada. No creo comer de manera poco saludable. A veces, si, sólo quiero pedir una pizza o una milanesa frita. Porque estoy cansada, porque no quiero pensar, porque necesito que, en algún momento, mi cuerpo se de el lujo de no estar haciendo cosas y porque no todas las comidas que me gustan me salen bien. Estoy muy a favor de evitar grasas, sal, comidas de mala calidad, pero quiero comer comida chatarra en paz, sin pensar que me dio de comer Yiya Murano. No siempre hay tiempo de ponerse a lavar 4 atados de espinaca. Tampoco a veces hay plata para comprar leche de almendras. O almendras, !qué va!
Te hablan de modelos hegemónicos pero se ponen muy determinantes a la hora de hablar de alimentación saludable. Son como la otra versión de lo "fit". Te proponen merendar batidos de frutas...¿vieron lo que sale en una de esas cadenas "saludables"? No es posible. Tampoco es posible la imposición. Terminan aislandose o alejándote. Con distintos tintes, hay un sesgo común con quienes tienen problemas de alimentación, una obsesión por lo "sano" y por joderte si te comés un alfajor.
Volviendo sobre unas líneas: también reunirse a comer es parte de nuestra vida social y es densísimo tener a un vegetariano o vegano diciéndote que comés animal muerto. Me pasó a una amiga.
Termina esto siendo una catarsis y el tren ya llegó y ahora tengo que viajar unos 40 minutos más en un colectivo. Mi día es largo, pero espero llegar a casa para hacer un regio guiso con las lentejas que, a las 6.15, dejé remojándose.
19 de abril de 2019
Qué lindo es pedalear y no te cuesta nada mas que tiempo
Tengo recuerdos desde muy pequeña con las bicis. Mi hermano mayor tenía una Aurorita roja y mi hermano n° 2, una naranja. Siempre estuvieron esas bicis en casa. Luego nos mudamos a San Clemente y ellas vinieron con nosotros. Allá, tener bici no era un lujo ni una cosa snob: era necesidad.
Pero yo no sabía andar y prefiero obviar la parte de la persona que me enseñó a hacerlo porque tengo mal recuerdo.
Creo que a los 10 tuve mi primera bici: una BMX blanca, con estrellas rojas. Todos o casi todos, tenían de esas. Si no me falla la memoria, la compramos en Realini hogar y salí andando. Esa bici me la compré con una plata que me mandó mi madrina (la hna mayor de mi abuela, q vivía en EEUU) y se convirtió en mi medio de transporte por excelencia. Iba a la escuela, al centro, a las casas de mis amigas, a IOMA (sí, así de pequeña iba ahi), a la farmacia...éramos casi indivisibles. Pero no era una excepción: casi todo el mundo se movía en el pueblo con la bici. Por comodidad, por economía, por costumbre, porque era re natural. Cuando mi mamá quiere resaltar algo bueno de mi infancia como mano derecha suya, dice: "ella agarraba la bicicletita e iba a todos lados, ayudandome".
Así las cosas, pasaron otras bicis por mi niñez y adolescencia. Los últimos 3 años de colegio, entre 2000 y 2002, salía a las 6.45 de casa (ya en Mar de Ajó) rumbo a San Bernardo, con fríiiiio y humedad, viendo el pasto helado en invierno, a veces haciéndome la canchera fumando, con mi uniforme y mi gabán. Llegaba al colegio, ataba la bici junto a la reja, junto con otras tantas bicis q nos esperaban ahi. Todos los días, salvo que lloviera.
Cuando me mudé a BsAs, el volumen del tránsito y la locura de la gente me apabullaron y preferí olvidar a la bici como medio de transporte. Años así hasta que, por laburo, le pedí a mi ex cuñada que me prestara la suya. Y asi, por las calles de Vte Lopez, fui despejando el miedo. Claro, me cebé y me compré una playera azul que pesaba un quintal, pero estaba feliz. Luego vino mi Amelita, la que me robaron en diciembre.
