Tengo recuerdos desde muy pequeña con las bicis. Mi hermano mayor tenía una Aurorita roja y mi hermano n° 2, una naranja. Siempre estuvieron esas bicis en casa. Luego nos mudamos a San Clemente y ellas vinieron con nosotros. Allá, tener bici no era un lujo ni una cosa snob: era necesidad.
Pero yo no sabía andar y prefiero obviar la parte de la persona que me enseñó a hacerlo porque tengo mal recuerdo.
Creo que a los 10 tuve mi primera bici: una BMX blanca, con estrellas rojas. Todos o casi todos, tenían de esas. Si no me falla la memoria, la compramos en Realini hogar y salí andando. Esa bici me la compré con una plata que me mandó mi madrina (la hna mayor de mi abuela, q vivía en EEUU) y se convirtió en mi medio de transporte por excelencia. Iba a la escuela, al centro, a las casas de mis amigas, a IOMA (sí, así de pequeña iba ahi), a la farmacia...éramos casi indivisibles. Pero no era una excepción: casi todo el mundo se movía en el pueblo con la bici. Por comodidad, por economía, por costumbre, porque era re natural. Cuando mi mamá quiere resaltar algo bueno de mi infancia como mano derecha suya, dice: "ella agarraba la bicicletita e iba a todos lados, ayudandome".
Así las cosas, pasaron otras bicis por mi niñez y adolescencia. Los últimos 3 años de colegio, entre 2000 y 2002, salía a las 6.45 de casa (ya en Mar de Ajó) rumbo a San Bernardo, con fríiiiio y humedad, viendo el pasto helado en invierno, a veces haciéndome la canchera fumando, con mi uniforme y mi gabán. Llegaba al colegio, ataba la bici junto a la reja, junto con otras tantas bicis q nos esperaban ahi. Todos los días, salvo que lloviera.
Cuando me mudé a BsAs, el volumen del tránsito y la locura de la gente me apabullaron y preferí olvidar a la bici como medio de transporte. Años así hasta que, por laburo, le pedí a mi ex cuñada que me prestara la suya. Y asi, por las calles de Vte Lopez, fui despejando el miedo.
Claro, me cebé y me compré una playera azul que pesaba un quintal, pero estaba feliz. Luego vino mi Amelita, la que me robaron en diciembre.
Acá sí que no me parecía ridículo ni accesorio el casco -eterna discusión con mis hermanos, también bicicleteros- y me compré uno blanco tipo de skater, parecía la Hormiga Atómica. Al tiempo, me gané uno en un sorteo de un programa de radio. La gente lo pondera, me mira, me pregunta. Para mí, también se convirtió en natural el uso de casco. Me siento rarísima cuando no lo llevo puesto.
Andar en bici me resulta tan cómodo y natural, que no se como es no tener un vehículo de 2 ruedas. Pero vengo notando, casi con asombro, como un sector del ciclismo urbano se convirtió en militante, como si la hubieran descubierto anteayer. Es un "porteños meets bikes" que hasta me da risa. Es cierto que la aparición de ciclovías, las ecobicis, las 50 cuotas del banco y varias políticas de fomento, hicieron que la bici volviera a ser tenida en cuenta como un medio de transporte y que mucha gente evaluara el espacio en las casas para meter una. Pero hay que ser conciente de que BsAs aun no está preparada ni social ni espacialmente para que nos movamos en bici.
Cuando la comparan con ciudades europeas, me da risa: quizá la distancia de Pte Saavedra al Obelisco es todo el borde de una ciudad del viejo mundo. Las distancias, los espacios habilitados, las peripecias de pedalear en una ciudad con ciclovias con un trazado errático y con gente que no está dispuesta a aprender que es una vía de circulación, con peatones que se lanzan a cruzar sin mirar, con autos o camiones que estacionan con paseadores de perros, runners, motociclistas usándolas como alternativa a la vereda/asfalto, no es nada sencillo. Ni es sencillo dejarla atada porque a veces no hay donde. Ni es sencillo convivir con otros ciclistas, irresponsables, que hacen que a todos nos pongan motes o que nos consideren gente egoísta porque unos cuántos no respetan una sola norma de tránsito.
Veo a estos afiebrados por el uso de la bici como a un puñado de adolescentes que creen haber descubierto la pólvora en el S XXI. Los veo evangelizar y los veo justificar violaciones al código de tránsito. Se ponen en lugar de víctimas de accidentes viales, cuando no cuentan la parte de la sarta de infracciones cometidas por ciclistas irrespetuosos no ya de una normativa, sino del resto de la gente. Snobean una posición radicalizada, como los que usan la chapita de "un auto menos", como si fuera excluyente la cosa. Como si no se pudiera convivir en el mismo espacio. Como si el auto no ofreciera ventajas.
