9 de marzo de 2015

Flores robadas del Día de la Mujer



Cada Día de la Mujer trae una nueva discusión acerca de la importancia –o no- de la jornada.
Mientras algunas insisten en recordar que es el día de la mujer trabajadora, a la par de que reivindican derechos de género y se propone una lucha por la ampliación de los mismos, otras exigen que no se frivolice el motivo de lo que se conmemora.
Pero, casualmente, ambas partes se tocan aunque sus divergencias ideológicas parecieran separarlas.
Quienes exigen que se enarbole la lucha mujer trabajadora, dejan por  fuera a las que no son trabajadoras, por ejemplo, a las amas de casa. A veces, por elección o circunstancias que arrojan a ello, algunas mujeres deben quedarse en sus casas y no están exentas de sufrir la violación de derechos que sufren las que trabajan. Entonces, establecer una división entre las que trabajamos y las que no, me parece que, en el Siglo XXI, es una dicotomía innecesaria del género cuando se aspira a ampliar las obligaciones del Estado en su rol de protector de la sociedad.  ¿Es más mujer quien sale al mundo laboral que quien se queda en casa siendo que, quizá, ambas tengan los mismos problemas?
Por ejemplo, la violencia doméstica atraviesa a féminas de cualquier clase social y, en muchísimas oportunidades, algunas se ven cercenadas de su derecho de trabajar porque un marido “celoso” no le permite traspasar el umbral del hogar.
Se crearon Comisarías de la Mujer para denunciar a abusadores. Pero las comisarías “comunes” siguen endilgando la responsabilidad a la víctima. ¿Pero qué podemos esperar cuando uno de los diputados insignia de La Cámpora está denunciado por pegarle a su ex esposa y nadie hace nada?
Así como existe ese gran problema de difícil resolución y que, día a día, se cobra nuevas víctimas, mujeres trabajadoras y no trabajadoras enfrentan otras desprotecciones del Estado en materia de interrupción voluntaria del embarazo. Eso cruza al género sin importar el lugar en el que cada una se encuentre.  Decididamente, el gobierno nacional – que hace bandera de las políticas de género implementadas- ha optado por desatender el pedido de los partidos de izquierda de tratar la despenalización del aborto y de asegurar atención gratuita en el caso de que una persona lo requiera.
Mientras el Ministerio de Desarrollo Social hace una campaña en la que algunas figuras dicen no querer flores, como réplica a la frivolización y el consumismo propuesto por el mundo empresario en este día, mueren mujeres –en su mayoría pobres- por abortos realizados en condiciones clandestinas, de nula asepsia y de dudoso conocimiento científico por parte de quienes lo practican. Claro, no querrán flores, pero tampoco abortos.
Otro milagro del papado de Jorge Bergoglio, perdón, Francisco, para los amigos políticos. Lograr sacar de la agenda del Legislativo una medida sinceramente progresista, como lo fuera el matrimonio entre parejas del mismo sexo que se dio previo a que el cura denunciado como un cómplice de los militares por los que se sacan fotos con él,  esté vestido de blanco.
Asimismo, algunas de las chicas que dicen no querer flores y que apoyan la gestión oficialista se hicieron conocidas de diversas formas como por ejemplo, “Claudia”, esa mujer que consume sin parar con la tarjeta de crédito del Banco de Galicia, que tiene problemas con su marido por eso, pero ella es viva y se gasta todo. O una profesora universitaria que aducía motivos familiares para faltar a sus deberes académicos y, luego, salía en 678. También, una a quien conocimos como una “gallega” sexy, allá por los ’90 y otra que impulsa la movida snob del parto domiciliario –inaccesible para las chicas de menos recursos- y las teorías del colecho. (Claro, es que se olvida que, algunas, hacen colecho o “co-dormitorio” con 5 o 6 hijos en una casilla y por obligación no porque es cool). Simpático, ¿no?
Es muy progre decir “no queremos flores” cuando, lógico, el debate está en otro lado pero no lo abordamos.
Un derecho que no nos ha sido posible conseguir es el de la licencia por maternidad de 180 días y 15 días por paternidad. No, no es una utopía: Córdoba y Corrientes las sancionaron como leyes para sus planteles estatales. Hasta ahora, no hay intenciones de las demás provincias de avanzar en materia de esa extensión ni del Congreso de la Nación para ampliar la Ley de Contratos de Trabajo.
Los informes de la Organización Mundial de la Salud establecen que para el desarrollo del niño, en los primeros 6 meses de vida- salvo condiciones adversas-, el único alimento debe ser la leche materna y prolongar el suministro de la misma hasta los 2 años.  Ello, que ha ido tomando dimensiones importantes a lo largo del tiempo, con campañas que fomentan amamantar a los bebés, pareciera no importar a los legisladores. En tiempos en los que la mujer trabaja a la par o más que su pareja –si la tiene-, mantener la exclusividad de la lactancia materna se hace casi imposible aunque hasta el año de la criatura la jornada laboral sea reducida –siempre y cuando hablemos de empleo en blanco-. No es un dato menor. Habla de cuánto avanzamos en materia de salud mental, emocional y física para la madre y el niño: poco.
Y así podemos seguir enumerando situaciones en los que muchos miran al costado y cada uno dice cómo, cuándo y quiénes podemos conmemorar el 08 de marzo. Todo el berenjenal discursivo no deja de ser parte de lo que vivimos como sociedad: una constante división entre los iluminados de un lado y los iluminados del otro, que tienen la razón y determinan lo que está bien o mal.
Por lo pronto, y aunque pueda pecar de ilusa, desearía que más mujeres accedan a salud pública de calidad y gratuita, que trabajen en blanco, que puedan estar mucho tiempo con sus hijos y su familia, que estudien, que bailen, que canten, que no sufran, que rían y que vacacionen. Pero más que nada que puedan elegir y desear, porque nadie debería decir cómo vivir.

