Cromañón fue un antes y un después. Nunca estuve ahí, pero tenía 19 años
cuando pasó lo que pasó. Y si no estuviste ahí podías tener a un amigo o
a una amiga de una amiga que fue al recital. No era tan lejano, para
algunos, la existencia de ese lugar. Pero Cromañón nos cambió a todos
los que salíamos desde hacía ya unos años y empezamos a reparar en cosas
como la puerta de emergencia, la seguridad de los boliches, el uso de
pirotecnia en recitales: ya no era igual. Pasamos de
la inconsciencia alegre a la conciencia de saber que nunca falta un
boludo que haga una cagada y un hijo de puta que transe con las
autoridades y, a su vez, quienes debían velar por nuestra seguridad,
dormían tranquilos en sus casas luego de cobrar una cometa. Una linda y
gorda cometa que se repartía en un sinfín de funcionarios corruptos.
Funcionarios son todos: policía, inspectores, oficinas...todo el aparato
de la burocracia se cagó en nosotros y en nuestros viejos. Pero en los
que más se cagó fue en las 194 víctimas y en sus familias: 10 años
después, pasar por Once no es sólo un desvío del colectivo. Es la escena
de un crimen que nos marcó profundamente. Un crimen que puso toda su
fuerza en una sola persona, Omar Chabán. Tan responsable como los demás,
fue el único preso. Delirante y enfermo, este año murió en un hospital.
Cargó con su responsabilidad y negligencia. Y la de cientos de
culpables que lo usaron como chivo expiatorio y ahí andan, seguramente,
haciendo vida de familia o postulándose para algún cargo político. Así
las cosas, la justicia no llegó nunca. En el camino, algunos se
cansaron, otros guardaron el recuerdo férreo de la persona que
perdieron, otros se deprimieron...y algunos siguen luchando por una
justicia que vé por debajo del pañuelo de la imparcialidad.
No me
olvido del 31/12/04, en La Costa, que con duelo nacional mediante, los
boliches abrieron. Yo salí con culpa. Seguramente, fui a Duendes. Pero
no podía sacarme de la cabeza que no correspondía estar ahi. Que nadie
debía abrir, pero claro, era Año Nuevo y se salía o se salía. Tengo
muchas imágenes grabadas. Tengo memoria y por eso, así como lo reclamo
para otras causas, recuerdo: NI OLVIDO NI PERDÓN PARA LOS CULPABLES DE
CROMAÑÓN.
Bienvenidos a un espacio de reflexiones personales sobre lo que pasa un poco más allá de mis ojos
30 de diciembre de 2014
30 de octubre de 2014
Cacería de brujas (foráneas)
Hace un tiempo, cada vez que se acerca el 31 de octubre, las
calles de Buenos Aires y otras ciudades
o pueblos del interior empiezan a llenarse de merchandising temático sobre
Halloween. Calabazas plásticas que emulan esas que nunca vemos en las verdulerías,
monstruitos, telas negras y violetas, arañas y bichos, caramelos “especiales”:
en todos lados hay, al menos, alguno de esos artículos.
Y cada vez que empiezan a poblar las veredas porteñas, viene
la discusión sobre la fiesta importada.
“Es una fiesta yanqui” se suele escuchar. Más allá de la
falacia, no veo porqué desestimar todo lo que proviene del norte del continente
con ese tinte nacionalista ridículo. Como si acá no hubieran calado hondo el
grunge, las sitcoms, el hip-hop y la Coca Cola. Esa sería otra discusión con la
que me desviaría del punto al que quiero llegar.
Halloween es una festividad celta. La cultura celta,
milenaria, no desapareció del todo en los lugares en los que se la hubiera
llamado “originaria”. Tanto en las fiestas típicas de Galicia, España, del Reino Unido o de Irlanda, hay sonidos,
alimentación y estética que resistieron el paso del tiempo, las guerras, las
conquistas y las derrotas.
El término Halloween podría ser una deformación de la
expresión “All hallows’ Eve” (en castellano: Día de Todos los Santos). Oh, ¡qué
casualidad! La fiesta celta es el 31/10 del calendario gregoriano. Y el Día de
Todos los Santos, festividad católica caída casi en desuso en algunos países,
es el 01/11.
Pues no, no es una casualidad. La mayoría de las
festividades religiosas de la Iglesia Católica (y de algunos otros cultos que
se desprendieron de la misma) provienen de prácticas paganas. No es una
novedad, pero no está de más recordarlo. La fecha por excelencia, la Navidad, es
el 25 de diciembre, tercer día posterior al solsticio de verano. Día en el que
los romanos veneraban al Dios Sol en su templo. La Iglesia, que ya no sabía cómo
conseguir adeptos y feligreses y, además, dominar y ganar el pensamiento
mágico, con el lema “si no puedes vencerlos, únete a ellos”, comenzó a
disfrazar las fiestas paganas hasta llevarlas a fiestas “propias” y de un solo
dios. De esa forma, los que no creían ni
estaban de acuerdo, hacían una especie de adhesión obligada y celebraban una
cosa en nombre de otra para no ser castigados. No hay que olvidarse que la
Iglesia fue coercitiva y poco contemplativa a la hora de aplicar penas a
quienes no acordaban con ellos.
Lo hicieron con la Navidad, las Pascuas, la Cuaresma… todo
tipo de evento religioso que conozcamos, tiene un origen en algún culto politeísta
al que la Iglesia vistió de seda según su conveniencia.
Así es como pasó con Halloween, a la que se le cambió el día
y el motivo.
Precisamente, ¿qué festejaban? El inicio de otro año y el
final de una buena cosecha, de un año productivo. Con otro calendario, claro.
¿Y por qué disfrazarse? Para espantar a los malos espíritus ya que, por esa
fecha, los celtas asumían que había contacto con el mundo de los muertos.