La nueva, es la de no usar casco, aduciendo un tema individual. Fomentás que la bici es saludable, por los beneficios que trae, pero arengás a salir sin casco, cosa de partirte la cabeza ante una caida. Me no entender pero me dan risa y me siento de pueblo pensando que allá, ni nos preguntábamos si era saludablePero también me ofusca que se propongan como patrones de la verdad. Nadie la tiene. Y no todos pueden tener una bici. O querer tenerla. Ni todos pueden acceder a ir a trabajar con una.
Lo más lindo que tiene pedalear es la sensación de libertad que te da. Casi igualito como elegir con qué medio de transporte vas a ir hoy a tal lugar.
Bienvenidos a un espacio de reflexiones personales sobre lo que pasa un poco más allá de mis ojos
19 de abril de 2019
26 de febrero de 2018
Blanco sobre negro, argumentos sobre la legalización del aborto
Si alguien me preguntara a mí, una ciudadana como otras,
estoy en contra del aborto pero no sé qué haría si la situación me apremiara.
Claramente, creo que es una instancia terminal en una cadena de sucesos que
fallan. Tal como dijo el Ministro de Salud: el aborto es la última solución a
algo que no salió bien. Podemos tomar, claro, el ejemplo más ligero y es que,
en la relación sexual, no hubo método anticonceptivo. Se lee mucho que hay que “aprender”
a usarlos, a tener sexo responsable. Sí, es cierto. Hay que. Todos conocemos a
alguien- con más o menos instrucción, de mejor o peor situación económica- que
elige tener sexo sin protección. En tiempos en los que las estadísticas marcan
un aumento en los casos de sífilis, es fácil inducir que, efectivamente, la
gente se cuida menos. ¿Eso significa que debemos castigarlos? Pues no.
Significa que hay que poner manos a la obra y ser más agresivos con las
campañas de educación sexual, que en los colegios se den los contenidos que
corresponden a las currículas, que les digamos a nuestros conocidos que se
cuiden y que cuiden a la persona con la que comparten la relación, sea casual o
de cierto grado de asiduidad.
También puede fallar el método anticonceptivo utilizado.
Ninguno es 100% seguro y, realmente, conocemos casos de gente que se cuida y el
embarazo viene igual. Y, quizá, tomaron la “pastilla del día después” y tampoco
surtió el efecto esperado. Y no importa, en este caso, si fue una relación de
pareja o casual: es un evento no deseado que se dio aun tomando los recaudos
necesarios (eso va para quienes argumentan que las mujeres no nos cuidamos –dejando
de lado a los hombres que, parece, no tendrían injerencia- y somos tremendas casquivanas
y nos mandan a cerrar las piernas o a aplacar las ganas de tener relaciones sexuales).
Repito: ¿eso significa que debemos castigar a quienes se cuidaron y el método
falló? Claro que no.
Pero lo real es que los estamos castigando. Castigamos, como
sociedad, a mujeres que quedan embarazadas sin desearlo y a niños traídos al
mundo sin haberlo pedido. Si la mujer decidiera interrumpir el embarazo, la
castigamos con la ley. Si lo continúa, es una suerte de “vos te lo buscaste”
que nunca se termina. Y si lo continúa y al chico no lo puede/quiere criar y lo
da en adopción, castigamos al niño al someterlo a la judicialización de su
vida. Lo condenamos a la espera de un hogar. Teniendo en cuenta los plazos que
demora una adopción legal en este país, es una condena.
Ahora bien, sería interesante que nos llamáramos a la
cordura y por eso esquivemos los fanatismos. Estamos debatiendo cuando es el
comienzo de la vida en lugar de datos que sí tenemos y son las muertes de
mujeres que se dan por las complicaciones post aborto clandestino. Pero
tampoco, por ese mismo argumento, podemos decir cualquier pavada. Hay una cifra
que circula por todos lados que está basada en los ingresos a los hospitales,
con ciertas patologías que son características de las consecuencias de los
abortos mal resueltos pero no son cifras
100% seguras porque, claramente, se oculta el procedimiento por el riesgo de ir
presa (los casos han sido expuestos en los medios de comunicación, casos en los
que algunos médicos, saliéndose de sus deberes, denunciaron a pacientes por
abortar). Se puede estimar, claro: “Existe este % de muerte materna y estimamos
que es por aborto”. No podemos decirlo taxativamente porque, al ser ilegal, no
es mensurable. Por otro lado, tampoco colabora con la causa la exageración y
cierta sorna de algunos sectores que proponen que metamos el aborto hasta en la
sopa. Es un procedimiento médico, físicamente doloroso –por las contracciones
que genera-, que consta de un sangrado, estudios para verificar que haya
quedado todo bien, con la posibilidad de que haya que hacer un “raspado” para
evitar infecciones y no es así nomás. Esas razones refutan tanto a las pro-choice,
cuando exageran el “Yo aborté”, como a las pro-vida: “Entonces, cualquiera
tiene sexo, queda embarazada y va y se lo saca”. No y no. Para ninguna de las
partes.