30 de diciembre de 2014

Pequeña nota sobre los 10 años de Cromañón

Cromañón fue un antes y un después. Nunca estuve ahí, pero tenía 19 años cuando pasó lo que pasó. Y si no estuviste ahí podías tener a un amigo o a una amiga de una amiga que fue al recital. No era tan lejano, para algunos, la existencia de ese lugar. Pero Cromañón nos cambió a todos los que salíamos desde hacía ya unos años y empezamos a reparar en cosas como la puerta de emergencia, la seguridad de los boliches, el uso de pirotecnia en recitales: ya no era igual. Pasamos de la inconsciencia alegre a la conciencia de saber que nunca falta un boludo que haga una cagada y un hijo de puta que transe con las autoridades y, a su vez, quienes debían velar por nuestra seguridad, dormían tranquilos en sus casas luego de cobrar una cometa. Una linda y gorda cometa que se repartía en un sinfín de funcionarios corruptos. Funcionarios son todos: policía, inspectores, oficinas...todo el aparato de la burocracia se cagó en nosotros y en nuestros viejos. Pero en los que más se cagó fue en las 194 víctimas y en sus familias: 10 años después, pasar por Once no es sólo un desvío del colectivo. Es la escena de un crimen que nos marcó profundamente. Un crimen que puso toda su fuerza en una sola persona, Omar Chabán. Tan responsable como los demás, fue el único preso. Delirante y enfermo, este año murió en un hospital. Cargó con su responsabilidad y negligencia. Y la de cientos de culpables que lo usaron como chivo expiatorio y ahí andan, seguramente, haciendo vida de familia o postulándose para algún cargo político. Así las cosas, la justicia no llegó nunca. En el camino, algunos se cansaron, otros guardaron el recuerdo férreo de la persona que perdieron, otros se deprimieron...y algunos siguen luchando por una justicia que vé por debajo del pañuelo de la imparcialidad.
No me olvido del 31/12/04, en La Costa, que con duelo nacional mediante, los boliches abrieron. Yo salí con culpa. Seguramente, fui a Duendes. Pero no podía sacarme de la cabeza que no correspondía estar ahi. Que nadie debía abrir, pero claro, era Año Nuevo y se salía o se salía. Tengo muchas imágenes grabadas. Tengo memoria y por eso, así como lo reclamo para otras causas, recuerdo: NI OLVIDO NI PERDÓN PARA LOS CULPABLES DE CROMAÑÓN.

30 de octubre de 2014

Cacería de brujas (foráneas)