Con detalles que se deben haber esfumado con el paso del
tiempo, el sentido de Halloween fue perdiéndose y cambiando. Aun en su arribo
al Nuevo Mundo, cuando los inmigrantes la festejaban, fueron dejando atrás la
tradición de la misma tierra que los expulsó. Años y años después, según vemos
en la tv o por las redes sociales, Halloween se volvió una fiesta simpática, en
la que grandes y niños se disfrazan –con trajes muy elaborados-, hacen
reuniones, salen a la calle a cambiar trucos o caramelos, compran materiales
alusivos, decoran sus casas, etc. Le pasó lo que le pasó a otras fiestas: el
mercado la convirtió en un juguete más. En un motivo más de consumo que otra
cosa.
Claramente, ya nadie festeja el año nuevo celta. Quizá, ya
ni lo sepan las cuartas o quintas generaciones de norteamericanos. El devenir
de la historia y la cultura llevaron la celebración a lo que conocemos ahora. Y
el mundo globalizado, oh demonio, la trajo a Argentina. Como trajo San
Patricio, los baby shower y el Oktoberfest. ¡Minuto! El Oktoberfest está bien
porque lo celebran en Villa General Belgrano los hijos o nietos de alemanes. Y
mucha gente viaja en charters solo a tomar cerveza. El Oktoberfest está bien y
San Patricio, patrono irlandés, está mal. Está bien ir a tomar cerveza a
Cordóba pero no al microcentro porteño.
Así es que, también, los españoles trajeron la religión
católica –oficial de nuestro país según la Constitución- y fue una imposición
cultural como otras imposiciones que se dieron a lo largo de la historia de la
humanidad. Y los festejos religiosos
también fueron alterándose al ritmo del mercado. Cualquier abuela podrá decirnos
que, en su niñez, no se regalaba nada en Navidad. Que se iba a Misa de Gallo,
que se cocinaba todo en las casas, casi días enteros; que no había árbol, sólo
pesebre. No se brindaba a las 12 ni se usaban los fuegos artificiales. Esas
costumbres se usaban en Año Nuevo, para celebrar el cambio de ciclo.
Pero claro, no cuestionamos la llegada de Papá Noel,
personaje nórdico que vestía como una especie de gnomo grande y andaba en
trineo. ¿Trineo en Argentina? A lo sumo, en el sur. ¿Renos?
Con los años, la empresa Coca-Cola, para una Navidad, vistió
a este abuelito mundialmente conocido de rojo y blanco, los colores de la
marca. Y fue algo que perduró y se extendió de tal forma, que no conocemos a
Papá Noel vestido de otra manera. Y le contamos a los niños que entra por una
chimenea y deja los regalos. ¡Momento! En alguna fiesta navideña se insertaron
los regalos que sólo se reservaban para el Día de Reyes. Y, también, el
arbolito nevado. Y la decoración y la fiebre por los regalos. Entonces,
llegamos a fin de noviembre y las avenidas y centros comerciales empiezan a
vestirse de rojo, verde y blanco, colores re veraniegos. Y vemos renos, noeles, guirnaldas, borlas,
arbolitos nevados de plástico, lucecitas, tarjetas con sonidos, tazas,
manteles, platos…todo inundado del espíritu navideño …del norte. Y compramos turrones, pan dulce y frutas secas: toda comida hiper calórica para
los más de 30°C que suele hacer el 24/12 a la noche. Y cuando llegan las 12,
corremos a repartirnos los paquetes de los regalos que compramos con los descuentos
de las tarjetas. Y así, todos los años, salvo que hayamos nacido en un hogar no
cristiano.
Por humilde que sea la casa, hay una reunión que evoca al
Dios Sol, mezcladito con Jesús.
Pero no lo cuestionamos. Nos detenemos a decir que Halloween
está mal. Molesta la más la calabaza con luz que el Papa Noel cocacolero.
Entonces, salen con el discurso de las fiestas originarias. Y eso es tan
relativo, en un país como el nuestro formado por inmigrantes de diversos países,
que carece de sentido la contraofensiva nuestroamericana. Es decir, sí, los
primeros pobladores de esta tierra fueron indígenas. Que también eran
politeístas y veneraban a la Pachamama, por sobre todas las cosas. Todo lindo
con ir al Carnaval en el Noroeste y adorar a la madre tierra si después venís
y tirás la basura en el piso. Si no cuidás el agua, la luz, el gas y el medio
ambiente que te rodea. Todo un esnobismo mezclado con nacionalismo berreta en
pos de rescatar las tradiciones, “lo nuestro”. El progresismo protector de
tradiciones, una contradicción arriba de la otra.
Estamos en un mundo globalizado y el acceso a la información
de lo que pasa en otras partes del planeta genera importación y exportación de
actividades culturales, festividades, modas, ropa, comidas, bebidas, modos de
trabajo…es difícil evitar que se difundan. Llegan cosas muy interesantes como
otras que no. Y de la misma forma, las exportamos, como al actual Papa, jefe de
Estado del Vaticano. ¿Acaso no llenó el de tradiciones impensadas a la Iglesia,
andando en un autito modesto y tomando mate?
19 de agosto de 2014
Hagamos una vaquita
No puedo –ni quiero- evitar la indignación que me genera que
médicos y familiares de pacientes estén juntando dinero para comprar un equipo
de primera necesidad para un hospital público.
Un resonador. Un equipo carísimo que sirve para detección de
enfermedades graves y otras no tanto. Es una herramienta fundamental en la
medicina actual, no debería faltar en hospitales de ciertas dimensiones.
El Hospital General Interzonal de Agudos especializado en
pediatría “Sor María Ludovica” no es una salita de primeros auxilios. Es el
hospital de niños más grande la Provincia de Buenos Aires. Tiene todo tipo de
especialidades. Atienden a gente de bajos, medios y altos recursos. Atiende a
platenses y a “foráneos”. Es una institución grandísima, frente al Parque
Saavedra, con una edificación muy vieja y un área nueva para consultorios
externos que, según me comentó una médica de allí, es casi cartón pintado.