Un paréntesis que quisiera incorporar es el del riesgo de
las exageradas recetas vía YouTube para abortar: son más o menos igual de
irresponsables que los métodos caseros, como la ramita del perejil. El mensaje
es que podamos tener un acceso seguro en centros de salud, que quienes no
tienen obra social lo puedan hacer en centros públicos y quienes tengan obra
social o prepaga, usen sus prestadores para tales efectos. No se puede –ni se
debe- recomendar un proceso médico por un video de YouTube, al que acceden
millones de personas y que no podemos controlar la recepción del mensaje. La
responsabilidad sobre lo que decimos la llevamos desde siempre. Me extraña que
mujeres del mundo de los medios y las letras no manejen competencias mínimas de
lo que es la comunicación, con modelos básicos que hablan de las condiciones
psi del receptor.
Cerrando paréntesis y siguiendo con el caso, tampoco sirven
los ejemplos particulares. Que si aborté, que si no, que si me la banqué, que
si me apoyaron. En este caso, se habla de una ley que beneficiaría a quienes
decidan abortar y no influye en la vida de la que no quiera. El ejemplo
particular ilustra pero no nos hace heroínas. Ni a la que optó por no tener un
hijo ni a la que sí. No nos hace más desalmadas decidir que no podemos criar a
un chico ni nos hace mártires salir a bancársela. Tengo ejemplos muy cercanos
de ambos lados ¿y qué?
Tampoco es constructivo el debate de “con plata del Estado”,
“con plata de mis impuestos”…y bueno, amigos liberales recalcitrantes, pues
vivan en un país cuya economía sea estrictamente liberal y veremos. Dado nuestro
sistema de salud (el que digo que es, aun con defectos estructurales enormes, uno de los mejores) no podemos librarlo al
azar. Es correcto y correctísimo que sea política de estado porque es una causa
de salud pública. Podríamos poner en números cuánto gasto representa una mujer
ingresada en un centro de salud, con un estado avanzado de sepsis, a la que
haya que realizarle una histerectomía y tenerla internada y bajo control y
compararla con una que ingresa, solicita interrumpir un embarazo, realizarlo y
egresarla del nosocomio. Habría que poner blanco sobre negro y verían que
abarataría sus preocupaciones económicas, más no humanitarias.
La legalización tampoco implica una lluvia de abortos. Implica
que se abra la posibilidad de hacerlo de manera segura. Implica terminar con un
mercado negro en el que algunos cobran mucha plata por sacarle el problema de
encima a las que pueden pagarlo más y en el que a otras, les dejan un problema
mayor. Es cierto que es una demanda de las clases medias y altas. Y no es por
no poder pagarlo ni por sacar ventaja del estado: es pedir protección, ni más
ni menos. Y, si esa conquista llegase a ser realidad, sería transversal a la
clase social de pertenencia ya que es real que mueren más mujeres pobres por
una cuestión de accesos.
De nuevo: deberíamos focalizarnos en lo que es y es el
número de muertes maternas que se resolverían de ser ésta una práctica legal,
tal como está demostrado que ocurrió en los países en los que se aplicó hace
años. Las leyes son universales, están para todos. Pero no todas son
obligatorias, sino que nos amplían derechos y nos brindan garantías. En este
caso, le daría el derecho de elegir a una mujer si quiere o no seguir con un
embarazo; le garantizaría un procedimiento seguro, cuidado y avalado por las
organizaciones médicas y obligaría al Estado a hacerse cargo de una
problemática que, por más que lo intenten esconder, existe.
13 de marzo de 2017
Y mientras tanto los fans se mueren y no parece importarle
Es cierto: Olavarría no es Cromañón. Ni Kheyvis, ni Time
Warp, ni, ni …
Es tristísimo que, cuando pasan cosas similares, estemos
linkeando una tragedia con otra. Lo lamentable, lo que más fastidia, es que
nada cambia. La responsabilidad estatal (de la que ya todos hablamos y parte
acordamos que Olavarría no era una ciudad apta para recibir más de 300.000
personas en dos días), la responsabilidad de la organización y de los músicos
es el patrón común en las tragedias que nos conmocionaron. Todo falló.