Hace un tiempo, cada vez que se acerca el 31 de octubre, las calles de Buenos Aires y  otras ciudades o pueblos del interior empiezan a llenarse de merchandising temático sobre Halloween. Calabazas plásticas que emulan esas que nunca vemos en las verdulerías, monstruitos, telas negras y violetas, arañas y bichos, caramelos “especiales”: en todos lados hay, al menos, alguno de esos artículos.
Y cada vez que empiezan a poblar las veredas porteñas, viene la discusión sobre la fiesta importada.
“Es una fiesta yanqui” se suele escuchar. Más allá de la falacia, no veo porqué desestimar todo lo que proviene del norte del continente con ese tinte nacionalista ridículo. Como si acá no hubieran calado hondo el grunge, las sitcoms, el hip-hop y la Coca Cola. Esa sería otra discusión con la que me desviaría del punto al que quiero llegar.
Halloween es una festividad celta. La cultura celta, milenaria, no desapareció del todo en los lugares en los que se la hubiera llamado “originaria”. Tanto en las fiestas típicas de Galicia, España,  del Reino Unido o de Irlanda, hay sonidos, alimentación y estética que resistieron el paso del tiempo, las guerras, las conquistas y las derrotas.
El término Halloween podría ser una deformación de la expresión “All hallows’ Eve” (en castellano: Día de Todos los Santos). Oh, ¡qué casualidad! La fiesta celta es el 31/10 del calendario gregoriano. Y el Día de Todos los Santos, festividad católica caída casi en desuso en algunos países, es el 01/11.
Pues no, no es una casualidad. La mayoría de las festividades religiosas de la Iglesia Católica (y de algunos otros cultos que se desprendieron de la misma) provienen de prácticas paganas. No es una novedad, pero no está de más recordarlo. La fecha por excelencia, la Navidad, es el 25 de diciembre, tercer día posterior al solsticio de verano. Día en el que los romanos veneraban al Dios Sol en su templo. La Iglesia, que ya no sabía cómo conseguir adeptos y feligreses y, además, dominar y ganar el pensamiento mágico, con el lema “si no puedes vencerlos, únete a ellos”, comenzó a disfrazar las fiestas paganas hasta llevarlas a fiestas “propias” y de un solo dios.  De esa forma, los que no creían ni estaban de acuerdo, hacían una especie de adhesión obligada y celebraban una cosa en nombre de otra para no ser castigados. No hay que olvidarse que la Iglesia fue coercitiva y poco contemplativa a la hora de aplicar penas a quienes no acordaban con ellos. 
Lo hicieron con la Navidad, las Pascuas, la Cuaresma… todo tipo de evento religioso que conozcamos, tiene un origen en algún culto politeísta al que la Iglesia vistió de seda según su conveniencia.
Así es como pasó con Halloween, a la que se le cambió el día y el motivo.
Precisamente, ¿qué festejaban? El inicio de otro año y el final de una buena cosecha, de un año productivo. Con otro calendario, claro. ¿Y por qué disfrazarse? Para espantar a los malos espíritus ya que, por esa fecha, los celtas asumían que había contacto con el mundo de los muertos.
Con detalles que se deben haber esfumado con el paso del tiempo, el sentido de Halloween fue perdiéndose y cambiando. Aun en su arribo al Nuevo Mundo, cuando los inmigrantes la festejaban, fueron dejando atrás la tradición de la misma tierra que los expulsó. Años y años después, según vemos en la tv o por las redes sociales, Halloween se volvió una fiesta simpática, en la que grandes y niños se disfrazan –con trajes muy elaborados-, hacen reuniones, salen a la calle a cambiar trucos o caramelos, compran materiales alusivos, decoran sus casas, etc. Le pasó lo que le pasó a otras fiestas: el mercado la convirtió en un juguete más. En un motivo más de consumo que otra cosa.
Claramente, ya nadie festeja el año nuevo celta. Quizá, ya ni lo sepan las cuartas o quintas generaciones de norteamericanos. El devenir de la historia y la cultura llevaron la celebración a lo que conocemos ahora. Y el mundo globalizado, oh demonio, la trajo a Argentina. Como trajo San Patricio, los baby shower y el Oktoberfest. ¡Minuto! El Oktoberfest está bien porque lo celebran en Villa General Belgrano los hijos o nietos de alemanes. Y mucha gente viaja en charters solo a tomar cerveza. El Oktoberfest está bien y San Patricio, patrono irlandés, está mal. Está bien ir a tomar cerveza a Cordóba pero no al microcentro porteño.
Así es que, también, los españoles trajeron la religión católica –oficial de nuestro país según la Constitución- y fue una imposición cultural como otras imposiciones que se dieron a lo largo de la historia de la humanidad.  Y los festejos religiosos también fueron alterándose al ritmo del mercado. Cualquier abuela podrá decirnos que, en su niñez, no se regalaba nada en Navidad. Que se iba a Misa de Gallo, que se cocinaba todo en las casas, casi días enteros; que no había árbol, sólo pesebre. No se brindaba a las 12 ni se usaban los fuegos artificiales. Esas costumbres se usaban en Año Nuevo, para celebrar el cambio de ciclo.
Pero claro, no cuestionamos la llegada de Papá Noel, personaje nórdico que vestía como una especie de gnomo grande y andaba en trineo. ¿Trineo en Argentina? A lo sumo, en el sur. ¿Renos?
Con los años, la empresa Coca-Cola, para una Navidad, vistió a este abuelito mundialmente conocido de rojo y blanco, los colores de la marca. Y fue algo que perduró y se extendió de tal forma, que no conocemos a Papá Noel vestido de otra manera. Y le contamos a los niños que entra por una chimenea y deja los regalos. ¡Momento! En alguna fiesta navideña se insertaron los regalos que sólo se reservaban para el Día de Reyes. Y, también, el arbolito nevado. Y la decoración y la fiebre por los regalos. Entonces, llegamos a fin de noviembre y las avenidas y centros comerciales empiezan a vestirse de rojo, verde y blanco, colores re veraniegos.  Y vemos renos, noeles, guirnaldas, borlas, arbolitos nevados de plástico, lucecitas, tarjetas con sonidos, tazas, manteles, platos…todo inundado del espíritu navideño …del norte.  Y compramos turrones, pan dulce y  frutas secas: toda comida hiper calórica para los más de 30°C que suele hacer el 24/12 a la noche. Y cuando llegan las 12, corremos a repartirnos los paquetes de los regalos que compramos con los descuentos de las tarjetas. Y así, todos los años, salvo que hayamos nacido en un hogar no cristiano.
Por humilde que sea la casa, hay una reunión que evoca al Dios Sol, mezcladito con Jesús.
Pero no lo cuestionamos. Nos detenemos a decir que Halloween está mal. Molesta la más la calabaza con luz que el Papa Noel cocacolero. Entonces, salen con el discurso de las fiestas originarias. Y eso es tan relativo, en un país como el nuestro formado por inmigrantes de diversos países, que carece de sentido la contraofensiva nuestroamericana. Es decir, sí, los primeros pobladores de esta tierra fueron indígenas. Que también eran politeístas y veneraban a la Pachamama, por sobre todas las cosas. Todo lindo con ir al Carnaval en el Noroeste y adorar a la madre tierra si después venís y tirás la basura en el piso. Si no cuidás el agua, la luz, el gas y el medio ambiente que te rodea. Todo un esnobismo mezclado con nacionalismo berreta en pos de rescatar las tradiciones, “lo nuestro”. El progresismo protector de tradiciones, una contradicción arriba de la otra.
Estamos en un mundo globalizado y el acceso a la información de lo que pasa en otras partes del planeta genera importación y exportación de actividades culturales, festividades, modas, ropa, comidas, bebidas, modos de trabajo…es difícil evitar que se difundan. Llegan cosas muy interesantes como otras que no. Y de la misma forma, las exportamos, como al actual Papa, jefe de Estado del Vaticano. ¿Acaso no llenó el de tradiciones impensadas a la Iglesia, andando en un autito modesto y tomando mate?