No me canso de repetir lo agradecida que estoy por haber
pasado por allí. Me atendí entre el ’95 y el 2001, cuando mi queridísima
endocrinóloga me dijo que yo ya estaba grande para ir a su consultorio. Irma se
jubiló ahí. Sabía a la perfección quienes éramos sus pacientes, de donde
veníamos, cual era nuestra situación en
casa. No se le pasaba un dato. Una laburante, una profesional como pocas. Su
amor por la medicina y la docencia superaba las desavenencias del subsuelo en
el que atendía. Y no era ella sola: firme como rulo de estatua estaba Hilda.
Una enfermera muy particular. Ella nos tomaba la glucemia antes de que
pasáramos al consultorio. Tengo grabados en mi memoria muchos recuerdos del “hospi”.
Los desayunos en el bar de planta baja, las largas esperas en el subsuelo, los
pasillos, las familias que veía, los ascensores antiguos, el laboratorio. Todo,
todo, sin pagar un solo centavo por la atención brindada.
También pasé por traumatología por un tema menor que había
descubierto un pediatra de La Costa. Él, platense, le dijo a mi mamá: “ya que
vas al Ludovica, hacela ver allá: es la mosca blanca de los hospitales de la
provincia”. Ni más ni menos, dijo eso.
No sólo yo tuve la suerte de tener todo eso, sino que a una compañera de la primaria, a los 6 años, le
descubrieron cáncer. Y fue allá, porque en San Clemente le dieron un
diagnóstico errado y, por esas cosas, sus padres la llevaron a La Plata. Ellos,
como nosotros, eran muchos de familia y con muchos problemas económicos. Allí
la atendieron, la cuidaron y la curaron. Y la siguieron controlando todo lo
necesario hasta que, también, “la echaron por vieja”.
Con el paso de los años y de los campamentos para chicos con
diabetes, conocí a muchos pacientitos.
Gran parte de ellos, con deficiencias socioeconómicas. De ambientes hostiles,
padres analfabetos, ausentes, laburantes, presentes, acomodados, de La Plata,
del interior de la provincia…a todos, las médicas los invitaban a venir. No
conocí un lugar que emparejara más que ese Hospital. Con mayúscula, porque lo
que hacen es de tamaña importancia. Con mínimos recursos, laburan.
Si a mí me piden colaboración con el Ludovica, colaboro.
Porque agradezco profundamente todo lo que me dieron. Pero no puedo evitar
pensar que millones de bonaerenses pagan sus impuestos y que, luego, deban
pagar un resonador, cuando el dinero para tal compra debiera salir de las arcas
provinciales.
El Director Ejecutivo de la Agencia de Recaudación de Buenos
Aires largó, hace unos meses, un “Plan de Inclusión Tributaria” el cual
constaba de un plan de pagos con importantes quitas en los intereses de las
deudas de los impuestos provinciales. El plan sigue existiendo con menos
beneficios, actualmente. ¿Cuál será el concepto de inclusión tributaria si el
dinero de los contribuyentes termina en campañas políticas millonarias y no en
la mejora de escuelas, hospitales, rutas y otras cuestiones que corresponden al
Estado?
¿A quién se incluye y a dónde?
Pienso en las miles de familias que asisten a La Plata en
busca de una solución, una cura, una respuesta. ¿Dónde se hacen resonancias
quienes no tienen obra social? ¿Tienen que ir de un centro de salud a otro en
una peregrinación?
Es tan desesperante saber que hace 6 años aguardan por el
equipo y que, como si fuera una colecta para un viaje de egresados, tienen que armar un grupo en Facebook y que,
por ello, ahora es noticia la situación del hospital, que no encuentro palabras
para describir la desidia y el abandono en el que incurren tanto Daniel Scioli
como Alejandro Collia, Ministro de Salud provincial- quien en su cuenta de
Twitter siempre comenta las acciones territoriales que hacen desde su
dependencia-.
Es probable que, en tiempos de campaña, aparezca el equipo.
Es probable que, por ello, hagan un acto hermoso y solemne, junto con las
autoridades del Hospital. Y que muchos niños se beneficien con la adquisición.
Pero lo más probable es que todo este reclamo, en un tiempo no muy largo, caiga
en el olvido y que otro centro de salud necesite equipamiento moderno y la
rueda empiece a girar de nuevo.
9 de febrero de 2014
Confieso que he comprado
"..caen sobre mi
las cadenas de supermercados
'Compre más barato' ¡Garantizado!..."
las cadenas de supermercados
'Compre más barato' ¡Garantizado!..."
“No sé si tengo ganas de pasar hambre para pedir un digno
aumento de sueldo” pensé el otro día,
luego de que la Presidente le dijera al dirigente sindical Antonio Caló, que no
creía que en Argentina, algún trabajador pasara hambre.
Sinceramente, no entiendo la razón por la cual tendríamos
que esperar a llegar a una situación extrema para que nos tengan en cuenta a la
hora de las paritarias y los arreglos salariales correspondientes.
Cada vez que dicen “aumento salarial” un liquidador de
sueldos se retuerce y piensa: “es un ajuste por inflación”. Aumento, lo que se
dice aumento en términos de premio a la productividad, no hay hace unos años.
El final de 2013 y el principio de este se vio minado de
mensajes que no hacen otra cosa que mostrarnos cuan gastado está nuestro
ingreso y cuan poco nos ayudan nuestros representantes gremiales y nuestros representantes
políticos.
Pasamos de ser avaros por querer ahorrar un mango a escuchar
que, en algunos casos, es virtuoso. Ya no entiendo nada más.
Pero algo, muy poco, entiendo: como ciudadanos estamos
orinando fuera del recipiente.
La suba de precios es innegable. Habría que rayar con lo
necio o lo estúpido para decir que las cosas no aumentan. Desde lo de primera
necesidad hasta lo suntuario, todo ha tenido leves –o no tan leves- incrementos
en el precio final, ese que nos llega a
nuestras manos. Ese número que, cuando lo oímos, preguntamos si podemos abonar
con tarjeta de crédito o débito o si hay algún tipo de descuento si pagamos en
efectivo.