Y sí, también la responsabilidad de parte del público
asistente. Suena mal e incorrecto, pero ¿acaso una persona que va con un facón
a un recital no es responsable? ¿Para qué habría que ir armados a un recital?
Las preguntas rayan con lo naif y lo estúpido, pero no me
entra en la cabeza. Todo lo que pasó no me entra en la cabeza, en realidad. Me
esfuerzo, pero no logro entenderlo.
Y el post recital, tampoco logro entenderlo. La caterva de
comentarios cargados de sentido común berreta, de expresiones peyorativas como
“seguidores analfabetos” “son todos unos negros”, de justificadores seriales
que decían que “esto pasó porque el Indio se mostró afín al kirchnerismo” o
porque “la situación social de un pibe que va a un recital” o los sentidos
comunes trotskistas que justifican que una sarta de personas vaya a un recital
y se la pegue en la pera y que la culpa de todo es del capitalismo, todo eso,
todo, me pareció patético.
Patético el Indio diciendo que los medios vendían pescado
podrido. Muchos de los que asistieron dieron cuenta que sí, que el recital se
paró unas 3 veces, que había gente tirada en el piso, que desbordaba el predio
de gente, que el ambiente estaba “raro”. Patético, por enésima vez, el Indio.
El mismo que vendría a ser un ídolo para mí. Al que hoy escuchaba, desde mi
celular, cantando “Gualicho”. Sí, siempre digo que Los Redondos son parte de la
banda sonora de mi vida, que muchas cosas puedo explicarlas con frases de sus
canciones, que se me sigue poniendo la piel de gallina ante ciertos acordes y
que agito mi mano-en la impunidad de mi soledad- cuando grito “en este día y
cada día…” pero puedo separar, haciendo un gran esfuerzo, lo que me representa
el Indio. Nunca pude asistir ni a ver a Los Redondos ni a sus recitales.
Diversos motivos y elecciones personales. Estaba dispuesta a ir a Olavarría con
una de mis mejores amigas, a la que, antes de partir, le comenté “decile al
pelado que me espere, que toque en otras fechas y un poco más cerca”. Al rato de comentar con un grupo de amigos lo
ofuscada que estaba por haberme quedado, me llama mi amiga por teléfono. Su
llamado, en el horario en el que debía ser el recital, un poco me alarmó. me
comentó que luego de “Ropa sucia”, el Indio paró el recital y que por eso me
llamó. Que estaba muy lejos del escenario, con su marido, viendo todo pero que
no entendían que pasaba. Le pregunté si unos paramédicos o algo no iban a sacar
a la gente que estaba tirada y no me supo contestar. De lejos, se oyeron los
acordes de “Héroe del whisky” y cortamos la llamada. Me acordé, un poco, de
cuando ellos fueron a Mendoza, que no escucharon nada, que tuvieron mucho frío,
que la misa no había sido tal fiesta y, en ese momento, le comenté: “el Indio
es un forro que se caga en la gente. Les cobra un fangote de plata y ni
siquiera lo escuchan”. Esta vez, al Indio se lo escuchaba pero la situación
generalizada era deplorable. Esto también es cierto: él no es responsable de la
gente que llega rota al predio. Son adultos-algunos- y saben lo que hacen.
¿Cuál es la idea de ir a ver un recital así? No sé, no la entiendo. Y no por no
conocer los efectos del alcohol o del porro: no me interesa ir a pasarla así.
Y si, yo lo creo responsable de lo que mueve. Peor: yo creo
que le gusta. Algunos hablaron de la ambición, sí, claro que es ambicioso, si
no pagaría más seguridad. El Indio se sabe el más poderoso de los músicos del
rock vernáculo. Ni Charly mueve esa cantidad de gente. Se sabe poderoso y le
gusta serlo. La masa que lo sigue es diversa, realmente diversa. Por eso me cae
tan mal que encuadren a quienes van a verlo en un estereotipo. Les aseguro que
no. Va gente con estudios y sin estudios. Con trabajos mejor y peor remunerados.
Que hablan con y sin las eses. Es estúpido y corto decir que corresponden a una
sola clase social. Estúpido y peyorativo, además. Y si fueran “negros y
analfabetos” cuál sería el drama? ¿Merecen ser maltratados? No. Nadie lo
merece. Pero es notable el poder del tipo que, tocando donde fuere y al precio
que sea, lo sigue casi medio millón de personas, cueste lo que cueste.