19 de agosto de 2014

Hagamos una vaquita


No puedo –ni quiero- evitar la indignación que me genera que médicos y familiares de pacientes estén juntando dinero para comprar un equipo de primera necesidad para un hospital público.

Un resonador. Un equipo carísimo que sirve para detección de enfermedades graves y otras no tanto. Es una herramienta fundamental en la medicina actual, no debería faltar en hospitales de ciertas dimensiones.

El Hospital General Interzonal de Agudos especializado en pediatría “Sor María Ludovica” no es una salita de primeros auxilios. Es el hospital de niños más grande la Provincia de Buenos Aires. Tiene todo tipo de especialidades. Atienden a gente de bajos, medios y altos recursos. Atiende a platenses y a “foráneos”. Es una institución grandísima, frente al Parque Saavedra, con una edificación muy vieja y un área nueva para consultorios externos que, según me comentó una médica de allí, es casi cartón pintado.

No me canso de repetir lo agradecida que estoy por haber pasado por allí. Me atendí entre el ’95 y el 2001, cuando mi queridísima endocrinóloga me dijo que yo ya estaba grande para ir a su consultorio. Irma se jubiló ahí. Sabía a la perfección quienes éramos sus pacientes, de donde veníamos, cual era  nuestra situación en casa. No se le pasaba un dato. Una laburante, una profesional como pocas. Su amor por la medicina y la docencia superaba las desavenencias del subsuelo en el que atendía. Y no era ella sola: firme como rulo de estatua estaba Hilda. Una enfermera muy particular. Ella nos tomaba la glucemia antes de que pasáramos al consultorio. Tengo grabados en mi memoria muchos recuerdos del “hospi”. Los desayunos en el bar de planta baja, las largas esperas en el subsuelo, los pasillos, las familias que veía, los ascensores antiguos, el laboratorio. Todo, todo, sin pagar un solo centavo por la atención brindada.

También pasé por traumatología por un tema menor que había descubierto un pediatra de La Costa. Él, platense, le dijo a mi mamá: “ya que vas al Ludovica, hacela ver allá: es la mosca blanca de los hospitales de la provincia”. Ni más ni menos, dijo eso.

No sólo yo tuve la suerte de tener todo eso, sino que  a una compañera de la primaria, a los 6 años, le descubrieron cáncer. Y fue allá, porque en San Clemente le dieron un diagnóstico errado y, por esas cosas, sus padres la llevaron a La Plata. Ellos, como nosotros, eran muchos de familia y con muchos problemas económicos. Allí la atendieron, la cuidaron y la curaron. Y la siguieron controlando todo lo necesario hasta que, también, “la echaron por vieja”.

Con el paso de los años y de los campamentos para chicos con diabetes,  conocí a muchos pacientitos. Gran parte de ellos, con deficiencias socioeconómicas. De ambientes hostiles, padres analfabetos, ausentes, laburantes, presentes, acomodados, de La Plata, del interior de la provincia…a todos, las médicas los invitaban a venir. No conocí un lugar que emparejara más que ese Hospital. Con mayúscula, porque lo que hacen es de tamaña importancia. Con mínimos recursos, laburan.

Si a mí me piden colaboración con el Ludovica, colaboro. Porque agradezco profundamente todo lo que me dieron. Pero no puedo evitar pensar que millones de bonaerenses pagan sus impuestos y que, luego, deban pagar un resonador, cuando el dinero para tal compra debiera salir de las arcas provinciales.

El Director Ejecutivo de la Agencia de Recaudación de Buenos Aires largó, hace unos meses, un “Plan de Inclusión Tributaria” el cual constaba de un plan de pagos con importantes quitas en los intereses de las deudas de los impuestos provinciales. El plan sigue existiendo con menos beneficios, actualmente. ¿Cuál será el concepto de inclusión tributaria si el dinero de los contribuyentes termina en campañas políticas millonarias y no en la mejora de escuelas, hospitales, rutas y otras cuestiones que corresponden al Estado?

¿A quién se incluye y a dónde?

Pienso en las miles de familias que asisten a La Plata en busca de una solución, una cura, una respuesta. ¿Dónde se hacen resonancias quienes no tienen obra social? ¿Tienen que ir de un centro de salud a otro en una peregrinación?

Es tan desesperante saber que hace 6 años aguardan por el equipo y que, como si fuera una colecta para un viaje de egresados,  tienen que armar un grupo en Facebook y que, por ello, ahora es noticia la situación del hospital, que no encuentro palabras para describir la desidia y el abandono en el que incurren tanto Daniel Scioli como Alejandro Collia, Ministro de Salud provincial- quien en su cuenta de Twitter siempre comenta las acciones territoriales que hacen desde su dependencia-.

Es probable que, en tiempos de campaña, aparezca el equipo. Es probable que, por ello, hagan un acto hermoso y solemne, junto con las autoridades del Hospital. Y que muchos niños se beneficien con la adquisición. Pero lo más probable es que todo este reclamo, en un tiempo no muy largo, caiga en el olvido y que otro centro de salud necesite equipamiento moderno y la rueda empiece a girar de nuevo.