Como respuesta de la “sociedad civil y no política” surgió
un “apagón de consumo” que incitaba a que ayer no fuéramos a comprar nada a las
grandes cadenas de supermercado,
poniéndonos a los consumidores como los He-Man de la cruzada anti
inflacionaria, con una espada de Grayskull que nos daba el poder de bajar los
precios desorbitantes que hay en las góndolas.
En primera instancia suena seductor: siempre queremos tener
el poder de algo. Y tener el control sobre Alfredo Coto, que dice que nos
conoce, sería un gol de media cancha.
En un pensamiento estrictamente microeconómico, con una
economía de libre mercado puro, funcionaría perfecto: baja la demanda, sube la
oferta= baja el precio. La mano invisible de Adam Smith nos palmearía la
espalda felicitándonos por la organización y, ¡shazam! La leche la pagas más
barata.
El error primitivo es este: creer que todo se remite al
laissez faire. Al mercado autorregulado. Podría creerlo, sí, con comercios
pequeños. Pero las cadenas de supermercados, ligadas a las grandes
corporaciones alimenticias, no funcionan así. Son monstruos –en el amplio
sentido de la palabra- que todo lo abarcan y que mucho aprietan. Todo está
medido y contemplado. Hasta un día de paro de consumidores. Un día que no le compremos a Juan Carrefour,
Pedro Molinos no quiebra.
Tienen todo, como decía el Chapulín Colorado, fríamente
calculado y no contamos con su astucia. Un ejemplo pequeño es que, el jueves
por la tarde, el Banco de la Provincia de Buenos Aires, a través de su lista de
mailing, informó a clientes que el sábado 8 y domingo 9, habría 20% de
descuento en las compras realizadas con tarjeta de crédito en Coto. Y entre
tanto precio aumentado y aunque sepamos que el día anterior nos remarcan todo,
al supermercado vamos el día que tenemos descuento con la tarjeta.
No estoy en contra de que, como consumidores, seamos más responsables.
Al contrario: soy de las que repiten la famosa frase “caminen, chicas, caminen”
y que no compran un producto si considero que el precio no se relaciona con el
artículo. Y, también, considero que hay otros sitios donde comprar como el casi
extinto almacén de barrio, los mercados de economía solidaria, los mercados de
alimentos orgánicos, pequeños emprendimientos, etc. Pero hay algo que también
es cierto: son sistemas que no alcanzan a competir con los gigantes de la industria
y no alcanzarían a abastecer las necesidades de todos.
Pero todo eso no me tapa los ojos, ni me endulza el oído: la
inflación es eso y un montón de variables macroeconómicas, que un experto
podría explicar mil veces mejor que lo que alcanzo a entender. No tenemos que
dejarnos llevar por el discurso oficial que, encima, transa con las empresas y
nos carga de culpa/responsabilidad a nosotros por querer comer.
Lo más sencillo y palpable que podemos ver es de libro: el
aumento astronómico de la emisión monetaria. Basta mirar por qué serie vamos
del billete de 100 pesos. Como con las
patentes, no sé qué va a pasar cuando se les acabe el abecedario. Ni qué se les
va a ocurrir, porque esta gente está más para un match de impro en “El Bululú”
que para dirigir un país.
Por las dudas, por si hay algún caído/a/x/e/@ del catre, de
la emisión de moneda se encarga el Banco Central, no de la impresión de los
billetes - de eso es de lo que tiene que hablar el Vicepresidente en estos días-,
sino de autorizar a la maquinita a sacar papeles como churros en Mar del Plata.
Hay que decirlo: nuestro Estado interviene en la economía -Cuando
le conviene-.
Por eso, cuando el Secretario de Comercio Interior era
Guillermo Moreno, los empresarios “se portaban bien”-no lo reivindico, sólo que
desconozco la labor de quien lo reemplaza-. Porque es esa Secretaría la que
autoriza precios, transacciones, importaciones de insumos, etc. Es decir: los
sobreprecios no se dan por obra y gracia del malvado empresario. Pero si van a
hacer acuerdos, que los hagan de verdad.
Primero acordaron precios. Nos cansamos de ver como en las
góndolas de los supermercados había faltante de montones de artículos que
estaban en el listado. Dijeron que iban a sacar a sus patrullas militantes a
controlar. Con o sin control, faltaban las cosas. La culpa fue del chancho y
del que le dio de comer, sin dudas.
Ahora, tenemos los precios cuidados. Más me suenan al famoso
“desnudo cuidado” del que hablan las artistas cuando se atreven a mostrar una
teta en un escenario.
Los precios cuidados ¿de quien? ¿Para quien?
Porque sigue pasando lo mismo: hay desabastecimiento intencional. No sé si por parte del dueño del supermercado
o de la empresa distribuidora o de la productora. No se encuentran artículos y
punto. Y nos proponen a nosotros a que salgamos a controlar. Disculpen, pero no
puedo. O no quiero. Porque pretendo que
dejen la opereta de lado y se pongan a trabajar en serio. Que dejen de hacernos
sentir como unos estafados constantes.
Se victimizan. Es genial: ellos hacen vida de jeques y son las víctimas
de estos “golpistas”. Hay que ser iluso para no darse cuenta que las relaciones
entre ciertos sectores del poder económico y el gobierno están más que bien
pero que no nos favorecen.
Es notorio como, cuando hablan de corporaciones (con
connotación negativa), se refieren a ciertos monopolios de medios y, ahora, a las
cadenas de supermercados. Pero de los
otros peces gordos mejor ni hablar. Porque los pesos pesados de la industria
alimenticia están excluidos de la discusión. Lo mismo los laboratorios, porque
nadie habló de hacer un paro de pacientes y no consumir medicamentos cuyo
precio aumentó un 25% -Aclaro que es una exageración mi propuesta, pero quiero
resaltar como “las corporaciones” son unas pocas. Las demás, están bendecidas-.