Acá sí que no me parecía ridículo ni accesorio el casco -eterna discusión con mis hermanos, también bicicleteros- y me compré uno blanco tipo de skater, parecía la Hormiga Atómica. Al tiempo, me gané uno en un sorteo de un programa de radio. La gente lo pondera, me mira, me pregunta. Para mí, también se convirtió en natural el uso de casco. Me siento rarísima cuando no lo llevo puesto.
Andar en bici me resulta tan cómodo y natural, que no se como es no tener un vehículo de 2 ruedas. Pero vengo notando, casi con asombro, como un sector del ciclismo urbano se convirtió en militante, como si la hubieran descubierto anteayer. Es un "porteños meets bikes" que hasta me da risa. Es cierto que la aparición de ciclovías, las ecobicis, las 50 cuotas del banco y varias políticas de fomento, hicieron que la bici volviera a ser tenida en cuenta como un medio de transporte y que mucha gente evaluara el espacio en las casas para meter una. Pero hay que ser conciente de que BsAs aun no está preparada ni social ni espacialmente para que nos movamos en bici.
Cuando la comparan con ciudades europeas, me da risa: quizá la distancia de Pte Saavedra al Obelisco es todo el borde de una ciudad del viejo mundo. Las distancias, los espacios habilitados, las peripecias de pedalear en una ciudad con ciclovias con un trazado errático y con gente que no está dispuesta a aprender que es una vía de circulación, con peatones que se lanzan a cruzar sin mirar, con autos o camiones que estacionan con paseadores de perros, runners, motociclistas usándolas como alternativa a la vereda/asfalto, no es nada sencillo. Ni es sencillo dejarla atada porque a veces no hay donde. Ni es sencillo convivir con otros ciclistas, irresponsables, que hacen que a todos nos pongan motes o que nos consideren gente egoísta porque unos cuántos no respetan una sola norma de tránsito.
Veo a estos afiebrados por el uso de la bici como a un puñado de adolescentes que creen haber descubierto la pólvora en el S XXI. Los veo evangelizar y los veo justificar violaciones al código de tránsito. Se ponen en lugar de víctimas de accidentes viales, cuando no cuentan la parte de la sarta de infracciones cometidas por ciclistas irrespetuosos no ya de una normativa, sino del resto de la gente. Snobean una posición radicalizada, como los que usan la chapita de "un auto menos", como si fuera excluyente la cosa. Como si no se pudiera convivir en el mismo espacio. Como si el auto no ofreciera ventajas.
La nueva, es la de no usar casco, aduciendo un tema individual. Fomentás que la bici es saludable, por los beneficios que trae, pero arengás a salir sin casco, cosa de partirte la cabeza ante una caida. Me no entender pero me dan risa y me siento de pueblo pensando que allá, ni nos preguntábamos si era saludablePero también me ofusca que se propongan como patrones de la verdad. Nadie la tiene. Y no todos pueden tener una bici. O querer tenerla. Ni todos pueden acceder a ir a trabajar con una.
Lo más lindo que tiene pedalear es la sensación de libertad que te da. Casi igualito como elegir con qué medio de transporte vas a ir hoy a tal lugar.
Creo que a los 10 tuve mi primera bici: una BMX blanca, con estrellas rojas. Todos o casi todos, tenían de esas. Si no me falla la memoria, la compramos en Realini hogar y salí andando. Esa bici me la compré con una plata que me mandó mi madrina (la hna mayor de mi abuela, q vivía en EEUU) y se convirtió en mi medio de transporte por excelencia. Iba a la escuela, al centro, a las casas de mis amigas, a IOMA (sí, así de pequeña iba ahi), a la farmacia...éramos casi indivisibles. Pero no era una excepción: casi todo el mundo se movía en el pueblo con la bici. Por comodidad, por economía, por costumbre, porque era re natural. Cuando mi mamá quiere resaltar algo bueno de mi infancia como mano derecha suya, dice: "ella agarraba la bicicletita e iba a todos lados, ayudandome".