Entonces, repito, sí lo creo responsable. Que con un pedido de cuidado entre
todos no hacemos nada. Que, tal como leí en Twitter, mucho anarquismo
antisistema pero ante la primera falla, la culpa es del Estado. Que es súper
responsable, pero de otras cuestiones. Post Cromañón he presenciado recitales
parados por los músicos al inicio de alguna bengala desubicada o pirotecnia.
Nota: claro, la seguridad privada falla también y muchísimo: no podés entrar
con agua al predio, pero si con facones y bengalas.
Se rasga las vestiduras, nos canta que violencia es mentir,
que Nike es la cultura impuesta por el sistema, pero él, él no se caga en el
sistema sino en los fans. O no tan fans, los que van al show, los que pagan la
entrada. “Ahh, pero vos sabés a lo que te exponés” sí y no. ¿Tiene que ser
siempre así? ¿Hasta cuándo vamos a seguir usando el “tenía la pollera corta”
para justificar todo? ¿Todos los asistentes al show tienen la culpa de que no
haya una seguridad?
En parte, estoy enojada con él. Ya se que no le interesa
pero desde que supe –hace unos años- su actitud frente al caso Bulacio, no
puedo esperar de él otra cosa. Que los fanáticos acérrimos se enojen lo que
quieran, para muestra bastó un botón. En vez de salir a hacer algún comentario
o comunicarse con las familias de las víctimas salió, fuera de joda twittera, a
hablar del rol de los medios (que ya vimos como actuaron Telam y algunos canales
al respecto y merecen tema aparte). EL ROL DE LOS MEDIOS, INDIO, LA PUTA MADRE,
ESTO NO ES DIVINA TV FÜHRER.
No me interesa si le gusta más Nueva York que Buenos Aires.
Realmente, qué me importa. Qué me importa si es kirchnerista, maoísta o macrista.
A mí me importa el desinterés que muestra para con la gente que lo sigue y, de
ahí, mi reticencia a asistir a sus shows. Me rompe la cabeza escuchar sus
letras y ver ese maltrato. Ya no puedo decir que no me gusta, porque lo siento
parte de mi, pero no me banco ni de lejos que sea asi, tan ególatra,
desinteresado y poderoso. Tan parecido
–o igual- a lo que se la pasa criticando.
19 de diciembre de 2016
El fantasma de la D
Hace unos días alguien me remarcó que me la paso quejándome de diciembre como mes: es cierto. Desde 2003, diciembre son finales, estrés...desde antes, mucho antes, son las fiestas. Las últimas en familia fueron las de 1999 hasta que mi mamá se convirtió a otra religión. Antes de 1999 tampoco eran esas fiestas que muchos adoran contar, no voy a ahondar, qué sentido tiene ahora.
Pero diciembre en lo personal me pesa hasta en lo más chiquito y noto, desde hace 15 años, que diciembre no nos estresa, solamente, por las fiestas, sino que en nuestro inconsciente (anque conciente) colectivo, vivimos con la tensión que nos dejó el fatídico final de un gobierno, con muertos, saqueos, crisis y todo lo que sabemos, al menos, los que vivimos esos años. En cierta forma, es un cuco. Haciendo analogía con el fútbol, es nuestro fantasma de la B que no se va nunca.
El 19 de diciembre de 2001 me encontró con 16 años y casi fuera de la realidad. Como era usual para mí, estaba de campamento en Aguas Verdes y allí, que no escuchábamos ni la radio ni veíamos tv y no era época de redes sociales ni celulares, estábamos ajenos, absolutamente, a lo que pasaba apenas a unos kilómetros. Calculo que fue el día anterior, cuando Nora vino y trajo un Página 12 que anunciaba la renuncia de Cavallo y no entendí nada, sólo entendí que era una mala noticia.
A poco de ello, teníamos nuestro fogón de despedida y Nora nos informó que la policía local indicó no hacerlo porque se había declarado el estado de sitio. Esas 3 palabras, para mí, anunciaban lo peor. Fue la primera vez que tuve miedo. Pensé que volvían los milicos. Pensé de todo. Me dio miedo que pasaran cosas que parecían lejanas. Los nacidos en la primavera alfonsinista sólo tenemos relatos de lo que fueron los años de las botas y, en ese momento, pensé que los relatos se harían realidad. Tardé en entender de qué hablábamos cuando hablabámos de estado de sitio. Traté de pensar que, igual, íbamos a hacer el fogón. Traté de pensar que todo iba a estar bien.
No sabía que estaba pasando afuera. Los niños, menos que menos. A veces pienso que fue muy bueno eso. Estaba todo viciado, era todo un peligro y, nosotros, hablando de diabetes en un pueblo de La Costa con poquísimos habitantes. Perdonenme si pienso que lo mejor que nos pudo pasar fue eso. Estaba en el mismo país que se sacudía como una alfombra, pero no tenía noción de lo que pasaba.