La nafta aumentó y Shell quiere voltear al gobierno. También,
Oil e YPF aumentaron. Pero lógico, ¿como esas dos empresas van a querer
desestabilizar al gobierno? Entonces aparece el que se hace llamar marxista y
autoriza un 6% en el incremento para todos y todas los y las petroleros y
petroleras. No discuto la intervención
en el freno a los aumentos. Discuto el modus
operandi. La medida y el discurso para la gilada.
Discuto que fomentaron por años el consumo irrestricto de
autos y tecnología, causando un severo impacto ambiental. Discuto que
fomentaron el consumo per se. Se
llenan la boca diciendo que la sociedad estadounidense es consumista, pero
mandan a sus hijos a estudiar afuera y te habilitan una tv en 50 cuotas. Y ahora, es tan malo consumir, que toman
medidas que se contradicen. El Jefe de
Gabinete nos llama avaros y el presidente del BCRA, aumenta las tasas de
interés de los plazos fijos.
Cualesquiera sea, todo apunta a bajar el consumo. Pero hasta el de
productos de primera necesidad. Nunca se propuso quitar el IVA a ciertos
artículos: ¿mirá si van a ser tan
revolucionarios?
Entonces, ante la incertidumbre, a lo único que me queda
apelar es al buen sentido crítico. Está bien que tomemos una de las riendas de
la situación, pero sería bueno si las tomásemos todas y exigiéramos a quien nos
vende, que baje el precio y a quien debe velar por nuestro bienestar, que lo
haga.
18 de agosto de 2013
La figurita difícil
Este Día del Niño me gustaría poder regalarle a esos chicuelos que esperan en hogares de tránsito (provisorio-permanente) una familia. Una familia de la forma que sea, pero un grupo donde puedan sentirse amados, deseados, contenidos y con pertenencia.
Pienso en todas esas caritas que están en lugares caídos en el olvido. Alguien los dejó allí -por los motivos que fueran-, olvidados por primera vez. En esos lugares, el Estado sólo interviene como contenedor de gente sin rumbo. Hay gente que labura a pulmón, para que esos chicos sean personas, con una identidad. Porque entre los Derechos Humanos y los del Niño el de la identidad se nos está yendo por alguna alcantarilla. Y hay muchas parejas dispuestas a darles un lugar en sus casas, pero no como aves de paso. Un lugar para siempre, un lugar en sus vidas. Y sendos deseos van por la misma ruta, pero no llegan a cruzarse porque las leyes son lentas. Y no es que esté mal que los "postulantes a padres/madres" tengan que cumplir ciertos requisitos, porque es real que la adopción debe ser algo minucioso y a los "postulantes a hijo" hay que asegurarles un ambiente sano y que no se haga una adopción con otros fines, como la prostitución infantil. Pero me parece cruel, muy cruel, que de un lado haya parejas "aprobadas" y, del otro, niños en espera y que no se realicen los trámites pertinentes para satisfacer la necesidad de familia de ambas partes.
Porque es lindo saberse hijo o hija de alguien. Porque prefiero mil y una veces quejarme de mis viejos que no tenerlos. Porque nos construimos como personas, individuos, habitantes de un territorio, en el seno de una familia. Allí es donde está nuestro pequeño primer lugar de pertenencia. El apellido nos brindará un linaje, pero en el vínculo está nuestra pertenencia. Porque las familias, ahora, son de diferentes maneras. Y no importa cual sea la composición, lo importante es tener a alguien a quien llamemos y elijamos como familia. Y pertenecemos en el amor, en las circunstancias diarias, en la elección de seguir siendo familiar de. Conociendo algunos casos -mas o menos cercanos, depende- la adopción es un proceso traumático para quienes, por diversos motivos, deciden realizarla. Y más traumático es estar en una eterna lista de espera, porque en la espera, desesperan y los años van pasando, para las parejas y para los chicos. Y porque los chicos, a medida que crecen, van perdiendo algo así como su "condición de adoptabilidad", debido a que, generalmente, muchos llegan buscando bebés o pequeños de no más de 3 años para iniciarlos en la escolaridad. Y van pasando sus años ahí, esperando, con la ñata contra el vidrio. Y a los 18, chau, que te vaya bien y salí a la calle. Literalmente...¿a donde van a ir que no sea a la calle?
Ojalá algún legislador le diera importancia a esto que pasa. Porque festejé y festejo la Ley de Fertilización Asistida, pero festejaría mucho si se modificara la reglamentación de la Ley de Adopciones. Una modificación que sea para bien, que evite el comercio de niños en el Norte y Noreste del país, a donde muchos acuden, en el deseo irrefrenable de maternidad y paternidad, a buscar un changuito que les haga de hijo. Donde familias en paupérrimas condiciones, agarran 2 mangos y los dejan ir con un par de extraños, pensando en que van a estar mejor. ¿Y si se los llevan para otra cosa? Chi lo sa.
Es difícil, muy difícil. Porque hoy les podemos mandar un juguete, hacerles una merienda, regalarles ropa, pero no les podemos dar una casa y una familia, entonces me resulta complicado decirles "Feliz Día del Niño".
Pienso en todas esas caritas que están en lugares caídos en el olvido. Alguien los dejó allí -por los motivos que fueran-, olvidados por primera vez. En esos lugares, el Estado sólo interviene como contenedor de gente sin rumbo. Hay gente que labura a pulmón, para que esos chicos sean personas, con una identidad. Porque entre los Derechos Humanos y los del Niño el de la identidad se nos está yendo por alguna alcantarilla. Y hay muchas parejas dispuestas a darles un lugar en sus casas, pero no como aves de paso. Un lugar para siempre, un lugar en sus vidas. Y sendos deseos van por la misma ruta, pero no llegan a cruzarse porque las leyes son lentas. Y no es que esté mal que los "postulantes a padres/madres" tengan que cumplir ciertos requisitos, porque es real que la adopción debe ser algo minucioso y a los "postulantes a hijo" hay que asegurarles un ambiente sano y que no se haga una adopción con otros fines, como la prostitución infantil. Pero me parece cruel, muy cruel, que de un lado haya parejas "aprobadas" y, del otro, niños en espera y que no se realicen los trámites pertinentes para satisfacer la necesidad de familia de ambas partes.