9 de febrero de 2014

Confieso que he comprado


                                                                                            "..caen sobre mi
                                                                                                                      las cadenas de supermercados
                                                                                                                      'Compre más barato'                                                                                                                                                   ¡Garantizado!..."                              
                                                                                                                                                                                                                                                                                          
                                                                                                                       



“No sé si tengo ganas de pasar hambre para pedir un digno aumento de sueldo” pensé  el otro día, luego de que la Presidente le dijera al dirigente sindical Antonio Caló, que no creía que en Argentina, algún trabajador pasara hambre.
Sinceramente, no entiendo la razón por la cual tendríamos que esperar a llegar a una situación extrema para que nos tengan en cuenta a la hora de las paritarias y los arreglos salariales correspondientes.
Cada vez que dicen “aumento salarial” un liquidador de sueldos se retuerce y piensa: “es un ajuste por inflación”. Aumento, lo que se dice aumento en términos de premio a la productividad, no hay hace unos años.
El final de 2013 y el principio de este se vio minado de mensajes que no hacen otra cosa que mostrarnos cuan gastado está nuestro ingreso y cuan poco nos ayudan nuestros representantes gremiales y nuestros representantes políticos.
Pasamos de ser avaros por querer ahorrar un mango a escuchar que, en algunos casos, es virtuoso. Ya no entiendo nada más.
Pero algo, muy poco, entiendo: como ciudadanos estamos orinando fuera del recipiente.
La suba de precios es innegable. Habría que rayar con lo necio o lo estúpido para decir que las cosas no aumentan. Desde lo de primera necesidad hasta lo suntuario, todo ha tenido leves –o no tan leves- incrementos en el  precio final, ese que nos llega a nuestras manos. Ese número que, cuando lo oímos, preguntamos si podemos abonar con tarjeta de crédito o débito o si hay algún tipo de descuento si pagamos en efectivo.
Como respuesta de la “sociedad civil y no política” surgió un “apagón de consumo” que incitaba a que ayer no fuéramos a comprar nada a las grandes cadenas de supermercado,  poniéndonos a los consumidores como los He-Man de la cruzada anti inflacionaria, con una espada de Grayskull que nos daba el poder de bajar los precios desorbitantes que hay en las góndolas.
En primera instancia suena seductor: siempre queremos tener el poder de algo. Y tener el control sobre Alfredo Coto, que dice que nos conoce, sería un gol de media cancha.
En un pensamiento estrictamente microeconómico, con una economía de libre mercado puro, funcionaría perfecto: baja la demanda, sube la oferta= baja el precio. La mano invisible de Adam Smith nos palmearía la espalda felicitándonos por la organización y, ¡shazam! La leche la pagas más barata.
El error primitivo es este: creer que todo se remite al laissez faire. Al mercado autorregulado. Podría creerlo, sí, con comercios pequeños. Pero las cadenas de supermercados, ligadas a las grandes corporaciones alimenticias, no funcionan así. Son monstruos –en el amplio sentido de la palabra- que todo lo abarcan y que mucho aprietan. Todo está medido y contemplado. Hasta un día de paro de consumidores.  Un día que no le compremos a Juan Carrefour, Pedro Molinos no quiebra.
Tienen todo, como decía el Chapulín Colorado, fríamente calculado y no contamos con su astucia. Un ejemplo pequeño es que, el jueves por la tarde, el Banco de la Provincia de Buenos Aires, a través de su lista de mailing, informó a clientes que el sábado 8 y domingo 9, habría 20% de descuento en las compras realizadas con tarjeta de crédito en Coto. Y entre tanto precio aumentado y aunque sepamos que el día anterior nos remarcan todo, al supermercado vamos el día que tenemos descuento con la tarjeta.
No estoy en contra de que, como consumidores, seamos más responsables. Al contrario: soy de las que repiten la famosa frase “caminen, chicas, caminen” y que no compran un producto si considero que el precio no se relaciona con el artículo. Y, también, considero que hay otros sitios donde comprar como el casi extinto almacén de barrio, los mercados de economía solidaria, los mercados de alimentos orgánicos, pequeños emprendimientos, etc. Pero hay algo que también es cierto: son sistemas que no alcanzan a competir con los gigantes de la industria y no alcanzarían a abastecer las necesidades de todos.
Pero todo eso no me tapa los ojos, ni me endulza el oído: la inflación es eso y un montón de variables macroeconómicas, que un experto podría explicar mil veces mejor que lo que alcanzo a entender. No tenemos que dejarnos llevar por el discurso oficial que, encima, transa con las empresas y nos carga de culpa/responsabilidad a nosotros por querer comer.
Lo más sencillo y palpable que podemos ver es de libro: el aumento astronómico de la emisión monetaria. Basta mirar por qué serie vamos del billete de 100 pesos.  Como con las patentes, no sé qué va a pasar cuando se les acabe el abecedario. Ni qué se les va a ocurrir, porque esta gente está más para un match de impro en “El Bululú” que para dirigir un país.
Por las dudas, por si hay algún caído/a/x/e/@ del catre, de la emisión de moneda se encarga el Banco Central, no de la impresión de los billetes - de eso es de lo que tiene que hablar el Vicepresidente en estos días-, sino de autorizar a la maquinita a sacar papeles como churros en Mar del Plata.
Hay que decirlo: nuestro Estado interviene en la economía -Cuando le conviene-.
Por eso, cuando el Secretario de Comercio Interior era Guillermo Moreno, los empresarios “se portaban bien”-no lo reivindico, sólo que desconozco la labor de quien lo reemplaza-. Porque es esa Secretaría la que autoriza precios, transacciones, importaciones de insumos, etc. Es decir: los sobreprecios no se dan por obra y gracia del malvado empresario. Pero si van a hacer acuerdos, que los hagan de verdad.
Primero acordaron precios. Nos cansamos de ver como en las góndolas de los supermercados había faltante de montones de artículos que estaban en el listado. Dijeron que iban a sacar a sus patrullas militantes a controlar. Con o sin control, faltaban las cosas. La culpa fue del chancho y del que le dio de comer, sin dudas.
Ahora, tenemos los precios cuidados. Más me suenan al famoso “desnudo cuidado” del que hablan las artistas cuando se atreven a mostrar una teta en un escenario.
Los precios cuidados ¿de quien? ¿Para quien?
Porque sigue pasando lo mismo: hay desabastecimiento intencional.  No sé si por parte del dueño del supermercado o de la empresa distribuidora o de la productora. No se encuentran artículos y punto. Y nos proponen a nosotros a que salgamos a controlar. Disculpen, pero no puedo. O no quiero.  Porque pretendo que dejen la opereta de lado y se pongan a trabajar en serio. Que dejen de hacernos sentir como unos estafados constantes.  Se victimizan. Es genial: ellos hacen vida de jeques y son las víctimas de estos “golpistas”. Hay que ser iluso para no darse cuenta que las relaciones entre ciertos sectores del poder económico y el gobierno están más que bien pero que no nos favorecen.
Es notorio como, cuando hablan de corporaciones (con connotación negativa), se refieren a ciertos monopolios de medios y, ahora, a las cadenas de supermercados. Pero  de los otros peces gordos mejor ni hablar. Porque los pesos pesados de la industria alimenticia están excluidos de la discusión. Lo mismo los laboratorios, porque nadie habló de hacer un paro de pacientes y no consumir medicamentos cuyo precio aumentó un 25% -Aclaro que es una exageración mi propuesta, pero quiero resaltar como “las corporaciones” son unas pocas. Las demás, están bendecidas-.
La nafta aumentó y Shell quiere voltear al gobierno. También, Oil e YPF aumentaron. Pero lógico, ¿como esas dos empresas van a querer desestabilizar al gobierno? Entonces aparece el que se hace llamar marxista y autoriza un 6% en el incremento para todos y todas los y las petroleros y petroleras.  No discuto la intervención en el freno a los aumentos. Discuto el modus operandi. La medida y el discurso para la gilada.
Discuto que fomentaron por años el consumo irrestricto de autos y tecnología, causando un severo impacto ambiental. Discuto que fomentaron el consumo per se. Se llenan la boca diciendo que la sociedad estadounidense es consumista, pero mandan a sus hijos a estudiar afuera y te habilitan una tv en 50 cuotas.  Y ahora, es tan malo consumir, que toman medidas que se contradicen.  El Jefe de Gabinete nos llama avaros y el presidente del BCRA, aumenta las tasas de interés de los plazos fijos.  Cualesquiera sea, todo apunta a bajar el consumo. Pero hasta el de productos de primera necesidad. Nunca se propuso quitar el IVA a ciertos artículos: ¿mirá si van a ser  tan revolucionarios?
Entonces, ante la incertidumbre, a lo único que me queda apelar es al buen sentido crítico. Está bien que tomemos una de las riendas de la situación, pero sería bueno si las tomásemos todas y exigiéramos a quien nos vende, que baje el precio y a quien debe velar por nuestro bienestar, que lo haga.