Cuando terminó el campamento, acordamos con mi familia que me viniera a Buenos Aires ya que el 01/01 partía a Chile a otro campamento. Salí de Mar de Ajó con De la Rua presidente. Salí de Aguas Verdes y ya había otro. Me fui a Chile y ya habían pasado 5, creo. Estando allá de campamento, aun tenía menos noticias y, cuando llegó otra argentina, contó que parecía que Duhalde iba a tomar la presidencia. Pensé en lo que significaba. A muchos kilometros de casa, me horroricé. Siguieron los saqueos y la situación era desesperante. Pero yo seguía lejos.
Volví el 2 de febrero y a los pocos días llegué a Mar de Ajó. Me había ido de casa hacía casi dos meses y, ciertamente, sentí que fue un desarraigo casi forzado por el tema del viaje. La Costa tuvo su peor temporada. Chiozza estaba semi vacía a toda hora. Pocos negocios, casi que era un gran fin de semana largo.
Lo que sigue a eso son memorias de la crisis. Pasaron 15 años y los recuerdos no serán nítidos pero están ahi, cosa que yo no cuando sucedieron los hechos.
Pero diciembre en lo personal me pesa hasta en lo más chiquito y noto, desde hace 15 años, que diciembre no nos estresa, solamente, por las fiestas, sino que en nuestro inconsciente (anque conciente) colectivo, vivimos con la tensión que nos dejó el fatídico final de un gobierno, con muertos, saqueos, crisis y todo lo que sabemos, al menos, los que vivimos esos años. En cierta forma, es un cuco. Haciendo analogía con el fútbol, es nuestro fantasma de la B que no se va nunca.
El 19 de diciembre de 2001 me encontró con 16 años y casi fuera de la realidad. Como era usual para mí, estaba de campamento en Aguas Verdes y allí, que no escuchábamos ni la radio ni veíamos tv y no era época de redes sociales ni celulares, estábamos ajenos, absolutamente, a lo que pasaba apenas a unos kilómetros. Calculo que fue el día anterior, cuando Nora vino y trajo un Página 12 que anunciaba la renuncia de Cavallo y no entendí nada, sólo entendí que era una mala noticia.
A poco de ello, teníamos nuestro fogón de despedida y Nora nos informó que la policía local indicó no hacerlo porque se había declarado el estado de sitio. Esas 3 palabras, para mí, anunciaban lo peor. Fue la primera vez que tuve miedo. Pensé que volvían los milicos. Pensé de todo. Me dio miedo que pasaran cosas que parecían lejanas. Los nacidos en la primavera alfonsinista sólo tenemos relatos de lo que fueron los años de las botas y, en ese momento, pensé que los relatos se harían realidad. Tardé en entender de qué hablábamos cuando hablabámos de estado de sitio. Traté de pensar que, igual, íbamos a hacer el fogón. Traté de pensar que todo iba a estar bien.
No sabía que estaba pasando afuera. Los niños, menos que menos. A veces pienso que fue muy bueno eso. Estaba todo viciado, era todo un peligro y, nosotros, hablando de diabetes en un pueblo de La Costa con poquísimos habitantes. Perdonenme si pienso que lo mejor que nos pudo pasar fue eso. Estaba en el mismo país que se sacudía como una alfombra, pero no tenía noción de lo que pasaba.
Cuando terminó el campamento, acordamos con mi familia que me viniera a Buenos Aires ya que el 01/01 partía a Chile a otro campamento. Salí de Mar de Ajó con De la Rua presidente. Salí de Aguas Verdes y ya había otro. Me fui a Chile y ya habían pasado 5, creo. Estando allá de campamento, aun tenía menos noticias y, cuando llegó otra argentina, contó que parecía que Duhalde iba a tomar la presidencia. Pensé en lo que significaba. A muchos kilometros de casa, me horroricé. Siguieron los saqueos y la situación era desesperante. Pero yo seguía lejos.
Volví el 2 de febrero y a los pocos días llegué a Mar de Ajó. Me había ido de casa hacía casi dos meses y, ciertamente, sentí que fue un desarraigo casi forzado por el tema del viaje. La Costa tuvo su peor temporada. Chiozza estaba semi vacía a toda hora. Pocos negocios, casi que era un gran fin de semana largo.
Lo que sigue a eso son memorias de la crisis. Pasaron 15 años y los recuerdos no serán nítidos pero están ahi, cosa que yo no cuando sucedieron los hechos.