Porque es lindo saberse hijo o hija de alguien. Porque prefiero mil y una veces quejarme de mis viejos que no tenerlos. Porque nos construimos como personas, individuos, habitantes de un territorio, en el seno de una familia. Allí es donde está nuestro pequeño primer lugar de pertenencia. El apellido nos brindará un linaje, pero en el vínculo está nuestra pertenencia. Porque las familias, ahora, son de diferentes maneras. Y no importa cual sea la composición, lo importante es tener a alguien a quien llamemos y elijamos como familia. Y pertenecemos en el amor, en las circunstancias diarias, en la elección de seguir siendo familiar de. Conociendo algunos casos -mas o menos cercanos, depende- la adopción es un proceso traumático para quienes, por diversos motivos, deciden realizarla. Y más traumático es estar en una eterna lista de espera, porque en la espera, desesperan y los años van pasando, para las parejas y para los chicos. Y porque los chicos, a medida que crecen, van perdiendo algo así como su "condición de adoptabilidad", debido a que, generalmente, muchos llegan buscando bebés o pequeños de no más de 3 años para iniciarlos en la escolaridad. Y van pasando sus años ahí, esperando, con la ñata contra el vidrio. Y a los 18, chau, que te vaya bien y salí a la calle. Literalmente...¿a donde van a ir que no sea a la calle?
Ojalá algún legislador le diera importancia a esto que pasa. Porque festejé y festejo la Ley de Fertilización Asistida, pero festejaría mucho si se modificara la reglamentación de la Ley de Adopciones. Una modificación que sea para bien, que evite el comercio de niños en el Norte y Noreste del país, a donde muchos acuden, en el deseo irrefrenable de maternidad y paternidad, a buscar un changuito que les haga de hijo. Donde familias en paupérrimas condiciones, agarran 2 mangos y los dejan ir con un par de extraños, pensando en que van a estar mejor. ¿Y si se los llevan para otra cosa? Chi lo sa.
Es difícil, muy difícil. Porque hoy les podemos mandar un juguete, hacerles una merienda, regalarles ropa, pero no les podemos dar una casa y una familia, entonces me resulta complicado decirles "Feliz Día del Niño".
13 de marzo de 2013
Pertenecer tiene sus beneficios
En el principio no había nada
Fue un martes o miércoles previo al Día de la madre de 1995
cuando me subieron a un remís y me llevaron a la casa de la pediatra porque
tenía un extraño dolor de panza y dificultad para respirar. La médica no tardó
en detectar que no era un cuadro “común” y decidió mandarme a internar al
hospital de San Clemente. Mis recuerdos a partir de ese momento son muy vagos
y, de golpe, me encontré en una ambulancia con mi papá y otra persona rumbo a
La Plata.
Me desperté en la terapia intensiva de la Clínica del Niño
porque era el único lugar especializado que atendía por IOMA. A menos de 300 km
quedaron mi mamá con mis 5 hermanos más chicos –el menor de 4 meses- sin un peso. Literalmente. Los últimos 10 que
quedaban, se los había llevado mi viejo por si necesitaba algo.
De lejos, escuchaba que hablaban de la “nena diabética” sin
saber que se referían a esa piltrafa que estaba en la camilla y recibía
inyecciones a cada rato sin mucha idea de qué se trataba.
Así los días, me sacaron de la UTI y pasé a una habitación
común. Con unos pesos prestados, mi mamá había venido con el bebé de la casa a
estar conmigo y mi papá se volvió a buscar a mis hermanos que quedaron en casa
de una conocida.
Nunca es buen momento para enfermarse de diabetes, mucho
menos, cuando la situación económica apremia. Pero había que empezar a
modificar la dieta: el yogur ahora debía ser light, chau azúcar al mate cocido,
etc etc. En una casa donde todos debíamos comer lo mismo y no había lugar para
menúes ejecutivos, entró en juego la comida “para María”. Había que incorporar
más verdura y se complicó el tema de andar comiendo todas las harinas que
contenía la caja que venía de la Unidad Básica. Complicado, pero no imposible.
De la Clínica del Niño me enviaron a atenderme al Hospital
Sor María Ludovica de La Plata, también. Lamentablemente, en La Costa, no había
servicio de diabetes. La alternativa más cercana era esa o Mar del Plata. Y
había que ir, más o menos, cada 4 meses al médico. Y, como siempre, sin un
peso. Viajé de diversas maneras: con un pase que otorgaba el hospital, por
intermedio del Servicio Social, que daba pasajes para paciente 1 un acompañante
e incluía boletos de colectivos en la ciudad de las diagonales; otras veces,
fui en un micro municipal que era una especie de escolar todo roto, desde cuyos
agujeros se veía el asfalto de la ruta y que el conductor calefaccionaba con
una pantalla que salía de una garrafa; con un chofer municipal…así desde los 10
a los 16 años cuando me dieron el alta de ahí. Cuando había algún mango, pagaba
boletos.
Gracias al trabajo municipal de mi papá, tenía obra social,
por lo tanto, los medicamentos necesarios (insulina y tiras reactivas) no los
tenía que abonar. ¡Y menos mal! Porque son insumos realmente caros.
El Hospital de Niños me dio la posibilidad de participar en
un Campamento para niños con diabetes. Allí aprendí muchísimas cosas, sobre
todo, a sentir que no era diferente a nadie. Y aprendí a
convivir con ella. Tal es así, que a los 14 empecé a devolver lo que había
recibido, ayudando en la educación diabetológica de otros pares. De 8 a 13
años, de distintos lugares, pero todos –como es el slogan de la Federación
Internacional de Diabetes- “unidos por la diabetes”.
En el Campamento conocí realidades cercanas y realidades
lejanas. Había quienes eran de clase media y había
otros chicos que venían de zonas más marginales y que sus padres los enviaban
para que tuvieran, una vez en su vida, la posibilidad de vivir 7 días en un
mundo “posible”.