18 de agosto de 2013

La figurita difícil

Este Día del Niño me gustaría poder regalarle a esos chicuelos que esperan en hogares de tránsito (provisorio-permanente) una familia. Una familia de la forma que sea, pero un grupo donde puedan sentirse amados, deseados, contenidos y con pertenencia. 
Pienso en todas esas caritas que están en lugares caídos en el olvido. Alguien los dejó allí -por los motivos que fueran-, olvidados por primera vez. En esos lugares, el Estado sólo interviene como contenedor de gente sin rumbo. Hay gente que labura a pulmón, para que esos chicos sean personas, con una identidad. Porque entre los Derechos Humanos y los del Niño el de la identidad se nos está yendo por alguna alcantarilla. Y hay muchas parejas dispuestas a darles un lugar en sus casas, pero no como aves de paso. Un lugar para siempre, un lugar en sus vidas. Y sendos deseos van por la misma ruta, pero no llegan a cruzarse porque las leyes son lentas. Y no es que esté mal que los "postulantes a padres/madres" tengan que cumplir ciertos requisitos, porque es real que la adopción debe ser algo minucioso y a los "postulantes a hijo" hay que asegurarles un ambiente sano y que no se haga una adopción con otros fines, como la prostitución infantil. Pero me parece cruel, muy cruel, que de un lado haya parejas "aprobadas" y, del otro, niños en espera y que no se realicen los trámites pertinentes para satisfacer la necesidad de familia de ambas partes.
Porque es lindo saberse hijo o hija de alguien. Porque prefiero mil y una veces quejarme de mis viejos que no tenerlos. Porque nos construimos como personas, individuos, habitantes de un territorio, en el seno de una familia. Allí es donde está nuestro pequeño primer lugar de pertenencia. El apellido nos brindará un linaje, pero en el vínculo está nuestra pertenencia. Porque las familias, ahora, son de diferentes maneras. Y no importa cual sea la composición, lo importante es tener a alguien a quien llamemos y elijamos como familia. Y pertenecemos en el amor, en las circunstancias diarias, en la elección de seguir siendo familiar de. Conociendo algunos casos -mas o menos cercanos, depende- la adopción es un proceso traumático para quienes, por diversos motivos, deciden realizarla. Y más traumático es estar en una eterna lista de espera, porque en la espera, desesperan y los años van pasando, para las parejas y para los chicos. Y porque los chicos, a medida que crecen, van perdiendo algo así como su "condición de adoptabilidad", debido a que, generalmente, muchos llegan buscando bebés o pequeños de no más de 3 años para iniciarlos en la escolaridad. Y van pasando sus años ahí, esperando, con la ñata contra el vidrio. Y a los 18, chau, que te vaya bien y salí a la calle. Literalmente...¿a donde van a ir que no sea a la calle? 
Ojalá algún legislador le diera importancia a esto que pasa. Porque festejé y festejo la Ley de Fertilización Asistida, pero festejaría mucho si se modificara la reglamentación de la Ley de Adopciones. Una modificación que sea para bien, que evite el comercio de niños en el Norte y Noreste del país, a donde muchos acuden, en el deseo irrefrenable de maternidad y paternidad, a buscar un changuito que les haga de hijo. Donde familias en paupérrimas condiciones, agarran 2 mangos y los dejan ir con un par de extraños, pensando en que van a estar mejor. ¿Y si se los llevan para otra cosa? Chi lo sa. 
Es difícil, muy difícil. Porque hoy les podemos mandar un juguete, hacerles una merienda, regalarles ropa, pero no les podemos dar una casa y una familia, entonces me resulta complicado decirles "Feliz Día del Niño".