6 de abril de 2016
La salud del silencio
Dicen que el silencio es salud pero, a veces, habla mucho
más que lo que estamos dispuestos a escuchar y no es para nada un gesto de
salubridad. El silencio de la noche nos permite escuchar la lluvia que, en este
momento, cae sin cesar por las calles de Buenos Aires. El silencio tiene momentos
y espacios que nosotros a veces elegimos pero, de cuando en cuando, los elige
él para asentarse y dar el presente, hacerse activo. Esa es la trampa: decir
que es la inactividad del sonido. Creemos que es una situación de pasividad
extrema al decir que disfrutamos de su presencia cuando, en realidad, nos
permite escuchar lo que no escuchamos.
El silencio nos da esa sensación de poder cuando le decimos
al otro que se calle en una discusión o cuando manejamos un impasse en una
melodía. No se de dónde sacamos esa falacia de poder. Él nos puede y nos domina
cuando esperamos que la voz haga lo propio y tome protagonismo. Él se ríe de
nuestra desesperación. Él disfruta cuando el confinado del Secreto de sus Ojos
pide por favor que le hablen. Es un viejo zorro que atraviesa las paredes y los
sentimientos y, justamente, no cree en la palabra. No cree en perdones ni en amores.
Por momentos es el panóptico que nos observa gritar en una
habitación cerrada. Ríe mientras gritamos en vano y las paredes captan el
sonido para que no salga. Ríe mientras buscamos hacernos un lugar en algún
lado. Mientras pedimos a gritos que nos oigan. Da la respuesta menos esperada,
la que no tiene palabras, la que se muestra oronda cual reina de la primavera
del baile escolar. Eso hace. Tan poco y tanto como eso. Por eso llena sitios.
Los llena de manera inconsulta y atroz. Es vehemente y orgulloso.
Pero no cuenta, el dueño del espacio incómodo con la
suspicacia de algunos y la audacia de otros. No sabe que, de pronto, todo su
reinado puede caerse en un segundo y nada podrá hacer para controlar la
situación cuando un hidalgo transeúnte se plante frente a otro y diga: “Hola.”
6 de noviembre de 2015
Testigos del Modelo
La expectativa del balotaje es tremenda. No recuerdo haber
visto tanto desgaste previo a una elección, simplemente, porque tengo 30 años y
comencé a votar en 2005. Si bien llevo una vida con mucho interés por la
política, mis registros sobre las campañas son vagos.
Estos días los estoy viviendo con un estrés enorme y me
siento como si tuviera que salir del clóset a contar a quien voy a votar,
cuando es claro que, ante todo, llevo mi antiperonismo como bandera y no me da
ni un poco de vergüenza hacer gala de ello. No por los logros o las
ampliaciones de derechos sino que estoy en contra de las prácticas peronistas,
el modo discursivo y de plantear la vida de un país que tienen. Es todo ese
combo que me repele desde que tengo uso de razón, tal vez, porque yo escuchaba
a mi mamá reivindicar al “profe” Alfredo Bravo y a mi papá imitar al Pocho a
modo de sátira.
Está imposible entrar en Facebook donde gran parte de mis
amigos/contactos parecieran ser kirchneristas o peronistas desde el día 1 y
ahora se suman, con justificación ideológica o no, a pedir/exigir, que votemos
a Scioli.
Hipocresía total. Así como reconozco la dimisión de mi
ideología en la guerra con el pragmatismo, ninguno reconoce que, al votar a
Scioli, también deja sus ideas en una bolsa que se llama “mi pensamiento
crítico me lo guardo para otro día”.
Aun no entiendo como la comunidad de la Facultad de Ciencias
Sociales, mis ex compañeros, mis amigos y hasta mis hermanos, no se
pronunciaron contra la aberrante resolución del Consejo Directivo. Yo ya no soy
alumna de la Casa. Lo fui en los días más felices, que no fueron los
peronistas, precisamente. Hoy veo a una facultad cooptada por los intereses
económicos de un grupo de fanáticos a los que escuché decir en una clase “los
gorilas” riéndose, como si todos compartiéramos el pensamiento retro del
kirchnerismo, que- siguiendo el furor por los 30 años de Volver al Futuro-
trajo a nuestro vocabulario palabras y significantes que creímos caídos en el
olvido.
Tampoco entiendo las movidas artísticas, los predicadores,
los Testigos del Modelo: mucha, mucha gente viene y nos cuenta, a los que ya
sabemos por qué Scioli no es opción, que accedió a un montón de cosas de la
mano de esta gestión. ¿A qué apelan? ¿A la obediencia debida? ¿No pueden
continuarse los beneficios obtenidos venga quien venga? Muchas son leyes, con
lo cual, habría que derogarlas y eso conlleva un trabajo parlamentario tedioso.