Allí estaba, si mal no recuerdo su nombre, Antonio. Él venía
de Carlos Spegazzini. En ese entonces, yo ni sabía qué lugar era y siempre
entendí que era de “pegasini”. Antonio vivía
en una casa muy modesta, con otros hermanos. En su casa plantaban papas para
que el pudiera comer hidratos. Como el hospital donde se atendía le quedaba
lejos, a veces no le alcanzaba la provisión, entonces, rebajaba la insulina con
agua. El razonamiento era lógico: le ampliaba el volumen para “estirarla”. Lo
que no sabía, es que la echaba a perder haciendo eso. Esta historia, debe tener unos 10 años o más.
La recuerdo como si fuera ayer.
También conocí a Nelson, que venía de Varela o Berazategui.
Pronunciaba las “S” como “C” porque tenía un problema de frenillos. Esa era la
explicación. Su papá no sabía leer. Pero hacía todo lo posible para que su hijo
aprendiera a manejar la diabetes de manera tal que pudiera desenvolverse.
La mayoría de los chicos que recibimos a lo largo de los
años eran como yo: venían del Ludovica y muchos, con serias dificultades
económicas. Más de uno se ha llevado los alimentos no perecederos que no se
habían consumido. Recuerdo cuando, a los 12 años, en la playa de Aguas Verdes,
Mariela –mi queridísima amiga- me dijo que esa era su primera vez frente al
mar. Para mí, que lo tenía a 3 cuadras de mi casa, era imposible de creer. Pero
Mariela no fue la única que no conocía las olas. La emoción de unos cuantos
purretes que pisaban la arena de la playa por primera vez, es inexplicable. ¡Cuantos
chicos ví pasar! Y cuántos espero seguir viendo…
No tan sólo cosas de
chicos…
Y así como ví niños, conocí a adultos que corren por conseguir
sus insulinas o sus tiras al menor precio posible (una caja de 50 sale,
promedio, $250. Un diabético tipo 1 debiera utilizar, mínimo 3 cajas = $750 por
mes) porque, quizá, en el hospital no tienen para darles o la obra social se
resiste a cumplir con el Plan Médico Obligatorio y la Ley del diabético. Y una
caja de insulina cuesta unos mil pesos. Quizá menos. Pero un “tratamiento
básico” –haciendo de cuenta que eso existe en el mundo de la Mellitus- ronda
los 2mil pesos por mes. O más, claro. Sin contar que, cada 3 meses, hay que
hacerse análisis de laboratorio, 1 vez al año hay que hacerse un fondo de ojos
y otros estudios. Y, eso sí, contando con que hablo de un paciente que no tiene
complicaciones como retinopatía (inconvenientes en la vista), nefropatía (disfunciones
renales) o neuropatía ( complicaciones en el sistema nervioso periférico).
Somos personas caras, más no millonarias.
Le costamos mucha plata a las obras sociales o al Estado. Pero
más caros les salimos si nuestro tratamiento es deficiente.
Del materialismo
histórico a la oligarquía diabética
Hay muchas, muchas personas con diabetes en nuestro país. De
todas las edades, los credos y no hay una prevalencia por el sexo: nos
conocemos por la diabetes y no por otros ámbitos sociales en los que nos
movemos. Es tan ridículo escuchar que la diabetes es una enfermedad de gente de
clase alta porque “come más y son más sedentarios” que no me queda otra que
contestar que:
- Muchísima gente de clase baja tiene sobrepeso. Y no porque coma “mejor” sino porque se alimenta con lo que hay. No tiene la chance (o el alcance) de elegir una ensalada de rúcula y parmesano en una linda mesita de Plaza Serrano.
- Muchísima gente de clase baja es sedentaria. Bah, sedentaria. No tiene tiempo para ir a correr a los bosques de Palermo . quizá esa gente trabajó muchas horas al día y esa es toda su actividad física.
- Muchísima gente, siquiera sabe que es una glucemia. O que son los hidratos de carbono. Y no tienen porqué saberlo, hasta que les toca. La ignorancia sobre algún tema –hoy quedó más a la vista que nunca- no es propia de una clase social. La ignorancia es ignorancia. Al igual que la soberbia.
- Muchísima gente tiene diabetes y no lo sabe. Y no porque no le interese saber que tiene diabetes. Quizá no tiene acceso a un plan de atención primaria de la salud. Quizá, no tenga tiempo “para perder” yendo a una salita a esperar a que la atiendan.
- Muchísima gente tiene diabetes y está “hospitalizada”, es decir, se atiende en el sistema público de salud y recibe medicación bajo programas como el Plan Médico de Cabecera (GCBA) o PRODIABA (Pcia de Bs. As). De todos eso, muchos apenas consiguen hacer su tratamiento con lo que les dan.
- Otros pacientes, que corresponden al ámbito municipal, hace lo que puede. Tal es el caso del Hospital de Monte Grande. Allí asiste una población de muy bajos recursos que, gracias a un programa de alfabetización hecho en conjunto entre los médicos del servicio y una escuela de la zona, reciben instrucción para poder tener acceso a un mejor tratamiento de su enfermedad. Empezaron a aprender cosas nuevas a través de la diabetes.
Y podría seguir escribiendo líneas interminables, pero lo
cierto es que es una pandemia, tal cual lo expresó la OMS ya hace unos años. Y llevo, literalmente, la
mitad de mi vida luchando no contra la diabetes sino contra la ignorancia.
Educando a pacientes pero, por sobre todo, a los que nos ven a los diabéticos
como “pobrecitos”. Pero jamás pensé que iba a tener que explicarle a una
mandataria que las enfermedades crónicas no son una cuestión de clase.
24 de febrero de 2013
El saco roto de la Justicia
Y es así, la vida de un obrero es así,
la vida en un barrio es así
y pocos son los que van a zafar.
Y es así, aprendiendo a ser felices así,
la vida del obrero es así
y pocos son los que van a zafar.
la vida en un barrio es así
y pocos son los que van a zafar.
Y es así, aprendiendo a ser felices así,
la vida del obrero es así
y pocos son los que van a zafar.