Así las cosas, pasaron otras bicis por mi niñez y adolescencia. Los últimos 3 años de colegio, entre 2000 y 2002, salía a las 6.45 de casa (ya en Mar de Ajó) rumbo a San Bernardo, con fríiiiio y humedad, viendo el pasto helado en invierno, a veces haciéndome la canchera fumando, con mi uniforme y mi gabán. Llegaba al colegio, ataba la bici junto a la reja, junto con otras tantas bicis q nos esperaban ahi. Todos los días, salvo que lloviera.
Cuando me mudé a BsAs, el volumen del tránsito y la locura de la gente me apabullaron y preferí olvidar a la bici como medio de transporte. Años así hasta que, por laburo, le pedí a mi ex cuñada que me prestara la suya. Y asi, por las calles de Vte Lopez, fui despejando el miedo. Claro, me cebé y me compré una playera azul que pesaba un quintal, pero estaba feliz. Luego vino mi Amelita, la que me robaron en diciembre.
Acá sí que no me parecía ridículo ni accesorio el casco -eterna discusión con mis hermanos, también bicicleteros- y me compré uno blanco tipo de skater, parecía la Hormiga Atómica. Al tiempo, me gané uno en un sorteo de un programa de radio. La gente lo pondera, me mira, me pregunta. Para mí, también se convirtió en natural el uso de casco. Me siento rarísima cuando no lo llevo puesto.
Andar en bici me resulta tan cómodo y natural, que no se como es no tener un vehículo de 2 ruedas. Pero vengo notando, casi con asombro, como un sector del ciclismo urbano se convirtió en militante, como si la hubieran descubierto anteayer. Es un "porteños meets bikes" que hasta me da risa. Es cierto que la aparición de ciclovías, las ecobicis, las 50 cuotas del banco y varias políticas de fomento, hicieron que la bici volviera a ser tenida en cuenta como un medio de transporte y que mucha gente evaluara el espacio en las casas para meter una. Pero hay que ser conciente de que BsAs aun no está preparada ni social ni espacialmente para que nos movamos en bici.
Cuando la comparan con ciudades europeas, me da risa: quizá la distancia de Pte Saavedra al Obelisco es todo el borde de una ciudad del viejo mundo. Las distancias, los espacios habilitados, las peripecias de pedalear en una ciudad con ciclovias con un trazado errático y con gente que no está dispuesta a aprender que es una vía de circulación, con peatones que se lanzan a cruzar sin mirar, con autos o camiones que estacionan con paseadores de perros, runners, motociclistas usándolas como alternativa a la vereda/asfalto, no es nada sencillo. Ni es sencillo dejarla atada porque a veces no hay donde. Ni es sencillo convivir con otros ciclistas, irresponsables, que hacen que a todos nos pongan motes o que nos consideren gente egoísta porque unos cuántos no respetan una sola norma de tránsito.
Veo a estos afiebrados por el uso de la bici como a un puñado de adolescentes que creen haber descubierto la pólvora en el S XXI. Los veo evangelizar y los veo justificar violaciones al código de tránsito. Se ponen en lugar de víctimas de accidentes viales, cuando no cuentan la parte de la sarta de infracciones cometidas por ciclistas irrespetuosos no ya de una normativa, sino del resto de la gente. Snobean una posición radicalizada, como los que usan la chapita de "un auto menos", como si fuera excluyente la cosa. Como si no se pudiera convivir en el mismo espacio. Como si el auto no ofreciera ventajas.
La nueva, es la de no usar casco, aduciendo un tema individual. Fomentás que la bici es saludable, por los beneficios que trae, pero arengás a salir sin casco, cosa de partirte la cabeza ante una caida. Me no entender pero me dan risa y me siento de pueblo pensando que allá, ni nos preguntábamos si era saludablePero también me ofusca que se propongan como patrones de la verdad. Nadie la tiene. Y no todos pueden tener una bici. O querer tenerla. Ni todos pueden acceder a ir a trabajar con una.