13 de marzo de 2013

Pertenecer tiene sus beneficios




En el principio no había nada
Fue un martes o miércoles previo al Día de la madre de 1995 cuando me subieron a un remís y me llevaron a la casa de la pediatra porque tenía un extraño dolor de panza y dificultad para respirar. La médica no tardó en detectar que no era un cuadro “común” y decidió mandarme a internar al hospital de San Clemente. Mis recuerdos a partir de ese momento son muy vagos y, de golpe, me encontré en una ambulancia con mi papá y otra persona rumbo a La Plata.
Me desperté en la terapia intensiva de la Clínica del Niño porque era el único lugar especializado que atendía por IOMA. A menos de 300 km quedaron mi mamá con mis 5 hermanos más chicos –el menor de 4 meses-  sin un peso. Literalmente. Los últimos 10 que quedaban, se los había llevado mi viejo por si necesitaba algo.
De lejos, escuchaba que hablaban de la “nena diabética” sin saber que se referían a esa piltrafa que estaba en la camilla y recibía inyecciones a cada rato sin mucha idea de qué se trataba.
Así los días, me sacaron de la UTI y pasé a una habitación común. Con unos pesos prestados, mi mamá había venido con el bebé de la casa a estar conmigo y mi papá se volvió a buscar a mis hermanos que quedaron en casa de una conocida.
Nunca es buen momento para enfermar­­se de diabetes, mucho menos, cuando la situación económica apremia. Pero había que empezar a modificar la dieta: el yogur ahora debía ser light, chau azúcar al mate cocido, etc etc. En una casa donde todos debíamos comer lo mismo y no había lugar para menúes ejecutivos, entró en juego la comida “para María”. Había que incorporar más verdura y se complicó el tema de andar comiendo todas las harinas que contenía la caja que venía de la Unidad Básica. Complicado, pero no imposible.
De la Clínica del Niño me enviaron a atenderme al Hospital Sor María Ludovica de La Plata, también. Lamentablemente, en La Costa, no había servicio de diabetes. La alternativa más cercana era esa o Mar del Plata. Y había que ir, más o menos, cada 4 meses al médico. Y, como siempre, sin un peso. Viajé de diversas maneras: con un pase que otorgaba el hospital, por intermedio del Servicio Social, que daba pasajes para paciente 1 un acompañante e incluía boletos de colectivos en la ciudad de las diagonales; otras veces, fui en un micro municipal que era una especie de escolar todo roto, desde cuyos agujeros se veía el asfalto de la ruta y que el conductor calefaccionaba con una pantalla que salía de una garrafa; con un chofer municipal…así desde los 10 a los 16 años cuando me dieron el alta de ahí. Cuando había algún mango, pagaba boletos.
Gracias al trabajo municipal de mi papá, tenía obra social, por lo tanto, los medicamentos necesarios (insulina y tiras reactivas) no los tenía que abonar. ¡Y menos mal! Porque son insumos realmente caros.
El Hospital de Niños me dio la posibilidad de participar en un Campamento para niños con diabetes. Allí aprendí muchísimas cosas, sobre todo, a sentir que no era diferente a nadie. Y aprendí a convivir con ella. Tal es así, que a los 14 empecé a devolver lo que había recibido, ayudando en la educación diabetológica de otros pares. De 8 a 13 años, de distintos lugares, pero todos –como es el slogan de la Federación Internacional de Diabetes- “unidos por la diabetes”.
En el Campamento conocí realidades cercanas y realidades lejanas. Había quienes eran de clase media  y había otros chicos que venían de zonas más marginales y que sus padres los enviaban para que tuvieran, una vez en su vida, la posibilidad de vivir 7 días en un mundo “posible”.
Allí estaba, si mal no recuerdo su nombre, Antonio. Él venía de Carlos Spegazzini. En ese entonces, yo ni sabía qué lugar era y siempre entendí que era de “pegasini”.  Antonio vivía en una casa muy modesta, con otros hermanos. En su casa plantaban papas para que el pudiera comer hidratos. Como el hospital donde se atendía le quedaba lejos, a veces no le alcanzaba la provisión, entonces, rebajaba la insulina con agua. El razonamiento era lógico: le ampliaba el volumen para “estirarla”. Lo que no sabía, es que la echaba a perder haciendo eso.  Esta historia, debe tener unos 10 años o más. La recuerdo como si fuera ayer.
También conocí a Nelson, que venía de Varela o Berazategui. Pronunciaba las “S” como “C” porque tenía un problema de frenillos. Esa era la explicación. Su papá no sabía leer. Pero hacía todo lo posible para que su hijo aprendiera a manejar la diabetes de manera tal que pudiera desenvolverse.
La mayoría de los chicos que recibimos a lo largo de los años eran como yo: venían del Ludovica y muchos, con serias dificultades económicas. Más de uno se ha llevado los alimentos no perecederos que no se habían consumido. Recuerdo cuando, a los 12 años, en la playa de Aguas Verdes, Mariela –mi queridísima amiga- me dijo que esa era su primera vez frente al mar. Para mí, que lo tenía a 3 cuadras de mi casa, era imposible de creer. Pero Mariela no fue la única que no conocía las olas. La emoción de unos cuantos purretes que pisaban la arena de la playa por primera vez, es inexplicable. ¡Cuantos chicos ví pasar! Y cuántos espero seguir viendo…