(Cristian “Pity” Alvarez-Homero)
A las 8.40, aproximadamente, del 22 de febrero de 2012,
entre mate y mate, leí por Twitter que había chocado un tren Sarmiento. Como
quien no quiere la cosa, y al pasar, lo comenté en la oficina. “Hubo un
accidente de trenes” fue mi expresión y la de mis compañeras, en respuesta fue “oh…”.
Pero yo tiré un poco más de agua a la yerba con yuyos y seguí leyendo mails,
como todos los días.
No me asombró, tristemente, el accidente. Hacía no mucho,
había chocado un colectivo 92 con otro tren. Y un año atrás, un tren de la
línea Mitre, había descarrilado en la zona de Palermo. Lamentablemente, naturalizamos viajar mal y
que los accidentes no nos sorprendan es un síntoma de una grave enfermedad que
padecemos hace mucho: el acostumbramiento a la corrupción. Nos acostumbramos a
que nos metan la mano en el bolsillo en el nombre de obras que nunca llegan y,
para colmo de males, nos acostumbramos al “me quejo para no quedarme con la
bronca, porque sé que todo cae en saco roto”. Depende de cual sea el saco, está
roto. El saco de los empresarios, sindicalistas y políticos que negocian a
costa nuestra, siempre está sano y lleno: de
plata, de impunidad… el nuestro, el saco de los que laburamos y viajamos
en transporte público en pésimo estado, siempre está roto y vacío: vacío de esperanzas,
vacío de fuerza para protestar…
Pasaban las horas del día del fatídico “accidente” y se
sumaban víctimas fatales y heridos por todos lados. Las imágenes que llegaban
eran escalofriantes. Cuando alcancé a medir la magnitud de la tragedia, empecé
a repasar si tenía conocidos viajando en el tren. Por suerte (o, quizá, por
falta de necesidad) ningún amigo andaba por ahí ese día. Sentí la ligera
tranquilidad de decir que no me afectó directamente. Pero el “directamente” es
una manera de decir. Como ciudadana y pasajera frecuente del tren empecé a
sentir que no estaba –ni estoy- exenta de pasar por una situación como tal. Lo
que más me mortifica del caso es que sé que,
parafraseando a Serrat, ni el sistema te respalda y ahí tenés las
respuestas más brillantes que he escuchado en mi vida…
De golpe, la culpa es de nosotros, los usuarios. Por querer
bajar rápido. Y, claro, la responsabilidad no es de la empresa, que da un servicio
por demás insuficiente, que siempre llega demorado y ni qué hablar del estado
de los vagones, las vías, las señales, etc.
Entonces, la culpa es nuestra por querer llegar a horario al trabajo.
Porque a algunos le descuentan presentismo por llegar 5-10 minutos tarde y los
papelitos que te dan en el tren, que certifican la demora, pasan al tacho de la
basura. Al saco roto de la injusticia. ¡Pero qué ingratos somos! Porque nos
quejamos de viajar mal al trabajo sin pensar en eso: que estamos yendo a
trabajar porque, gracias a este gobierno, hay más laburo. Claramente, estamos
en condiciones de morir por trabajar y debiéramos agradecer tener la
posibilidad de perder la vida por eso y no por estar de vagos en casa. ¿Cómo se
nos ocurrió, luego de la tragedia, reprochar algo asi? No tenemos cara, ni
vergüenza. Qué malos trabajadores.
Seguido del reclamo de un transporte público decente, los
indulgentes familiares de víctimas y los sobrevivientes, exigen que el gobierno no los ignore. Que los
escuchen, que los ayuden. No hay que ser un astro de la psicología para saber
que, a veces, alguien necesita, simplemente, que lo escuchemos. Ese alguien, no
necesita, quizá, grandes cosas. Escuchar
y no ignorar no es tanto. Aunque para este gobierno, que se llena la boca
hablando del “amor” y en contra del “odio”, parece que es una misión imposible de
llevar a cabo. En un acto de hidalguía y como respuesta al pedido de mejoras en el tren, le quitaron la
concesión a un grupo mafioso y se lo dieron a otro. Y no sólo eso, empezó una reforma de fondo,
una revolución en el transporte público: pintaron y refaccionaron estaciones y
pusieron pantallas que avisan cuando viene el próximo tren. Nunca me sentí más
lejos del famoso “primer mundo” que en este momento. Me siento en medio de una
gran corte medieval, en la que nosotros somos los bufones y ellos se ríen de
nosotros a carcajadas. ¿En qué momento nosotros, como pasajeros expresamos que necesitábamos
tener las estaciones con olor a pintura fresca? Y, si bien nos quejamos de que
nunca sabemos cuándo llegará el próximo tren, no necesitamos unas pantallas que
nos indiquen eso: basta y sobra con que funcione a horario.
A las claras vemos como nuestros funcionarios están en lo
último de nuestras necesidades como ciudadanos y como pasajeros. Como
laburantes.
Pero, “así es la vida, a veces hay alegrías y a veces no”. A
veces, te alegrás porque viene el destartalado Mitre con aire acondicionado. A
veces, te ponés triste porque te informan que cancelaron el que va a Coghlan y
tenés, mínimo, 40 minutos de demora. Y tan
triste puede ser la vida, que vos despedís a un ser querido diciéndole que a la
tarde nos vemos o que nos vamos a cenar a lo de una tía y, de golpe, prendés la
tele y ves el desastre. Y llamás a un celular que no contesta. Tu vida cambia
rotundamente y, a un día de cumplirse el aniversario de ese momento, te dicen
que esperes como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, unos 35 años para
recibir justicia.
Si, la justicia, cuando hay que juzgar a las altas esferas,
tarda en llegar. Pero una cosa son los delitos que pertenecieron al terrorismo
de Estado y otros los que corresponden a la democracia, por acción, omisión y
corrupción en la que, casualmente, nuestros gobernantes se ven envueltos,
aunque traten de deslindar responsabilidades del caso.-
NdR: la imagen corresponde al N° 274 de la Revista Barcelona.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