Lo más lindo que tiene pedalear es la sensación de libertad que te da. Casi igualito como elegir con qué medio de transporte vas a ir hoy a tal lugar.
26 de febrero de 2018
Blanco sobre negro, argumentos sobre la legalización del aborto
Si alguien me preguntara a mí, una ciudadana como otras,
estoy en contra del aborto pero no sé qué haría si la situación me apremiara.
Claramente, creo que es una instancia terminal en una cadena de sucesos que
fallan. Tal como dijo el Ministro de Salud: el aborto es la última solución a
algo que no salió bien. Podemos tomar, claro, el ejemplo más ligero y es que,
en la relación sexual, no hubo método anticonceptivo. Se lee mucho que hay que “aprender”
a usarlos, a tener sexo responsable. Sí, es cierto. Hay que. Todos conocemos a
alguien- con más o menos instrucción, de mejor o peor situación económica- que
elige tener sexo sin protección. En tiempos en los que las estadísticas marcan
un aumento en los casos de sífilis, es fácil inducir que, efectivamente, la
gente se cuida menos. ¿Eso significa que debemos castigarlos? Pues no.
Significa que hay que poner manos a la obra y ser más agresivos con las
campañas de educación sexual, que en los colegios se den los contenidos que
corresponden a las currículas, que les digamos a nuestros conocidos que se
cuiden y que cuiden a la persona con la que comparten la relación, sea casual o
de cierto grado de asiduidad.
También puede fallar el método anticonceptivo utilizado.
Ninguno es 100% seguro y, realmente, conocemos casos de gente que se cuida y el
embarazo viene igual. Y, quizá, tomaron la “pastilla del día después” y tampoco
surtió el efecto esperado. Y no importa, en este caso, si fue una relación de
pareja o casual: es un evento no deseado que se dio aun tomando los recaudos
necesarios (eso va para quienes argumentan que las mujeres no nos cuidamos –dejando
de lado a los hombres que, parece, no tendrían injerencia- y somos tremendas casquivanas
y nos mandan a cerrar las piernas o a aplacar las ganas de tener relaciones sexuales).
Repito: ¿eso significa que debemos castigar a quienes se cuidaron y el método
falló? Claro que no.
Pero lo real es que los estamos castigando. Castigamos, como
sociedad, a mujeres que quedan embarazadas sin desearlo y a niños traídos al
mundo sin haberlo pedido. Si la mujer decidiera interrumpir el embarazo, la
castigamos con la ley. Si lo continúa, es una suerte de “vos te lo buscaste”
que nunca se termina. Y si lo continúa y al chico no lo puede/quiere criar y lo
da en adopción, castigamos al niño al someterlo a la judicialización de su
vida. Lo condenamos a la espera de un hogar. Teniendo en cuenta los plazos que
demora una adopción legal en este país, es una condena.
Ahora bien, sería interesante que nos llamáramos a la
cordura y por eso esquivemos los fanatismos. Estamos debatiendo cuando es el
comienzo de la vida en lugar de datos que sí tenemos y son las muertes de
mujeres que se dan por las complicaciones post aborto clandestino. Pero
tampoco, por ese mismo argumento, podemos decir cualquier pavada. Hay una cifra
que circula por todos lados que está basada en los ingresos a los hospitales,
con ciertas patologías que son características de las consecuencias de los
abortos mal resueltos pero no son cifras
100% seguras porque, claramente, se oculta el procedimiento por el riesgo de ir
presa (los casos han sido expuestos en los medios de comunicación, casos en los
que algunos médicos, saliéndose de sus deberes, denunciaron a pacientes por
abortar). Se puede estimar, claro: “Existe este % de muerte materna y estimamos
que es por aborto”. No podemos decirlo taxativamente porque, al ser ilegal, no
es mensurable. Por otro lado, tampoco colabora con la causa la exageración y
cierta sorna de algunos sectores que proponen que metamos el aborto hasta en la
sopa. Es un procedimiento médico, físicamente doloroso –por las contracciones
que genera-, que consta de un sangrado, estudios para verificar que haya
quedado todo bien, con la posibilidad de que haya que hacer un “raspado” para
evitar infecciones y no es así nomás. Esas razones refutan tanto a las pro-choice,
cuando exageran el “Yo aborté”, como a las pro-vida: “Entonces, cualquiera
tiene sexo, queda embarazada y va y se lo saca”. No y no. Para ninguna de las
partes.