No tan sólo cosas de chicos…
Y así como ví niños, conocí a adultos que corren por conseguir sus insulinas o sus tiras al menor precio posible (una caja de 50 sale, promedio, $250. Un diabético tipo 1 debiera utilizar, mínimo 3 cajas = $750 por mes) porque, quizá, en el hospital no tienen para darles o la obra social se resiste a cumplir con el Plan Médico Obligatorio y la Ley del diabético. Y una caja de insulina cuesta unos mil pesos. Quizá menos. Pero un “tratamiento básico” –haciendo de cuenta que eso existe en el mundo de la Mellitus- ronda los 2mil pesos por mes. O más, claro. Sin contar que, cada 3 meses, hay que hacerse análisis de laboratorio, 1 vez al año hay que hacerse un fondo de ojos y otros estudios. Y, eso sí, contando con que hablo de un paciente que no tiene complicaciones como retinopatía (inconvenientes en la vista), nefropatía (disfunciones renales) o neuropatía ( complicaciones en el sistema nervioso periférico). Somos personas caras, más no millonarias.
Le costamos mucha plata a las obras sociales o al Estado. Pero más caros les salimos si nuestro tratamiento es deficiente.

Del materialismo histórico a la oligarquía diabética
Hay muchas, muchas personas con diabetes en nuestro país. De todas las edades, los credos y no hay una prevalencia por el sexo: nos conocemos por la diabetes y no por otros ámbitos sociales en los que nos movemos. Es tan ridículo escuchar que la diabetes es una enfermedad de gente de clase alta porque “come más y son más sedentarios” que no me queda otra que contestar que:

  •  Muchísima gente de clase baja tiene sobrepeso. Y no porque coma “mejor”  sino porque se alimenta con lo que hay. No tiene la chance (o el alcance) de elegir una ensalada de rúcula y parmesano en una linda mesita de Plaza Serrano.

  •  Muchísima gente de clase baja es sedentaria. Bah, sedentaria. No tiene tiempo para ir a correr a los bosques de Palermo . quizá esa gente trabajó muchas horas al día y esa es toda su actividad física.

  •  Muchísima gente, siquiera sabe que es una glucemia. O que son los hidratos de carbono. Y no tienen porqué saberlo, hasta que les toca. La ignorancia sobre algún tema –hoy quedó más a la vista que nunca- no es propia de una clase social. La ignorancia es ignorancia. Al igual que la soberbia.

  •  Muchísima gente tiene diabetes y no lo sabe. Y no porque no le interese saber que tiene diabetes. Quizá no tiene acceso a un plan de atención primaria de la salud. Quizá, no tenga tiempo “para perder” yendo a una salita a esperar a que la atiendan.
  •   Muchísima gente tiene diabetes y está “hospitalizada”, es decir, se atiende en el sistema público de salud y recibe medicación bajo programas como el Plan Médico de Cabecera (GCBA) o PRODIABA (Pcia de Bs. As). De todos eso, muchos apenas consiguen hacer su tratamiento con lo que les dan.

  •  Otros pacientes, que corresponden al ámbito municipal, hace lo que puede. Tal es el caso del Hospital de Monte Grande. Allí asiste una población de muy bajos recursos que, gracias a un programa de alfabetización hecho en conjunto entre los médicos del servicio y una escuela de la zona, reciben instrucción para poder tener acceso a un mejor tratamiento de su enfermedad. Empezaron a aprender cosas nuevas a través de la diabetes.

Y podría seguir escribiendo líneas interminables, pero lo cierto es que es una pandemia, tal cual lo expresó la OMS  ya hace unos años. Y llevo, literalmente, la mitad de mi vida luchando no contra la diabetes sino contra la ignorancia. Educando a pacientes pero, por sobre todo, a los que nos ven a los diabéticos como “pobrecitos”. Pero jamás pensé que iba a tener que explicarle a una mandataria que las enfermedades crónicas no son una cuestión de clase.