¿Acaso creen que no defenderíamos las leyes? ¿Por quienes nos toman?
Cuando Horacio Rodríguez Larreta se postulaba para Jefe de
Gobierno, en casa tocaron el timbre preguntándonos cosas sobre la campaña de
él, lo que opinábamos de la Ciudad y nos dejaron un volante. A ellos los llamé
los Testigos de Horacio, ya que me recordaron a los Testigos de Jehová que van
predicando de puerta en puerta, la segunda llegada de Jesús y todo eso. A
estos, se les sumaron los Testigos del Modelo: te predican en la calle, en tu
casa, en el colectivo, en parques y en las redes sociales que si gana Macri
viene lo peor. Recaigo en lo de siempre: la similitud del fanático religioso
con ellos es tal que me espanta. Es la necesidad de creer, de infundir miedo,
la promesa de algo mejor para tener más fieles. Se organizan como los
Evangelistas, arman ceremonias que se asemejan a lo que pasa con el Pastor
Evandro en la televisión. Parecen poseídos, como Matías Alé, rezando la marcha
peronista.
Todo eso está pasando a nivel social. Miles de personas
esforzándose por conseguirles votos y ellos van, aprovechando el ridículo que
hacen, destejiéndole a Penélope. Ministros que amenazan, organismos públicos
plagados de carteles, asunciones fraudulentas: las señales de fin de ciclo
están ahí, para que las veamos, las palpemos y decidamos cual es el “modelo”
que queremos.
Me hablan de volver a los 90. En otros posteos ya les conté
como fueron esos años para mí. Y no me da vergüenza contarlo. Ni contar los
cambios. Pero no puedo establecer comparaciones desde mi situación personal: es
tan egoísta como los que te dicen “pude comprar una casa, tener a mi hijo por
la ley de fertilización, etc”. No chicos, no vamos a volver a los 90, pero les
digo algo: pibes que nacieron en la 2da presidencia de Mendez me quieren contar
la historia. No soy mucho más grande,pero era muy despierta. Yo me acuerdo de
María Julia, Cavallo, el caso IBM-Banco Nación, la muerte de Carlitos Jr, la
voladura de Río Tercero. De todo eso me acuerdo. Y me acuerdo del 2001. Me
acuerdo de la angustia, de ir de viaje de egresados en 2002 vendiendo cosas
porque no había un mango, de los padres de mi amigo Cristian vendiendo solo
salchichón primavera para subsistir. También me acuerdo del Club del Trueque, ¿como
no? Pero también me acuerdo de no poder conseguir trabajo fijo hasta 2005, del
cierre de importaciones que no contempló las cosas que no se hacían en el país
y dejó gente sin trabajo, pacientes sin medicamentos; me acuerdo de la
desaparición de Jorge Julio Lopez, de la muerte de Juan Castro, de Guillermo
Moreno, Boudou y una inmensa lista de cosas que sería interminable. Me hablan
de volver a los 90 y a las privatizaciones que ellos votaron para luego “repatriar”.
De leyes votadas entre gallos y medianoche que tienen un montón de baches. Me
hablan de la mal llamada Ley de Medios que, al final, sólo sirvió para colocar
una placa que diga quien es el dueño del medio y no para pluralizar voces. Me
hablan de la Asignación Universal por Hijo, proyecto de Elisa Carrió que
bocharon y que realmente pretendía ser universal. Me hablan del Procrear, plan
al que no puede acceder ninguno de mis conocidos porque o no es lo
suficientemente pobre o es demasiado clase media para salir concursado. Me
hablan del plan de becas universitarias, que sólo sirven para gente que es pobre
y que, quizá, deba abandonar la facultad para morfar. Me hablan de una
universidad gratuita con ingreso irrestricto, falacia amplia si las hay,
viniendo de la UBA, universidad que forma profesionales de elite y que tiene un
ciclo básico que tamiza todas las deficiencias del nivel medio dejando alumnos
frustrados por el camino y un concepto errado de gratuidad, en el que la señora
que con la AUH compra la leche para sus hijos, me paga los estudios a mí, que
trabajo y me puedo solventar y si su hijo no cae con el paco, termina el
colegio más o menos y quiere, podrá estudiar. Me hablan de la redistribución de
la riqueza cuando los jueces no pagan impuesto a las ganancias, ni lo hace la
renta financiera. De todo eso nos hablan los Testigos del Modelo. Imagínense
que yo no creo en Dios, menos voy a creer en algunos hombres que dicen que
existe.
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