Un paréntesis que quisiera incorporar es el del riesgo de
las exageradas recetas vía YouTube para abortar: son más o menos igual de
irresponsables que los métodos caseros, como la ramita del perejil. El mensaje
es que podamos tener un acceso seguro en centros de salud, que quienes no
tienen obra social lo puedan hacer en centros públicos y quienes tengan obra
social o prepaga, usen sus prestadores para tales efectos. No se puede –ni se
debe- recomendar un proceso médico por un video de YouTube, al que acceden
millones de personas y que no podemos controlar la recepción del mensaje. La
responsabilidad sobre lo que decimos la llevamos desde siempre. Me extraña que
mujeres del mundo de los medios y las letras no manejen competencias mínimas de
lo que es la comunicación, con modelos básicos que hablan de las condiciones
psi del receptor.
Cerrando paréntesis y siguiendo con el caso, tampoco sirven
los ejemplos particulares. Que si aborté, que si no, que si me la banqué, que
si me apoyaron. En este caso, se habla de una ley que beneficiaría a quienes
decidan abortar y no influye en la vida de la que no quiera. El ejemplo
particular ilustra pero no nos hace heroínas. Ni a la que optó por no tener un
hijo ni a la que sí. No nos hace más desalmadas decidir que no podemos criar a
un chico ni nos hace mártires salir a bancársela. Tengo ejemplos muy cercanos
de ambos lados ¿y qué?
Tampoco es constructivo el debate de “con plata del Estado”,
“con plata de mis impuestos”…y bueno, amigos liberales recalcitrantes, pues
vivan en un país cuya economía sea estrictamente liberal y veremos. Dado nuestro
sistema de salud (el que digo que es, aun con defectos estructurales enormes, uno de los mejores) no podemos librarlo al
azar. Es correcto y correctísimo que sea política de estado porque es una causa
de salud pública. Podríamos poner en números cuánto gasto representa una mujer
ingresada en un centro de salud, con un estado avanzado de sepsis, a la que
haya que realizarle una histerectomía y tenerla internada y bajo control y
compararla con una que ingresa, solicita interrumpir un embarazo, realizarlo y
egresarla del nosocomio. Habría que poner blanco sobre negro y verían que
abarataría sus preocupaciones económicas, más no humanitarias.
La legalización tampoco implica una lluvia de abortos. Implica
que se abra la posibilidad de hacerlo de manera segura. Implica terminar con un
mercado negro en el que algunos cobran mucha plata por sacarle el problema de
encima a las que pueden pagarlo más y en el que a otras, les dejan un problema
mayor. Es cierto que es una demanda de las clases medias y altas. Y no es por
no poder pagarlo ni por sacar ventaja del estado: es pedir protección, ni más
ni menos. Y, si esa conquista llegase a ser realidad, sería transversal a la
clase social de pertenencia ya que es real que mueren más mujeres pobres por
una cuestión de accesos.
De nuevo: deberíamos focalizarnos en lo que es y es el
número de muertes maternas que se resolverían de ser ésta una práctica legal,
tal como está demostrado que ocurrió en los países en los que se aplicó hace
años. Las leyes son universales, están para todos. Pero no todas son
obligatorias, sino que nos amplían derechos y nos brindan garantías. En este
caso, le daría el derecho de elegir a una mujer si quiere o no seguir con un
embarazo; le garantizaría un procedimiento seguro, cuidado y avalado por las
organizaciones médicas y obligaría al Estado a hacerse cargo de una
problemática que, por más que lo intenten esconder, existe.
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